Editorial

CUALIDADES DEL CORAZÓN

En la era de la competencia, la globalización y la exaltación del ego que vivimos, la sociedad valora más lo externo de la persona que lo interno. El valor se mide por las capacidades para destacar, para triunfar, para enriquecerse, para adquirir notoriedad, fama o poder.

Sin duda, la sociedad vive ensimismada con el aquí y el ahora; “soy lo que tengo y lo que aparento”; esto es lo que se piensa habitualmente. Sin embargo, la búsqueda de la felicidad y de la realización humana -que da sentido a la vida- no se encuentra en estas capacidades o actitudes, sino en las cualidades del corazón humano.

Esas cualidades que son los valores principales del alma y que, al ser las conquistas más valiosas a las que estamos llamados, son precisamente las que nos permiten ser felices y realizarnos interiormente como personas satisfechas con nuestra vida. Esta satisfacción tiene muy poco que ver con las comodidades materiales, los honores, la fama, la riqueza o el poder. Nada de esto concede más que una efímera, transitoria y pasajera felicidad que se ve disipada muy pronto en la vida del hombre.

Sin embargo, aquello que permanece, que es propio y personal de cada uno, son las cualidades que se han conquistado mediante el esfuerzo y la tenacidad personal; y dentro de esto las que tienen más valor son aquellas que atañen precisamente al alma humana. Pues el alma es inmortal y estas cualidades que atesora, son ya una conquista para siempre; y una vez dejamos el cuerpo físico y transitamos al mundo espiritual, lo único que nos llevamos con nosotros son precisamente estas cualidades espirituales, conquistadas muchas veces con valor, esfuerzo, sacrificio y abnegación.

Una postura inteligente, sería hacer acopio de una buena parte de estas capacidades que tenemos  interiormente, pues, todo aquello que conquistemos ahora en el desarrollo espiritual, es un valioso tesoro que siempre nos acompañará de ahora en adelante. Cualidades como la bondad, el perdón, la caridad, la abnegación, la fraternidad y la humildad, son los “tesoros del alma” que cuanto antes los adquiramos, antes nos libraremos del sufrimiento y el dolor que a veces visita nuestras vidas en la tierra por no haberlos conquistado antes.

Las antítesis de estas cualidades son el orgullo, el egoísmo, la avaricia, la maldad, la soberbia, etc.  Todo ello es el caldo de cultivo que siembra el dolor en nuestras experiencias físicas y espirituales. Las leyes de la Justicia Divina son perfectas; retribuyen a cada cual aquello que realiza. Si nuestra alma está dominada por estas imperfecciones, la consecuencia más inmediata es actuar mal, con el fin de satisfacer nuestros intereses egoístas; no obstante, el sufrimiento que hagamos  a otros, nos será devuelto en la misma medida e intensidad que nosotros provoquemos, ahora o en próximas vidas.

Esta rueda de dolor, angustia y desesperación se rompe con las conquistas de las cualidades del alma de las que hemos hablado. Son los valores eternos del espíritu; aquellos que también forman parte de la naturaleza divina y que hemos de desarrollar, conquistar, ampliar e incorporar a nuestro acervo espiritual, como espíritus en fase de evolución y progreso.

Nuestra inmortalidad, aspecto esencial de nuestra alma, nos dota de mayor certeza en la conquista de estos valores. El tiempo aquí es relativo, todos disponemos de libre albedrío para alcanzar estos valores, antes o después. No obstante, la postura más inteligente es -sin duda- evitar las consecuencias de nuestros actos malvados, mejorando moralmente y consiguiendo que no se vuelvan a producir.

Si caminamos por este sendero en la vida, poco a poco, paulatinamente iremos convirtiendo nuestra existencia en una realización permanente, que agradeceremos enormemente el día de mañana. Por lo pronto, conseguiremos la paz interior que nos liberará de la angustia y la desesperación; pues al hacer aquello que es lo correcto, nuestra alma se encuentra en paz, y alcanza mayores momentos de felicidad. El futuro que nos aguarda, cuando actuamos de esta forma, es un futuro lleno de dicha, de felicidad y plenitud.

Por lo pronto, cuando regresamos al plano espiritual después de una jornada en la tierra, el espíritu se ve a sí mismo y se regocija si ha adelantado en su progreso, mientras que si se ha estancado o no ha cumplido con aquello que venía a realizar, sufre en su mente y en su conciencia las consecuencias de su fracaso, al haber desaprovechado una experiencia en la vida para conseguir aquellas cualidades que le faltaban para ser más feliz.

Las expectativas que se abren en el mundo espiritual para el alma que ha cumplido con su trabajo en la tierra, son prometedoras y extraordinarias. Pues en la satisfacción y la dicha por el deber cumplido, se encuentra la posibilidad de rodearse de nuevos proyectos de progreso en compañía de sus seres queridos; de aquellos a los que ama, y que se encuentran en condiciones espirituales similares a superiores a la suya. !Qué felicidad poder reunirnos con los seres queridos y poder planificar juntos nuestra vida futura, fortaleciendo cada vez más los lazos afectivos y de amor que nos unen!

Esta es una de las grandes recompensas que esperan al alma que intenta conquistar los valores y cualidades morales del espíritu. Pero la liberación del sufrimiento es también un gran obstáculo que se deja atrás; pues cuando caminamos de la mano del bien y del amor, abandonamos el odio, la envidia, el rencor, la maledicencia, y todo aquello que hace daño a nuestro prójimo y a nosotros mismos.

Al no sembrar las causas del dolor y abonar el campo del bien, recogemos los frutos de nuestra actuación, y Dios nos da ciento por uno; nos colma de dicha y sus leyes se presentan ante nosotros como las mayores bendiciones; pues allá donde estemos, en el espacio como espíritus o reencarnados nuevamente con cuerpo físico, recogemos el fruto de nuestros esfuerzos y nos vemos asistidos en todo momento por aquellos que nos aman, a los que atraemos con nuestros pensamientos y acciones, derivadas del ejercicio y puesta en práctica de estas cualidades.

El apoyo y la asistencia espiritual están garantizados por ley, recogemos el amor que sembramos; como anteriormente, cuando caminábamos en el sendero del mal, recibíamos el sufrimiento que habíamos causado a otros. Así pues, las cualidades del alma son el pasaporte a la felicidad permanente del individuo, del ser humano. Sólo depende de nosotros, de nuestro libre albedrío, que nos percatemos de ello y seamos capaces de trabajar para desarrollarlas, potenciarlas y esculpirlas en nuestra conciencia como pauta de conducta permanente para siempre.

Si somos capaces de entender y practicar aquellos pensamientos, sentimientos y acciones, que desarrollen en nosotros estos valores de la humildad, el perdón, el altruismo, la bondad y la fraternidad; nuestra vida se convertirá en un episodio de progreso, de evolución consciente, de dicha interior y de paz permanente. Aquellos que ya lo han logrado dan muestras permanentes de ello, y demuestran día a día, que cuando se trabaja por alcanzar estos valores, las condiciones materiales nada importan; no son obstáculo alguno para practicar el bien; pues precisamente entre la más absoluta miseria y pobreza a veces se encuentran las mayores realizaciones del espíritu humano.

Lo material es secundario, los honores, la fama, el poder y la riqueza son valores efímeros e inconsistentes: ninguno de ellos traemos a la vida y ninguno de ellos nos llevamos de la vida cuando dejamos nuestro cuerpo. Mientras tanto, los valores y cualidades del alma son eternos, permanentes, los incorporamos en nuestra memoria espiritual, los esculpimos en nuestra conciencia y, una vez conquistados nunca más nos desprendemos de ellos. Son la garantía de nuestra felicidad y nuestra plenitud.

Cualidades del corazón por:  Redacción

©2017, Amor, paz y caridad

 

 

 

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