EL DOLOR 2

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El dolor 2

El dolor 2

Y para ello, el Amor Divino nos da tantas vidas humanas como necesitemos, para reparar el daño causado. Nadie tiene poder para perdonar las faltas de otro. Sino que, existe la ley justa de: a cada cual según sus obras, que se manifiesta y manifestará siempre a través de las vidas humanas del Espíritu inmortal. Quien haga daño, recibirá daño; quien cause dolor, recibirá dolor; a menos que repare el daño causado. Dicho de otro modo: toda transgresión a las leyes divinas, leyes de la Vida, oscurece y densifica el alma humana. Y solamente el dolor o la práctica del bien con amor sentido, aclara y sutiliza, purificando ese alma para la ascensión.

¿Por qué sostenemos que la práctica del bien, con amor, purifica también el alma humana? Porque, como ha sido expuesto en otros artículos, cuando practicamos el bien, con amor, estamos vibrando en esa sintonía y uniéndonos vibratoriamente a esa fuerza Cósmica Purificadora, Ley del Amor, que actúa en armonía con la Ley de Consecuencias.

Debemos conocer que, la Ley del Amor es tan poderosa, que puede modificar el efecto, la consecuencia de la transgresión, sin desvirtuar la Ley.

Mirando el dolor desde otro ángulo, en su aspecto transcendente, podremos apreciar otras funciones benéficas, aunque no comprendidas por las gentes, debido a una educación deficiente; como son: ablandar la dureza del alma en algunas personas soberbias, orgu-llosas y dominantes. Por ello, ciertas vicisitudes, consideradas desgracias, así como las enfermedades incurables, son benefactoras, aun cuando no aceptadas humanamente.

Y en nuestra ceguera, los humanos maldecimos nuestras existencias oscuras, monótonas y dolorosas; pero, cuando levantamos la mirada por encima de los horizontes limitados de la vida terrenal, cuando llegamos a comprender el verdadero motivo de la vida humana, entonces vemos con claridad que esas vidas son indispensables para dominar el orgullo y doblegar la soberbia (tan común en nuestra humanidad) y someternos a la disciplina moral evangélica, sin la cual no hay progreso espiritual.

Todos se resisten a aceptar el dolor, por desconocimiento de su acción depuradora sobre el alma; y sólo llegamos a comprender su utilidad, después que hemos abandonado el mundo físico, donde el dolor ejerce su imperio. Sin embargo, en el crisol del dolor es donde se forjan las almas grandes; ya que la acción del dolor depura el magnetismo mórbido generado por los apetitos groseros, los vicios, los sentimientos y acciones de mal realizadas por egoísmo, orgullo o dominados por las pasiones.

Debemos evitar todo lamento de nuestras propias dolencias, de nuestras propias desventuras. El lamento aumenta la sensación de la dolencia y no ayuda, en absoluto, a superar las desventuras; antes al contrario, el lamento o lamentaciones hacen que las desventuras y vicisitudes adversas, cuales sean, nos parezcan mayores e insuperables, ya que esa actitud debilita las fuerzas necesarias para superarlas.

En todo momento difícil, no cometamos el error de rebelarnos. Jamás demos cabida en nosotros a la rebeldía ante el dolor o vicisitudes adversas; porque, de ese modo nada resolvemos. Aceptemos, sin lamentaciones, como algo que debe correspondemos; pero, no pasivamente, sino que, con calma, con la mayor calma posible, buscar el modo y manera de superar esos aspectos, despertando las fuerzas internas existentes en todo individuo. Tened presente que, nadie pasa por vicisitudes y desventuras que por ley no le correspondan, ni que carezca de los medios y fuerzas internas para superarlos. Esa es la Ley. Por ello, rebelarse, es absurdo. A más que, toda rebeldía, impide el proceso depurativo que el dolor efectúa en el alma humana.

Todos los aspectos considerados adversos o desventuras, son necesarios para desarrollar las facultades del Espíritu, que es la realidad; pues, nosotros como personas, no somos la realidad, sino la manifestación de la realidad espiritual en su actuación en el plano físico. Tengamos siempre presente que el objeto de la vida o vidas humanas, es el progreso del Espíritu; y que las vicisitudes de la vida, son necesarias para adquirir las experiencias; experiencias que debemos aprovechar para ese progreso, que nos liberará del dolor.

El dolor 2 por: Sebastian de Arauco

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