Valores humanos

DESPRENDIMIENTO

Sacrificio y renuncia han sido a lo largo de los siglos las consignas de las grandes filosofías espirituales, todos los Iniciados que han encarnado en la Tierra han llevado a sus discípulos esta enseñanza como pieza clave para una realización auténtica en el campo de la espiritualidad. El maestro Jesús nos legó como principal fundamento de su doctrina la práctica del amor fraterno, del amor altruista y desinteresado hacia nuestros hermanos, el amor llevado a la práctica con justicia y con sabiduría, pero basándose en la puesta en acción de la caridad, del perdón y de la renuncia a sí mismo.

La vida del sublime nazareno fue un ejemplo constante de pensar antes en los demás que en sí mismo, él basó todos sus hechos en dejarnos claro cómo teníamos que obrar para ser verdaderos aspirantes a la nueva vida en un mundo mejor que está por llegar, y lo plasmó sin lugar a equívoco en su ejemplo de darse a los demás, de pensar en cómo enseñarnos el camino pero no de forma teórica, sino en la práctica.

En este sentido hay una lección muy clara que nos enseñó, entre otras muchas, el desprendimiento y desapego que debemos tener hacia las cosas materiales. La doctrina del desprendimiento es también una constante en las enseñanzas filosóficas de todos los tiempos que nos enseñan a no atarnos ni esclavizarnos con las cosas relativas a este mundo puesto que tarde o temprano tendremos que abandonarlas. Todas las cosas de la Tierra tienen una función, esta es la de servirnos en nuestro paso por la vida, tan sólo  como herramienta de trabajo.

La persona que está como solemos decir materializada se siente vacía si no ansia poseer cosas, si no se ve rodeada de bienes, de dinero, de lujo y de todo eso, es como si no hubiera conseguido nada en la vida, quieren conseguir más cada día, y lo peor es que si esto es a costa de otros, con el menor trabajo y esfuerzo mucho mejor. No miran en su interior, se fijan sólo en las apariencias, quieren estar bien mirados en la sociedad, y se olvidan de si sus obras y su proceso en la vida está siendo agradable a Dios, porque en realidad se han olvidado de Dios. Es por esto que cada día crece su apego hacia las cosas terrenales, porque en realidad no tienen otra cosa a la que asirse puesto que su fe está francamente reducida al mínimo. No esperan nada del cielo, no esperan nada de los demás, piensan que dependen sólo de ellos y por eso su razón de ser consiste en labrarse un porvenir a nivel material y asegurarse el futuro lo mejor posible, todo ello en términos materiales. Y así siguen día a día sin preocuparse de su verdadero futuro, que reside en la paz de su espíritu y en tratar de realizar en la Tierra aquello que a nivel espiritual se han comprometido antes de encarnar.

Es cierto que hay que preocuparse por la parte material, planificar nuestra vida lo mejor que se pueda, aspirar a un puesto de trabajo, etc…,  pero esto no debe hacernos olvidar la parte espiritual relegándola a un último plano, precisamente porque no somos espíritus que estemos sobrados de valores y de progreso espiritual, y lo que es más importante, si guardamos un equilibrio espiritual lo suficientemente consistente, basado en las enseñanzas que hemos recibido nos será mucho más fácil alcanzar un equilibrio en la parte material, aprendiendo día a día a darle importancia y prioridad a lo que en realidad haya que dárselo.

La parte material y espiritual se complementan perfectamente. Ahora bien quien ha adquirido unos valores espirituales importantes estará centrado en su vida, sabrá dedicarle a cada cosa su tiempo y su importancia y hará en cada momento lo que sea justo y conveniente. Mientras que la persona que no esté centrada y equilibrada en su parte espiritual, irá de cabeza, como solemos decir, las cosas y preocupaciones materiales le absorberán de tal manera que no encontrará nunca un hueco para dedicarse al trabajo espiritual, e irá desconcertado y sin llegar a sentir esa paz de espíritu y esa tranquilidad de conciencia que es la que transmite el espíritu a la materia cuando de verdad está haciendo aquello que ha venido a hacer en la Tierra, tanto material como espiritualmente.

Es entonces, cuando se tiene ese equilibrio entre la parte material y espiritual, cuando la persona es capaz de prescindir de muchas cosas materiales, porque sabe que no le van a reportar nada válido ni para su felicidad hoy día, ni para el mañana. Hasta que no se tiene ese grado de perfección espiritual asistimos a una carrera desventurada por la dicha y la alegría de vivir pero chocamos continuamente con la ilusión y la fatal búsqueda de cosas artificiales que nunca terminan de satisfacernos del todo.

Sin fe en la vida espiritual, y sin tener las ideas claras es muy difícil llegar a ese desapego o desprendimiento tan divulgado por todas las ideas filosóficas, ya que no es lo mismo tener el conocimiento de que eso es así, a haberlo asimilado y estar dispuesto a llevarlo a la práctica. Es por eso que esta virtud, la del desprendimiento en bien de nuestros hermanos es un fiel en el que nos podemos medir para saber hasta qué punto tenemos un equilibrio entre lo que sabemos de teoría y lo que llevamos a la práctica.

Fermín Hernández Hernández

2015  © Amor, paz y caridad

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