CONCIENCIA DE CULPA Y MADUREZ

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Conciencia de culpa y madurez

La conciencia de culpa es una emoción negativa que representa un auto-castigo inconsciente que sirve de catarsis para liberar conflictos instalados en la profundidad del alma procedentes de vidas anteriores o del pasado actual”

La mayoría de las ocasiones, las personas que sienten o experimentan esta desagradable distorsión o reacción emocional negativa tienen la convicción o el conocimiento de ser responsable de algo cuya procedencia ignoran en multitud de ocasiones. 

Bajo el enfoque espiritual, la falta de comprensión y la ignorancia de la preexistencia del alma y sus reencarnaciones previas, con las experiencias positivas o negativas que estas suponen para el ser humano, impiden una aceptación y esclarecimiento del problema en sí, lo que dificulta un diagnóstico certero y, a consecuencia de ello, la adopción de medidas concretas y específicas que resuelvan este grave problema.

En la base de graves patologías mentales, como por ejemplo la esquizofrenia, se encuentra muchas veces esta conciencia de culpa que el espíritu encarnado experimenta. Todo ello tiene que ver con el crimen o atentado cometido contra las leyes de Dios en otro tiempo y que quedó impune, es decir, sin ser sancionado por la justicia humana o divina.

 Este hecho grave, que como todos los que realizamos queda grabado como huella indeleble en nuestra conciencia o inconsciente profundo, aflora con fuerza en vidas posteriores exigiendo la reparación del mal cometido que la Ley de Causa y Efecto nos demanda. Y por ello, aunque nuestra alma conoce y sabe el origen del conflicto, la vida con un cuerpo y el olvido del pasado no nos permite analizar con lucidez y calma las soluciones, porque desconocemos la causa conscientemente.

Si el origen está en esta misma vida, podemos analizar con precisión la causa que lo produjo, y el arrepentimiento sincero nos permite comprender la magnitud del crimen cometido, tomando conciencia del mismo y proponiéndonos no reincidir y, si podemos, resarcir de alguna manera el error.

Pero en este caso, lo que nunca debemos hacer es “refocilarnos” en el error, atormentándonos permanentemente con la culpa y el recuerdo negativo de lo que hicimos. No podemos ni debemos cultivar la culpa, pues esta actitud nos limita y nos impide seguir adelante. 

Esto no nos ayuda en absoluto sino que nos lastra psicológicamente y nos perturba. La actitud correcta es olvidar ese pasado, ya que lo que hicimos no lo podemos cambiar. También es importante no recrearnos en el arrepentimiento, cambiando esta actitud y buscando la rehabilitación por acciones edificantes y positivas que saldarán la deuda contraída con la ley.

Y a continuación auto-perdonarnos, no como justificación, sino como necesidad de seguir adelante, progresando y corrigiendo lo que hicimos mal con acciones de bien; esta es la mejor forma de solucionar ese conflicto de conciencia que nos permite al mismo tiempo equilibrar nuestro débito moral con la justicia divina.

Acompañando este equilibrio que nos permite resarcir las deudas contraídas y liberarnos de esa culpa castradora de la personalidad, encontramos un factor importante que es el de la “madurez psicológica”.

No existe una conciencia plena sin la madurez que experimenta el alma en su proceso psicológico de evolución. Esta madurez nada tiene que ver ni con la edad, ni con condiciones socioeconómicas ni de otra índole. Estamos hablando de la madurez del espíritu cuando este ya tiene un bagaje de experiencias que le han permitido un autoconocimiento y valor suficiente para superarse a sí mismo, superar las frustraciones y enfrentar con responsabilidad los problemas de la vida sin huir de los mismos mediante “fugas psicológicas” que, lejos de solucionarlos, agravan el problema y lo cronifican.

Todos conocemos personas jóvenes con alto grado de madurez psicológica ante la vida, y personas adultas con escaso grado de conciencia y madurez. Este proceso de maduración tiene su culminación en la plena realización de la conciencia cuando nuestra parte sensorial, intelectual, sentimental e intuitiva constituye un todo armónico derivado del esfuerzo personal.

Y en este proceso de alcanzar la plenitud hay un rasgo determinante que destaca por encima de los demás. En la búsqueda y consecución de la madurez psicológica el espíritu humano descubre la importancia de “aprender a amar”

Así como el niño caprichoso y egocéntrico se apega a la posesión y siempre quiere recibir de los demás, el adulto maduro y responsable aprende que amar es dar, es proporcionar felicidad a los demás. Pues el que ama, siendo un ser psicológicamente maduro, se siente pleno con la felicidad que experimentan los seres amados que se encuentran a su alrededor, obteniendo gran satisfacción con el placer de amar a los demás.

Este proceso de maduración psicológica camina en paralelo a la evolución de la conciencia, pues la complementa y a su vez es causa y efecto del desarrollo de esta. 

Además, el adelanto y crecimiento de la conciencia le hace comprender que su espíritu nunca dejará de progresar, por lo que se infiere que, en la misma medida en que sea capaz de ampliar y extender el amor hacia su prójimo (no sólo a sus seres queridos), conseguirá acercarse cada vez más al “amor de Dios”; pues esta última es la fuerza más poderosa del universo que a todos nos reúne y nos sustenta.

Conciencia de culpa y madurez por: Antonio Lledó Flor

2024 © Amor, Paz y Caridad

“A través del auto-conocimiento el hombre descubre sus propias imperfecciones, las puede trabajar y corregir , y llevado por la necesidad de la relación con los demás, abandona la soledad y aprende a amar”

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