EL EQUILIBRIO 

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El equilibrio
En la lucha por la superación personal, entendiendo ésta desde una perspectiva espiritualista, buscando la anhelada perfección progre­siva de nuestra personalidad, y no como superación meramente material, profesional, de éxito personal, etc. nos encontramos con la continua búsqueda del equilibrio en todas las facetas de nuestra vida. 
 
Ser persona equilibrada es, a no dudar, algo que todos deseamos, sin embargo, cuántas veces nos decimos a nosotros mismos: “estoy descentrado”, “descolgado”, “no me siento bien con mi conciencia”, ” no me encuentro a gusto ni conmigo y mucho menos con los demás”, ” no sé qué hacer”, etc., etc., estados todos estos de nuestro ánimo que denotan esa falta de equilibrio interno y que no obedece sino a esa lucha constante que se está librando en nuestra conciencia entre la parte espiritual y la material que anidan en nosotros. Nuestro espíritu como ser eterno, transcendente, libre, quiere desarrollar sus valores propios inmanentes en él, quiere emanciparse del yugo de los bajos instintos y pasiones egoístas. 
 
La parte material, humana e instintiva, no quiere hacer ningún esfuerzo, no sabe de perfección, ni de valores, ni de conquistas, ni de felicidad, sólo quiere soltar sus instintos sin freno ni control, quiere el placer de la comodidad, de la inconsciencia, de ahí esa gran batalla que nos acompaña en el transcurso primario de nuestra evolución hasta que, los valores éticos y la fuerza de nuestra voluntad sean superiores a la fuerza que llevan consigo los instintos primarios, y la propia ignorancia que vela el conocimiento de nuestra verdadera identidad que es espiritual. 
 
Como entidades espirituales que somos, todos y cada uno de nosotros, hemos venido a este plano de existencia, a esta vida humana, “cargados de ilusión”, y esperanzados en alcanzar unos objetivos que embellecieran nuestra alma, que es el verdadero carnet de identidad que poseemos, dispuestos a corregir viejos hábitos, costumbres y defectos que nos mantuvieron y todavía nos retienen estancados en el progreso por no responder a la armonía, al amor, a la comprensión de todos los seres y las cosas que nos rodean, y cómo no, con la tarea de emprender nuevos propósitos para seguir evolucionando, para coger en cada existencia más fuerza y más luz, más dominio de nuestra parte espiritual sobre la material. 
 
He ahí donde en gran medida reside el equilibrio, en el predominio del espíritu por su autoridad y su conciencia superior sobre la parte material. 
 
 Y es precisamente cuando nos desviamos de estos objetivos y propósitos, cuando nuestra conciencia se va sintiendo de mal en peor, y trata de manifestarse al plano humano de la manera que puede: nos avisa, nos empuja a actuar, nos reprocha el no hacer esto o aquello, nos acusa. No le hacemos caso hasta que por fin se siente tan débil, tan asfixiada, que es cuando a muchas personas les sobreviene la depre­sión, la apatía, la falta de interés por todo en general, porque ha llegado a un extremo de dejadez, de confusión, de debilidad espiritual al desviarse de sus verdaderos objetivos por los que se encuentra en el mundo pero perdida y desorientada, hasta que con la ayuda y las atenciones necesarias, tanto médicas como espirituales, vaya recupe­rando su estado de ánimo normal y con los conocimientos espirituales adecuados logre salir de esa crisis y conectar con el llamado de su conciencia, para encauzarse adquiriendo el equilibrio justo que le salve de volver a recaer en situaciones de ese tipo, tan desfavorables para la evolución espiritual, y así pueda cambiar su vida a mejor sintiéndose dichosa y feliz por lograr que aquello por lo que ha venido a la tierra pueda ir desenvolviéndolo con facilidad. 
 
En general podemos decir que la mayoría de los trastornos psíquicos, los desequilibrios emocionales, vienen como conse­cuencia de un desajuste que traspasa los límites de lo normal entre las dos fuerzas que se manifiestan en nuestro fuero interno, la espiritual y la material. 
 
De aquí que sea tan necesario concebir a nuestra persona como una entidad comprometida consigo misma y con el propio Universo a progresar, a mejorarse, porque indefectiblemente ese es nuestro destino, mejorar, progresar sin cesar, a costa del esfuerzo, del trabajo, del estudio, del darse a los demás, porque sólo con estas premisas enfocaremos nuestra vida hacia la ansiada felicidad que no es una utopía, no es un espejismo, pero que no se nos da gratis, hay que conquistarla en el día a día del trabajo sobre nuestros valores humanos, porque nuestra naturaleza no es otra cosa sino cualidades, caracterís­ticas innatas propias de nuestra herencia divina que está esperando que la descubramos, que la modelemos, para sentirnos felices y dichosos, íntegros, más conscientes, más abiertos, más fuertes para superar las indecisiones, los inconvenientes, los temores y vacilaciones. 
 
 Mientras no hagamos esto seremos vaivén de las circunstancias, estaremos expuestos a todo tipo de influencias externas, seguiremos sin conocernos tal como somos en realidad y por lo tanto faltos del equilibrio que da el sentido auténtico a nuestra existencia y nos arroja toda la luz sobre dónde tenemos que volcar nuestras fuerzas y nuestros intereses para alcanzar las metas que más urgen a nuestro ser espiritual. 
 
He mencionado el conocimiento interior, esta es la clave del progreso, por lo cual pronto dedicaremos un artículo a este tema, ya que conociéndonos nos daremos la oportunidad de auto-criticarnos, y por lo tanto seremos más conscientes de hacia dónde dirigir nuestras energías para conseguir el propósito de vencer en esa lucha continua, de alcanzar el equilibrio interior que nos permita actuar correctamente en cada momento, guiados por nuestra conciencia superior que sabe bastante bien qué camino ha de escoger, guiados por nuestros principios e ideales que surgen por el anhelo de progreso y por la sensibilidad que se va desarrollando en nuestro interior cuando rompe­mos las barreras que el egoísmo y demás imperfecciones ponen en nuestro caminar. Facetas todas éstas que debemos proponernos con disciplina para no olvidarlas ni relegarlas a un segundo plano, para no vernos debilitados y empujados “sin que creamos poder evitarlo” por la parte material e inferior que quiere llevarnos a su terreno, que no es otro que la vida fácil, cómoda, sin responsabilidad, sin compromisos, exenta de realizaciones. 
 
 No lo olvidemos, todo aquél que se deje engañar por pensa­mientos o deseos de vida fácil y placentera, que mire a su alrededor y comprobará que todo aquél que lleva una vida sin esfuerzo, sin trabajo, sin estudio, tarde o temprano cae presa de la propia trampa que él mismo se tendió: desequilibrios, hastío, pérdida de las ganas de vivir, falta de buenos amigos, relaciones familiares difíciles, etc, etc., además de ser esclavo de vicios y malos hábitos. Todo ello amarga sus vidas y les crea a la larga una honda insatisfacción que por más que quieran, sino salen de ese círculo de comodidad y de rebeldía ante su propia realidad espiritual, no logran comprender el porqué y para qué están aquí, comprensión ésta que es la mejor forma de que comiencen a darle un sentido a su vida y a reencontrar el equilibrio. 
El equilibrio por: Fermín Hernández
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2 COMENTARIOS

  1. Perteneci durante mucho tiempo, mientras vivi en Sto Domingo al grupo UNION PAZ Y AMOR, actualmente vivo en Estados Unidos y hoy al sentirme afligida por la partida de una amiga busque y encontre esta pagina que me ha renovado en los principios de la espiritualidad. Gracias