Leyes Universales

EMOTIVIDAD

(Viene del nº anterior)
  Un modo o manera de evitar la irrita­bilidad y enfurecimiento, es evitar toda discusión; porque, las discusiones suelen degenerar en disputas, y estas enardecen los ánimos y atraen entidades negativas del astral inferior, que azuzan a las partes en disputa,
empujándolas a la violencia. 
 
  Si pudiésemos ver el aura y apreciar la turbulencia vibratoria que se efectúa en el psiquismo (mente y alma) de una persona en estado de ira o arrebato, nos asustaríamos. Esta turbulencia vibratoria se asemeja al cuadro deplorable que ofrece una casa incen­diada, cuando está siendo devorada por las llamas. 
 
  Los efectos en el organismo psíquico, y consecuencialmente en el físico del afectado por un ataque de ira, son desas­trosos. Y para daros una idea, basta que sepamos, que los accesos de ira turban la mente impidiendo razonar, desequilibran el sistema nervioso y perturban las funciones fisiológicas. 
 
  Casos habidos en que un arrebato de furor, ha provocado una apoplegía y hasta la muerte en otros, como especialmente en las afecciones cardiacas. 
 
  Un acceso de cólera en la madre lac­tante, puede producir la muerte repentina en la criatura (muchos casos ha habido); pero, en el mejor de los casos siempre afecta a la salud de la criatura. 
 
  Y si todo lo expuesto fuese poco, tengamos en cuenta que, cada acceso de ira, de los que surgen en las discusiones acaloradas y disputas, cada irritación o enfurecimiento, cada arrebato, y aún simples enfados; manchan y densifican el alma con las vibraciones de magnetismo negativo que se emiten en esos enfados afectivos altamente desarmónicos; a más de los fluidos dañinos que pueden absorber de las entidades maléficas que se acercan, por atracción, a todo individuo en esas condiciones. 
 
 Porque, necesario es tener bien en cuenta que, esos estados desarmónicos conec­tan automáticamente con las entidades del astral inferior, atrayendo hacia sí, fuerzas del mal que inciden en la mente de los afectados y les inducen a la ejecución de actos que después son motivos de remor­dimientos . 
 
  Nunca debemos olvidar la ley de atracción y de afinidad, por la cual, cada cosa atrae a sus semejantes. Y que toda discusión acalorada o disputa, todo estado de desarmonía y enfado, atraen fuerzas negativas posesionan e inducen a cometer errores más o menos graves que, en estado normal somos incapaces de cometer. 
 
  ¡Cuántas veces hemos censurado nuestra conducta por habernos dejado arrastrar por la irreflexión producida por una injuria, una ofensa u otras de las debilidades humanas!. 
 
  Evitemos toda irritación o motivo de enfado. 
 
  Ante cualquier insulto, ofensa o inju­ria, mantengamos la calma. ;¡CALMA! ¿Que no es fácil?. Cierto; pero, lo fácil lo hace cualquiera; es lo difícil lo que tiene mérito y lo que desarrolla la fortaleza del espí­ritu. 
 
  Todo se consigue con perseverancia. Perseveremos en el control de nuestra emotividad, y poco a poco llegaremos a establecer el hábito que nos ayudará en esa conquista. 
 
  Hay una modalidad bastante eficaz para debilitar la “virulencia” del insultante u ofensor, cuando por desventura nos encon­tramos frente al individuo necio. Y ésta es: pedir la repetición del insulto. 
 
  Por ejemplo: ¿cómo has dicho que no he entendido bien?. Sí, has entendido bien, puede que diga. En cuyo caso, volver: ¿querrías (o querría) repetirlo para enten­derlo mejor?. Dicho ésto en un tono suave, sin ironía, con calma, controlando el impacto recibido; tened por segura que se desinflará como por encanto. 
 
  Porque, todo insulto hecho en un momento de arrebato, pierde toda su fuerza y “virulencia” al tener que repetirlo. Y si no es persona ruin, y solamente irritable, es muy posible que pida disculpas. 
 
  Si así aconteciere, aceptarlas es un deber ineludible; y proyectar sobre esa persona una vibración intensa de amor y comprensión. Pero, si así no aconteciere, no le guardemos rencor, no cometamos esa torpeza; pues, como bien sabemos, seremos los más perjudicados. 
 
  Antes al contrario, vibrar en amor y comprensión hacia él o ella, porque necesita esa vibración compasiva. Y tengamos presente que, quien no se da por ofendido ante la injuria, ante el ataque o intento de ofensa, anula todo el poder de la ofensa; porque, una actitud de CALMA, debilita el furor de quien intenta lastimar u ofender. La serenidad salva del peligro. 
 
  Puede que alguno de nosotros piense: ¡Ah!, pero yo no puedo actuar así. 
 
  Aquel que así piense, ignora sus propios recursos internos que, puestos en acción le capacitarán para toda realización. 
 
 Comencemos por corregir esa actitud mental errada de incapacitación. Pongamos, de inmediato en acción las fuerzas internas para poder avanzar en el camino del progreso. Propongámonos firmemente a corregir la pereza mental que es impedimento de progreso; así como también a superar el orgullo y amor propio, que son causa de múltiples desven­turas. 
 
SEBASTIÁN DE ARAUCO 

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