Quien dijo que este mundo era un valle de lágrimas, fue más sabio que Séneca y Cicerón, porque en realidad, todos tienen una cruz pesadísima. Yo, que recibo continuamente cartas de seres afligidos, me quedo absorta ante tan grandes desventuras. Ya es un anciano que lleva más de veinte años de crueles dolores físicos, que cuando se le cierra una herida, se le abren diez; ya es un joven paralítico e idiota por añadidura, que no puede hablar aunque se conoce que oye, y gracias que este infeliz tiene un padre amorosísimo que vela su sueño y no vive más que para su hijo, no queriendo que nadie le ayude en la piadosa tarea; él se pasa la mayor parte de la noche sin dormir para atender en sus necesidades al pobre idiota que no sabe ni corresponder al inmenso amor de su padre; ora es una familia dichosa en la que, en pocos segundos, mueren cinco de sus individuos, y sólo sobreviven a la catástrofe una joven y un anciano; ella, esposa y madre, se ve separada de su esposo y de sus hijos, y el anciano busca en vano a su hijo y a sus nietos, perdidos en las aguas de un canal.
Desgracias tan horribles impresionan dolorosamente, y los espiritistas de buena fe, se apresuran a preguntarme, o mejor dicho, me ruegan que pregunte al guía de mis trabajos, el porqué de tantas desventuras; pero a veces, las comunicaciones de los espíritus no pueden publicarse, porque lo que dicen es tan amargo, es tan denigrante, que los supervivientes de esas catástrofes y los compañeros de los enfermos, se sentirían lastimados si se les dijera que si criminales son los unos, criminales son los otros, cuando tienen que vivir al lado de seres condenados al sufrimiento más horrible, o se tienen que ver separados bruscamente de los seres más amados de su corazón.
Yo confieso ingenuamente que a veces, no sé qué hacer, y en la duda, me abstengo de copiar fielmente lo que me dicen los espíritus, temiendo que sea el remedio peor que la enfermedad.
Ahora me encuentro en uno de esos momentos de vacilación, teniendo ante mí, cartas y periódicos con la relación de diversas desgracias.
Dice un adagio, que «en la duda, abstente», y un espíritu, viendo mi incertidumbre, me dice bondadosamente:
«No siempre lo bueno es bueno, y por mucho que algunos deseen la comunicación de los espíritus, si les dijeras a algunos impacientes, por qué sus deudos han muerto violentamente, o por qué otros viven cubiertos de lepra, maldecirían después su curiosidad. Bueno es que tú, que te dedicas a estudiar en el gran libro de la humanidad, sepas por qué se llora, por qué se sufre, por qué el cuerpo se deshace retorciéndose los miembros triturados por el dolor, por qué se busca una sonrisa amorosa y sólo se encuentra indiferencia y desvío. Tú eres un enfermo que ya se va acostumbrando a tomar medicinas en grandes dosis, pero no porque tú las puedas tomar, vas a dárselas a los demás, que no están acostumbrados a tragar tanto acíbar como tú.
Diles a muchos de los que te pregunten por qué sus deudos y sus amigos han sufrido tal o cual desgracia, que recuerden las palabras de Jesús: “por el fruto conoceréis el árbol”.
Por regla general, cuando los vicios se apoderan del espíritu, tardan mucho en dejar su presa, y tanto tiempo como dura el desenfreno, el libertinaje y la sed de bienes ajenos, tanto tiempo se emplea después en ir sufriendo el martirio que se le hizo sufrir a los demás.»
Bien veis en los relatos de vuestra prensa diaria, que no pasa día que no se cometan diversos crímenes y no se despoje de sus bienes a muchos que han hecho su fortuna a costa de grandes sacrificios. Los autores de tales atentados, ¿merecen vivir tranquilamente?; los que con sus violencias atemorizan a seres indefensos y les dejan enfermos para toda su vida, ¿merecen volver sanos y robustos, cuando han sido una peste para sus semejantes? No; todo aquél que hace el mal, sabiendo que lo hace, tiene que sufrir las consecuencias de su inhumanidad, tiene que padecer, tiene que saber por experiencia, el dolor que produce la crueldad de los malhechores, de los que se apoderan de lo que no es suyo.
Esto no lo quieren comprender muchos de los que se llaman espiritistas, y mucho menos, los que no conocen ni una letra del espiritismo; y no lo quieren comprender porque les humilla y les degrada saber que el juez de hoy fue un bandido ayer y que la honrada madre de familia de esta existencia, ayer capitaneaba una cuadrilla de forajidos.
Dicen que es mentira, que es una impostura grosera, y, sin embargo, no lo es; tiene el espiritismo muchos puntos, al parecer inadmisibles, porque los terrenales no sabéis aún medir el tiempo que separa a las encarnaciones entre sí, é ignoráis lo que hace el espíritu mientras permanece en el espacio. Todo cuanto se dice sobre este particular, no satisface por completo; de manera que las sucesivas existencias del espíritu se asemejan a un libro desencuadernado al que se le han caído varias hojas en distintos capítulos, y naturalmente, no guardan ilación los hechos que en el libro se relatan porque le faltan hojas, donde estaba la continuación de la narración; pues lo mismo sucede con las encarnaciones de los espíritus: no sabemos, si entre los crímenes de ayer y la posición digna de hoy, hay muchos siglos de por medio, en los cuales el espíritu ha vuelto a la tierra, esperando tener fuerzas suficientes para comenzar el saldo de sus cuentas, bien sufriendo dolores físicos, o perdiendo sus goces de una manera rápida y violenta.
Mucho más te diría, pero basta por hoy. Adiós.
Mucho agradezco al buen espíritu la comunicación y el consejo que me ha dado, porque, efectivamente, es muy duro contar historias terribles de los criminales de ayer. Cierto que el cauterio sanea las heridas; pero no todos los seres están preparados para cauterizar las suyas.
Terminaré diciendo lo que dice el espíritu del Padre German: ¡qué bueno es ser bueno! ¡qué malo es ser malo!
Consecuencias del ayer por: Amalia Domingo Soler
Nota: No hay efecto sin causa. Reproducción del artículo publicado en el número 13 de “LA LUZ DEL PORVENIR”, publicado en Villena, 1 de julio de 1907.






