Apartado espírita

“Bienaventurados los misericordiosos”

En esta ocasión vamos a cerrar el capítulo de las bienaventuranzas que durante algunos meses hemos ido abordando en esta sección, para analizar la misericordia como tema central.

Los dichos populares recogen frases que encierran la sabiduría del pueblo al respecto: “A gran pecado, gran misericordia”; “Bueno es el rigor; pero la misericordia es mejor”.

Empecemos por la misericordia de Dios. A poco que nos detengamos a pensar en ello encontramos todas las claves ocultas de su manifestación divina sobre nosotros y sobre todas las cosas. Somos producto de su creación, somos sus hijos bien amados. Transitamos todavía entre las sombras de la ignorancia y de las imperfecciones humanas pasajeras. Mientras caminamos con libertad, tropezamos, nos rebelamos, nos levantamos para volver a caer…, y siempre esta inmanente con nosotros ese Padre amoroso, que nos guía, corrige, espera. Nos ayuda a programar un proyecto de vida en base a nuestras necesidades más urgentes.

Habla constantemente con nosotros, a través de la oración o por otros medios. Nos transmite su amor, nos guía, aunque lo rechacemos, aunque lo neguemos. No le importa, sabe que somos chispas divinas, proyectos majestuosos. No existen palabras capaces de definir nuestro destino, todavía permanecemos en una materia muy grosera, muy limitada, sin embargo, interiormente empezamos a entrever débilmente, de intuir el destino de luz que nos espera.

Por los caminos de la alegría y del dolor permanece a nuestro lado. Nadie está nunca sólo, aunque no seamos capaces de percibirlo, sobre todo en los momentos de tribulación, ante las enfermedades, la pérdida de seres muy queridos, en los momentos de vacío interior, de incomprensión, también ante los reveses de la ingratitud y de la agresión. En cualquier circunstancia siempre está ahí.

En la medida en que el ser comienza a entender la misericordia de Dios, una suave brisa de gratitud comienza a inundar su corazón, pues va descubriendo una realidad hasta ahora ignorada.

Valora lo que tiene: salud, bienes materiales, etc., como instrumentos pasajeros de los que tendrá que dar cuenta. También comprende que, gracias a la intervención divina, con las situaciones que le sobrevienen, muchas de ellas consideradas como desgracias o contratiempos, se evitan males mayores o desviaciones del camino que retardarían mucho el progreso.

El espíritu, a medida que va evolucionando comprende mejor, percibe cada vez con mayor nitidez la interacción entre la divinidad y el ser creado. Tal es así que comienza a utilizar con mayor frecuencia la oración, se nutre de la elevación de pensamiento, se siente arropado, muy querido. Aumenta la vigilancia sobre sus actos pues considera que un proyecto de vida perfectamente diseñado para triunfar no puede ser desviado o adulterado; sometiéndose y participando, colaborando en la gran obra de la evolución personal y colectiva.

Por otro lado, la misericordia desde el punto de vista humano abarca varios aspectos a destacar, que van desde la comprensión hacia los errores ajenos hasta el perdón de las ofensas. En este último punto nos vamos a detener especialmente. El acto de perdonar ante cualquier agravio o daño que nos puedan inferir implica una serie de ventajas a tener en cuenta:

  •  Puede suponer saldar una deuda cuyo origen puede encontrarse en otras vidas, en el supuesto de que no se le pueda encontrar una justificación en el presente. 0 bien su causa puede encontrarse en la existencia actual, por el daño generado a otros.
  • Conlleva comprensión e indulgencia para con los defectos ajenos, del mismo modo que lo pedimos para nosotros.
  • También supone un esfuerzo por someter a la parte humana y material para que no afloren los egos y se engrandezca nuestra parte espiritual, cuyos horizontes son mucho más amplios, en el desarrollo de la bondad, el amor y el altruismo.
  • Implica el desarrollo de valores tan importantes como es la humildad, ya que esta cualidad valora los derechos y libertades de los demás, con sus errores y aciertos. No se considera superior a nadie sino el más necesitado de indulgencia de lo Alto.
  •  Obliga a poner en práctica la doctrina de amor del Maestro Jesús: “devolver bien por mal”.

Hay que tener en cuenta que el perdón de las ofensas no significa el olvido simplemente del hecho puntual, sino también un comportamiento libre de rencores y resentimientos, ya que la vida continúa, y todos merecen una segunda oportunidad pero con una mirada prudente y limpia.

No se puede ver la paja en el ojo ajeno y descuidar la viga que nos entorpece en el nuestro. El primer paso para merecer ayuda y misericordia de lo Alto consiste en hacer lo propio con el prójimo. El evangelio nos aconseja la reconciliación con nuestros enemigos antes de pedir u orar, ya que ese tipo de manchas dificultan la elevación y pureza de nuestras peticiones.

Hasta ahora estamos hablando de las importantes ventajas del perdón para la evolución espiritual, pero esto no significa obviamente que sea fácil ponerlo en práctica. Supone en ocasiones una de las pruebas más duras y difíciles para el espíritu encarnado, significa levantarse de duros agravios, pone a prueba la renuncia a uno mismo y al control de nuestras tendencias inferiores.

En definitiva, tomando en cuenta la gravedad de las faltas, la situación puede ser enormemente delicada, y de tomar una postura positiva perdonando, comprendiendo y amando, a tomar una actitud de rebeldía, odio y venganza, nos puede suponer muchos siglos de dolor y de estancamiento espiritual.

En conclusión, la misericordia es fundamental, máxime cuando se comprenden un poco las grandes Leyes Universales: Ley de Reencarnación, Ley de Causa y Efecto, Ley del Amor, etc. Ya que supone rescatar deudas del pasado o unos errores del presente, producto de nuestras imperfecciones, y que gracias a esas nuevas oportunidades que el Padre nos ofrece, tenemos la posibilidad de saldarlos por medio del amor y la indulgencia hacia nuestros semejantes.

Nos pueden servir como motivo de reflexión todos aquellos espíritus anónimos que encarnan en la Tierra, pasando completamente desapercibidos, en ambientes hostiles, a veces rodeados de frialdad y odio. Soportando en silencio el peso de la incomprensión para que pueda triunfar la sublime tarea de mostrar con su ejemplo el difícil “arte de amar”. Hacia ellos especialmente se dirigía el Maestro cuando afirmaba: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (San Mateo, cap. V, v. 7)

 

José M. Meseguer

©2015, Amor, paz y caridad

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