Editorial

AVANZANDO, CRECIENDO SIN FIN.

Evolución, progreso y adelanto son constantes que se repiten en la vida de los seres humanos cuando se enfocan adecuadamente en los objetivos y proyectos de vida que realizan. Por el contrario, el estancamiento, el retraso y el inmovilismo, son fuerzas contrarias al progreso y al cambio. Esta característica humana aparece, en uno u otro sentido,  en las ideas, en los actos, en las emociones, en las realizaciones y en todo tipo de actuaciones que el ser humano pueda realizar.

Hay quien niega la evolución y el progreso en el hombre, en su aspecto físico, psicológico y espiritual. Con ello está negando la realidad, pues no sólo el hombre, sino la naturaleza, el universo conocido, las demás especies y los planetas y galaxias infinitas están en constante cambio y transformación como nos confirma la ciencia.

La frase “nada se crea ni se destruye, todo se transforma” es una realidad científicamente aceptada. Los físicos nos dicen que la materia y la energía son la misma cosa, opuestos diferenciados simplemente en la composición en que sus átomos se agregan o desagregan. El paradigma de la física newtoniana ha sido reemplazado por la física cuántica, la cual ha permitido la comprensión del origen de la materia a través del estudio de las partículas y su composición molecular.

La diferencia entre lo que vemos y observamos, con aquello que nuestros sentidos físicos no nos permiten ver ni observar a simple vista, pero que es igual de real o más (ej. vida microbiana, ondas electromagnéticas, atmósferas, universos paralelos, transformación molecular y atómica, quantum, etc.) apenas existe desde el punto de vista de su realidad, salvo por los elementos que diferencian su constitución y la forma en que estos se han diversificado y combinado. La frase “si no lo veo, no lo creo” ha quedado para la historia de la ignorancia más supina, si alguien se refiere a ella para negar por negar, sin comprobar previamente la realidad de lo que está negando.

Detrás de la “materia oscura”, también llamada “quintaesencia” o “Fluido Cósmico Universal”, etc.; se originan las galaxias, los soles, los planetas, las naturalezas, la vida orgánica, celular y unicelular, las especies, los seres irracionales y racionales. Todo ello bajo la dirección perfecta e inmutable de leyes que desconocemos y que a muchos científicos les gusta denominar como el Diseño Inteligente, otros lo llaman Dios, y algunos otros lo llaman Azar.

Cuando negamos el progreso y la evolución en el universo y en el hombre, nos colocamos en dirección contraria al sentido de la vida y de la historia. No existe tampoco inmovilismo en el ser humano, el progreso es una constante del alma y de su destino. Sin el progreso no podría existir el equilibrio, la justicia, la causa, la reparación, el crecimiento, el avance moral y social.

Lo vemos en las leyes y en el cambio de los pueblos; por ejemplo, las leyes medievales hoy han sido superadas en las sociedades más avanzadas. Los fundamentalismos religiosos y políticos, que todavía existen, son vistos por las personas formadas y cultivadas como herencias del pasado más oscuro de la humanidad, que repudian la razón y atentan contra la libertad del ser humano.

El progreso es la ley de la vida, y cuando venimos a la tierra, venimos con un programa de progreso, con un trabajo a realizar. Esta planificación deriva de nuestro nivel moral anterior, y se ve condicionada por nuestra necesidad evolutiva.

Si somos seres primitivos y atrasados, nos vemos dominados mayormente por el instinto; nos comportamos al albur de nuestras necesidades biológicas, las emociones primarias (miedo, ira, etc.) guían nuestros actos tal y como ocurre en los animales irracionales, dejando muy poco espacio para la cognición y el razonamiento. El hombre, conforme avanza en inteligencia y en sentido moral alcanza mayor consciencia de su realidad y de la verdad del mundo que le rodea, y sobre ello va construyendo sus experiencias evolutivas vida tras vida.

En cada nueva oportunidad que la ley de los renacimientos nos ofrece nos planteamos nuevos retos, nuevas conquistas que eleven nuestra inteligencia, fortifiquen nuestra voluntad y desarrollen nuestro sentido moral. Lamentablemente todo ello viene condicionado por nuestro nivel espiritual, y por ello, como todavía predomina en nosotros la imperfección, los errores se producen de forma manifiesta en cada vida, en cada oportunidad.

Lo grandioso de la ley del progreso es que se nos permite corregir lo equivocado, rescatar las deudas de nuestro pasado mediante la expiación y la reparación, aprendiendo lecciones valiosas de vida que quedan indeleblemente grabadas en nuestro interior como estelas luminosas que marcarán para siempre a nuestro espíritu inmortal. Comprendiendo esto, valoramos la vida como algo extraordinario, pues esta es sólo una, debido a la inmortalidad del espíritu, pero son muchas las experiencias por las que hemos de pasar al venir una y otra vez en diferentes cuerpos para asimilar multitud de experiencias y ponernos a prueba a nosotros mismos. Y además, todas esas experiencias con distintos cuerpos, unas veces de hombre, otras de mujer, etc. son solidarias entre sí. Pues el espíritu es uno y único, nuestra individualidad permanece a través de los milenios, lo único que cambia es nuestra personalidad particular en cada vida, debido a las condiciones necesarias de sexo, ambiente social, familiar, etc.

Por extraño que parezca, somos nosotros, como hemos mencionado arriba, los que, planificamos nuestras apariciones en el mundo y preparamos concienzudamente la nueva existencia que se nos ofrece con un cuerpo físico. En esta planificación no estamos solos, contamos con ayuda de otros, como si fuera una cadena de favores de aquellos que ya han pasado por estas pruebas y las han superado, y se brindan a ayudarnos desinteresadamente, tal y como recíprocamente hicieron con ellos otros anteriormente.

La cadena de solidaridad y progreso en el mundo espiritual es extraordinaria(*); frente a  la actitud contemplativa, beatífica e inmovilista que nos presentan las religiones, el plano espiritual que envuelve nuestro planeta es toda una epopeya de actividad, planificación, asistencia, auxilio, preparación, solidaridad y caridad. Todo un acontecimiento de trabajo, donde, aquellos que están allí, se encuentran colaborando en la evolución del planeta y de su humanidad, trabajando activamente y procurando auxiliar al que lo necesita, inspirar al que lo demanda, socorrer al que lo precisa, en definitiva, procuran el progreso de los demás a través del suyo propio. En ello se ven involucrados y realizados todos aquellos que ya han superado medianamente la condición primitiva y, a pesar de sus imperfecciones, comprenden la necesidad de la colaboración y la ayuda desinteresada para procurar al mismo tiempo su adelanto espiritual.

La inmortalidad del alma y su realidad se pone de manifiesto de forma total cuando traspasamos la barrera de la muerte física. A partir de ahí, el espíritu hace revisión de cuáles eran sus objetivos en la vida y en que medida los ha cumplido o ha hecho dejación de los mismos. Es entonces cuando la ley de causa y efecto exige la reparación de las deudas mediante el arrepentimiento primero, la expiación y la reparación. A veces la expiación queda aplazada hasta una nueva vida en la materia, donde saldaremos nuestros débitos con el sufrimiento causado a otros. Mientras tanto, allí mismo se comprende la necesidad de progresar y rectificar, y puesto que el progreso puede realizarse por amor o por dolor, el trabajo, la caridad y el auxilio son pautas que comprometen al espíritu endeudado para paliar la deuda contraída y dulcificar en próximas vidas las aflicciones por las que deberá pasar para saldar su deuda con la ley.

Ya aquí en la tierra el progreso continúa; y de hecho es aquí donde más se avanza y se saldan en su mayoría las deudas contraídas; recordemos la frase del maestro Jesús: “lo que atares en la tierra deberás desatarlo en la tierra”. Cuando nos olvidamos y no trabajamos en lo que nuestra conciencia nos dicta, perdemos el sentido moral, olvidamos el discernimiento entre el bien y el mal, y nos dejamos llevar por la comodidad o las pasiones sin valorar que, lo que tiene mérito requiere esfuerzo, y que el crecimiento personal, intelectual, moral y de progreso, exige renuncia y sacrificio a costa de alcanzar mayores cotas de plenitud y felicidad el día de mañana así como un mayor equilibrio y sentimiento de paz interior en la actualidad.

Somos los dueños de nuestro destino y como tales, creados libres e ignorantes, tenemos la responsabilidad sobre nuestros propios actos, y el cielo y el infierno viven dentro de nosotros mismos, son estados de conciencia que nos advierten de nuestra auténtica situación evolutiva.

Así pues, cuando traspasamos el umbral, volvemos a querer reencarnar para corregir aquello que no hicimos bien, e incluso, a sabiendas de que perdemos la conciencia al tomar un nuevo cuerpo, deseamos probarnos a nosotros mismos, afrontando pruebas e inconvenientes que con anterioridad no logramos superar, pero que ahora, una vez interiorizado y comprendido el sufrimiento que nos reportó el error cometido, nos vemos en condiciones de superar.

Este es el camino de la evolución espiritual del hombre. Un camino que nunca se detiene, pues el estancamiento, la inacción, la ociosidad o la abulia, condena al ser al sufrimiento, ya que pierde oportunidades preciosas de hacer lo correcto, de hacer el bien, de sembrar su propio destino luminoso a raíz de su crecimiento espiritual. Se nos dota de libre albedrío y voluntad, tanto en la tierra como en el espacio, pero las leyes de causa y efecto y de justicia divina son perfectas: “a cada cual según sus obras”. No existen privilegios.

Luchemos por ascender en progreso y felicidad, acompañemos nuestros actos diarios con intenciones de bien, pensamientos nobles, acciones altruistas de servicio a los demás. Si así lo hacemos colaboraremos con la ley inexorable del progreso y estaremos más cerca de cumplir la planificación espiritual pre-encarnatoria que es nuestra hoja de ruta en esta existencia. Una hoja de ruta aceptada libre y voluntariamente, comprendida y revestida de nuestra auténtica necesidad de crecimiento moral e intelectual.

Antonio Lledó Flor

© 2015 Amor, paz y caridad

(*) “Existe una cadena de seres inteligentes que se remonta hasta una inteligencia última, Dios, que es el universo mismo; Dios es igual al Universo.”

Fred Hoyle (Astrónomo y Matemático, creador de la teoría de la Panspermia)

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