EL CAMINO MÁS RÁPIDO

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El camino más rápido

“El camino no está en el cielo; el camino está en el corazón”

Con frecuencia nos preguntamos cuál es el camino más rápido para el progreso espiritual y la transformación moral que todos quisiéramos alcanzar de inmediato para acceder a estados de mayor plenitud y paz.

En el punto en el que nos encontramos, en pleno proceso de transición planetaria hacia un mundo de regeneración, esta pregunta se vuelve hasta cierto punto angustiante; pues la limitada condición humana dependiente de esa cuarta dimensión que es el tiempo nos impele a saber cuanto antes para ponernos a trabajar en ello, como si la eternidad de nuestro espíritu inmortal no existiera.

Afanosamente nos dedicamos a aprender las cualidades que necesitamos para alcanzar esos estados de plenitud interior, sin apenas darnos cuenta de la diferencia entre saber y vivir. La experiencia es, en definitiva, la que nos otorga carta de naturaleza en cuanto a nuestro estado interior.

Cuántos años, siglos incluso, de conocimientos espirituales no nos han hecho mejores, antes al contrario, hasta que no hemos comprendido que la transformación moral debe implementarse en cada acto, en cada pensamiento, en cada intención de nuestra vida, y no solo en el conocimiento. Hasta que no aceptamos la necesidad de vivir y experimentar la vida desde la prioridad de los valores superiores, no nos encontramos en condiciones de elevar nuestro espíritu hacia esos estados de lucidez y plenitud.

Con frecuencia, llevar a la práctica aquello que dignifica y eleva nuestra alma es sumamente difícil, pues además de conocernos a nosotros mismos, debemos aceptar nuestras debilidades y superarlas con tesón, ahínco y perseverancia. Esto no es fácil, lleva tiempo, pero sin duda en el mérito de ser constante en nuestra transformación moral encontramos el camino más rápido para llegar a la meta.

Recientemente, un ejemplo sobre esta vivencia de los valores superiores vino a nosotros a través de un ejemplo de vida y evolución de un alma generosa. Este espíritu relataba su propia experiencia de hace milenios cuando, siendo un alma débil y todavía sometida a los instintos inferiores de la materia, cometía múltiples errores que le llevaban a granjearse enemigos y opositores vida tras vida.

Cuando a través del rescate de sus faltas y el sufrimiento consecuente fue despertando a su realidad espiritual, se decidió por un reto personal que fuera más allá y que le permitiera seguir escalando la ardua ascensión de su progreso espiritual. Para ello se prometió, en primer lugar, reparar los errores con aquellos a los que había ofendido y perjudicado. Para lo cual aceptó vidas de dolor y sufrimiento, rescatando junto a ellos las deudas contraídas. Esto le supuso comenzar a conocer mejor a sus “enemigos”, y cuando regresaba al plano espiritual no solamente los comprendía, sino que se decidía a ayudarles de cualquier forma imaginable.

Comenzó por rescatar las deudas y continuó perdonando las ofensas de aquellos que le perjudicaron y le agredieron una y otra vez; algunas de ellas en justa correspondencia a lo que él mismo había sembrado con anterioridad. Desde ese momento se propuso, bien en la Tierra, reencarnando, o bien en el espacio, orientando y ayudando, amar sin medida a aquellos que le habían ayudado a regenerarse, pero sobre todo, elevar su amor y esforzarse en dirigirlo con total y absoluta renuncia hacia aquellos que no eran sus afectos sino sus enemigos del pasado.

“Si enciendes una luz para alguien, también iluminará tu camino”
Sidharta Gautama – Buda, – s. VI a.C.

Este comportamiento, que ha venido realizando desde hace varios milenios, le ha llevado a un compromiso en el cual, a través de su amor por aquellos que le humillaron y ofendieron, ha conseguido regenerar a muchos de ellos para la conquista del bien y del amor que desconocían por completo, y esto lo ha realizado a través de su propio sacrificio en la carne y en el espacio, comprometiendo vidas y experiencias de dolor.

No es solo el perdón de las ofensas, sino el amor hacia nuestros enemigos lo que establece la diferencia entre olvidar y ayudar, entre tolerar y amar, entre el camino lento y el rápido. Esta alma lúcida y agradecida sigue en su tarea después de varios milenios, y ahora, en la elevación de la que es merecedor, sigue ayudando a aquellos que se resistían, por venganza u odio, a alcanzar el perdón que él mismo tuvo que aprender y vivir.

Poniéndose de ejemplo para con ellos, sacrificándose con ellos y estableciendo lazos de amor donde en el pasado hubo odio y rencor, ha alcanzado la sublimación y elevación necesaria que le permite estar en las debidas condiciones para afrontar nuevos retos en ese mundo de regeneración que se aproxima.

Él mismo nos lo dejó dicho de esta forma: “En un mundo como el que se avecina a la Tierra, donde nunca más tendrá cabida el odio y la venganza, todo aquel que no alcance el bálsamo del perdón de las ofensas no estará preparado para acceder a él”.

Y así es como nos recomendó el camino rápido para la pertenencia a este nuevo mundo que se aproxima. No es suficiente únicamente saber, comprender, albergar buenas intenciones, etc; Es más necesario que nunca llevar a la práctica los postulados del código moral de Jesús que inciden en el sacrificio por el prójimo, el perdón sin restricción alguna para el que nos ofende y la entrega desinteresada a nuestros semejantes, a través de un amor que nos haga reconocer en ellos el amor de Dios como hermanos y merecedores de ser amados y queridos, a pesar de sus faltas y debilidades.

Cuando seamos capaces de comprender estas explicaciones, llevándolas a la práctica y viviéndolas a diario en nuestro paso por la Tierra, estaremos recorriendo sin duda ninguna el camino más rápido que nos abrirá la puerta a nuestra regeneración espiritual y transformación moral. Con ello tendremos el pasaporte conseguido para esa nueva sociedad que se aproxima, y nunca más viviremos en la angustia de saber si nuestros actos, formas de comportamiento y proceder, serán suficientes para alcanzar la nueva sociedad de paz y fraternidad que se aproxima.

Redacción

2020, Amor, Paz y Caridad

“Los débiles nunca pueden perdonar. El perdón es el atributo de los fuertes”
Mahatma Gandhi

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