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EJEMPLOS, DOCTRINAS Y VERDADES

 
  Con mayor frecuencia de lo habitual es muy fácil encontrar ideologías de toda índole que proclaman, divulgan y prometen la salvación de la humanidad en su aspecto transcendente.
Las más habituales son las religiones, que desde el principio de los tiempos han intentado marcar al hombre un camino ético-moral basado en principios y normas emanadas de Dios y transmitidas a los hombres por distintos canales y formas. Lamentablemente, casi todas presentan rasgos comunes que atentan contra el respeto más elemental del ser humano al
que pretenden salvar: los dogmas, la exclusión de lo que no es propio y la única verdad que todas ellas se atribuyen sin excepción.
 
  En la propia concepción de la mayoría de sus fundadores sería decepcionante observar la evolución de las mismas y en lo que se han convertido con el paso de los siglos. Las religiones monoteístas son auténticos ejemplos de cómo se puede desvirtuar la esencia, los ejemplos y los auténticos contenidos de los fundadores de las mismas.
 
  Antes de nada es preciso aclarar nuestro más absoluto respeto por todas las religiones y doctrinas mencionadas, así como por sus fundadores; a los que, contrario a lo que pueda parecer, consideramos auténticos enviados de lo Alto para ayudar en la evolución del ser humano con sus ejemplos y la esencia de sus mensajes.
 
  Comenzando por el Judaísmo que se atribuye nada más y nada menos el ser el pueblo elegido de Dios. Como si Dios fuera tan mezquino e injusto que hiciera distinciones entre todos sus hijos favoreciendo a unos y dejando de lado a otros.
 
  Y que no decir de la mayoría de las iglesias cristianas, principalmente la católica y otras que no sólo se atribuyen la exclusiva de la verdad, sino que han convertido el mensaje de Cristo en un catálogo de dogmas, restricciones a la libertad de los individuos sometidos a la dictadura de una jerarquía y lo que es todavía peor, han trasladado la esencia espiritual del mensaje de Jesús hacia el poder del materialismo, confundiendo de forma interesada a sus fieles haciéndoles creer que la legitimidad del mensaje de Jesús radica en el poder temporal (y material) de la jerarquía que dirige sus destinos.
 
  Por no hablar del Islam, donde el profeta Mahoma, ofreció un mensaje de sumisión a Dios, tolerancia y auténtica caridad para con el prójimo. Mensaje tan radicalmente distinto a lo que hoy es difundido por muchos clérigos musulmanes que confunden, también de forma interesada, la yihad (lucha interior para el perfeccionamiento del ser humano) con la guerra hacia el infiel.
 
  Muchas de estas y otras muchas consideraciones que podríamos exponer aquí vienen a cuento del hecho diferencial que otorga credibilidad a cualquier ideología: el ejemplo de aquellos que la predican.
 
  Si los fundadores de las grandes religiones y doctrinas de pensamiento moral, espiritual o ético no hubieran sido ejemplo de sus prédicas, no nos quepa duda que su recorrido en el tiempo hubiera sido muy corto. Si algo caracteriza las vidas de Jesús, Mahoma, Buda, Confucio, Laotse, Moisés, y tantos otros es la fortaleza de su fe y la determinación de sus ejemplos para brillar con luz propia en la oscuridad de sus sociedades.
 
  Hoy en día el principio espiritual se pierde diluido en las religiones formales ancladas en el pasado, y no tiene la fuerza ni la capacidad de convencer y guiar al hombre hacia la fraternidad y la conquista de un futuro de paz y de armonía. Ni que decir tiene que la pérdida de los valores más elementales  de caridad, fraternidad, solidaridad y ejemplo  son cada vez más patentes y a su vez están siendo sustituidos por sus conceptos antagónicos que esta sociedad convierte en iconos del éxito: se promociona el egoísmo, el triunfo del dinero y el poder a costa de lo que sea; se sustituye la ética, la honestidad y el esfuerzo personal por el “todo vale”  y “el fin justifica los medios” con tal de conseguir acaparar bienes materiales, orgullos y vanidades que nos diferencien de los demás.
 
  Todo ello es el caldo de cultivo de la violencia; de toda índole: violencia física, verbal, de pensamiento, de actitud, violencia moral. Y esto aleja cada día más al hombre de su auténtico sentido y realidad: la convivencia pacífica, la relación humana y el sentimiento fraterno de sentirse parte de una sociedad y de luchar por mejorarla. La persona se deshumaniza, se vuelve egocéntrica y solitaria, rechaza cada vez más el contacto y la socialización porque les parecen superfluos y se siente agredido en su egoísmo si se ve obligado a compartir cuando convive con los demás.
 
  Estas reflexiones propias del momento que vive nuestro planeta tienen el objeto de llamar la atención hacia aquellas doctrinas y filosofías que por sus contenidos son más avanzadas que las que la mayoría conocen. Pero no podemos olvidar que todas están en la tierra para un único objetivo: servir al hombre y no servirse del hombre.
 
  Así pues, como ya hemos expuesto anteriormente, si una ideología espiritual quiere llegar a más gente y ayudar noblemente a los seres humanos debe por encima de todo procurar algunos aspectos que detallamos a continuación:
  1. Evitar caer en los errores de las grandes religiones, anteriormente mencionados.
  2. Adaptarse a los tiempos que vivimos, comprendiendo no sólo el momento por el que está pasando la sociedad de este planeta, y procurando también ofrecer a las mentalidades del siglo XXI las respuestas que estas demandan.
  3. Ofrecer el ejemplo de aquellos que la divulgan como carta de credibilidad y presentación, siendo consecuentes al máximo con sus principios y respetando el libre albedrío de todo ser humano.
 
 Antes de divulgar la idea, divulga con el ejemplo.
 
  Si tu ideal es noble y altruista demuéstralo con el respeto hacia el que lo critica.
 
  De entre todas las obras que el ser humano puede realizar, las más complejas y de mayor mérito son el perdón y el amor hacia el que te agrede. Si antepones las ideas y las doctrinas a las personas cometes un gran error; primero atiende las necesidades de tu prójimo con ejemplo y caridad y luego divulga y enseña si te es permitido, respetando siempre y en todo caso, el libre albedrío de tus semejantes.
 
  Todos los síntomas que observamos en este siglo XXI recién iniciado nos indican que estamos en una era convulsa de grandes cambios. La sociedad está empezando una catarsis que nadie sabe hacia dónde conduce, pero lo cierto es que estamos inmersos en ella y hay que prepararse para lo que venga con  grandes dosis de solidaridad, tolerancia, comprensión y fraternidad.
 
  Todo lo que podemos intuir es que no se trata de cambios políticos y sociales, que también los habrá, se trata de cambios de conciencia en las sociedades e individuos. Nuevos modelos de comportamiento, nuevas  conductas éticas y morales, nuevas formas de actuar en una sociedad más fraterna.
 
  Este es el camino para el que hemos de prepararnos, intentando primero aprender a convivir de forma fraterna, reforzando nuestros lazos y nuestros principios morales con la ayuda mutua y rechazando los egoísmos y vanidades que el hedonismo imperante en la sociedad nos propone. Para ello hay que ser valiente, adquirir capacidad de discernimiento y diferenciarse del pensamiento único que la propaganda de esta sociedad materialista impone.
 
  Comencemos a pensar por nosotros mismos, no dejemos que nadie lo haga por nosotros; ni los políticos, ni los religiosos, adoptemos lo mejor del pensamiento ilustrado, capacidad crítica y preparación necesaria para formar parte del cambio que se avecina. Y si a esto último añadimos el “Ama a tu prójimo como a ti mismo” y “Fuera de la caridad no hay salvación” construiremos nuestra fortaleza interior con las bases indestructibles del hombre inmortal.
 
Grupo Villena 2012

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