Trayectoria íntima del alma

DEUDAS Y MÉRITOS

La catarsis que supuso para el alma humana de millones de seres el ejemplo de Jesús, provocó, sin duda, el comienzo de una nueva etapa en la trayectoria que el espíritu encarnado debía de afrontar.

Desde ese momento, el alma humana, en estado encarnada o desencarnada, comenzó a comprender algo imprescindible para su regeneración y evolución posterior: existe una justicia, perfecta e inmutable, que devuelve al hombre aquello que hace a sus semejantes; ahora o más adelante. 

Entender que no existe arbitrariedad ni injusticia alguna, como afirmó el Maestro Galileo con su cita “A cada cual según sus obras”, constituyó la lección imprescindible para que, aquellos que querían cambiar a mejor, pudieran liberarse de la ignorancia y el error, o del primitivismo ancestral que todavía arrastraban, reconsiderando sus posturas ante la vida y en su relación con los semejantes.

Ni los preceptos religiosos -que amenazaban con penas eternas- ni los condicionamientos culturales o sociales, que inducían al hombre a dar rienda suelta a sus ambiciones sin importar el derecho de los otros, tuvieron ya justificación alguna para los crímenes, aberraciones o violencias de todo tipo que pudieran justificarse bajo criterios de bien común (sistemas de creencias) o de preceptos dogmáticos o religiosos.

Ya nada sería igual; el alma humana quedaba así frente al espejo de sí misma, de las leyes que Dios había creado para ella, totalmente justas, iguales para todos y responsable directamente de sus actos. Como en todo proceso de crecimiento y desarrollo, hubo millones de personas que aceptaron de buen grado esta nueva etapa de Amor y de Justicia perfecta que sustituía la vieja era del Dios iracundo, cruel y vengativo que condena eternamente.

Con el transcurso de algunos siglos, el racionalismo y alguna que otra corriente de pensamiento se encargaron de desmitificar los conceptos religiosos más absurdos sobre ese Dios inexistente del antiguo testamento que nada tenía que ver con el que Jesús presentó al hombre: Un padre bondadoso y eterno, que trata por igual a sus hijos y les otorga las oportunidades necesarias (varias vidas) para que sus almas alcancen la luz y la felicidad a la que están destinadas mediante sus propios méritos.

La comprensión de esta realidad hizo entender a millones y millones de personas en occidente que, independientemente de los ritos, los principios o los dogmas de las religiones que profesaran por cultura, sistema de creencias o convicción propia, Dios alcanzaba una nueva dimensión para el alma humana. Esta última, creada a imagen y semejanza del primero, aparecía como digna heredera de los atributos divinos, con la necesidad de desarrollarlos para alcanzar su propia felicidad. 

Todo ello bajo dos principios incuestionables enmarcados en las leyes divinas: el libre albedrío y la responsabilidad individual. Ambas cuestiones condicionaban fuertemente algunos principios religiosos, los cuales afirmaban que para alcanzar el cielo o salvarse del infierno únicamente era preciso tener fe, confesarse o seguir unos sacramentos determinados de cualquier religión dispensados por hombres que se arrogaban el poder de perdonar “en nombre de Dios”. 

Esto quedó fuertemente derruido por la razón, la lógica y las leyes espirituales que Jesús descubrió para la evolución del alma. No es que la fe o los sacramentos fueran obstáculos, antes al contrario; sin embargo, no eran la clave que permitía la salvación del alma o su regeneración moral. Esta última se encontraba en los postulados vividos y practicados del “Amor a Dios y al prójimo”. Y fuera de esto, cualquier fe, confesión, autoridad religiosa o sacramento que no contemplara este principio, era absolutamente prescindible e innecesaria para lograr la redención del alma humana.

Aquí es cuando el ser encarnado y desencarnado, en las etapas que transcurren de una a otra vida en la Tierra, se hacía plenamente consciente de la importancia de corregir sus errores, eliminar sus deudas y abrazar definitivamente los “méritos” que el alma debía conquistar, mediante sus obras, para liberarse del sufrimiento, la ignorancia y el error que le llevaría a una nueva etapa más feliz y venturosa el día de mañana.

Comprendiendo la inmortalidad y la escasa importancia del tiempo y el espacio para la trayectoria del alma, el hombre se volvía consciente de la necesidad de reparar aquello que hizo mal en otras vidas o en la actual. Pues el conocimiento de que aquello que hacemos nos viene de regreso, es el argumento poderoso de la ley de justicia que afecta al alma humana desde que comienza a evolucionar.

Esta nueva era de comprensión para el alma le hizo ver que, en el libre albedrío del que dispone, es plenamente responsable de todo lo que hace, bueno y malo; y que ella es única, individual e inmortal. Los méritos y errores de sus acciones, pensamientos y sentimientos, son únicamente responsabilidad suya, pues siempre tenemos condiciones de elegir la forma de actuar.

Esta capacidad de decisión entre actuar en el bien o seguir dando rienda suelta a nuestros defectos, pasiones o vicios que agreden a los demás, hizo comprender al hombre que, antes que otra cosa, es un ser eminentemente moral, cuya capacidad de acción y responsabilidad se incrementa en la medida en que crece en inteligencia y amor.

Se hacía preciso trabajar interiormente, adquirir méritos y un poco de reflexión para no volver a caer en el error, para cambiar y transmutar los hábitos perniciosos de nuestra alma en hábitos saludables de comprensión, tolerancia, perdón, altruismo y bondad. Esta actitud nos pone rumbo a la felicidad, pues logramos encaminar nuestros pasos conquistando merecimientos -no sin esfuerzo- y saldar deudas del pasado -que nos liberan de las cargas anteriores- mediante el sufrimiento y la reparación del daño cometido, o a través de la entrega desinteresada hacia el prójimo que minimiza los efectos de nuestros errores para con los demás.

Hasta que el alma del hombre no comprende que en las propias deudas y méritos adquiridos se encuentra la clave del progreso del espíritu, le cuesta enormemente entender mejor la justicia divina y el plan establecido por Dios para la liberación del sufrimiento y el alcance de la plenitud y la felicidad a la que estamos destinados.

Un plan cuya ejecución únicamente nos corresponde a cada uno, al Dios interno (*) que poseemos en la intimidad, que no es otra cosa que la propia alma humana encarnada en la Tierra. Es el espíritu inmortal, que cuando ya ha traspasado el umbral de la muerte física y se encuentra liberado de la carne, lúcido y equilibrado, siempre está a expensas de seguir trabajando y preparándose para nuevos retos de evolución y progreso.

Deudas y méritos por:   Antonio Lledó Flor

©2018, Amor, Paz y Caridad

(*) Entendido como la proyección del alma hacia la perfección a la que está destinada y a la que todos llegamos antes o después. Este es el único determinismo inevitable: Estamos creados para la felicidad y la perfección.

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