«Ilusión y Verdad»
El conocimiento profundo de las leyes de la Vida, desde el enfoque espiritual de la conciencia y la mente, nos recuerda que la vida auténtica no es otra que la vida del alma, la inmortal trascendencia del espíritu, que viene experimentando desde eras pretéritas para probarse como digno heredero de la obra divina, al tratarse de la única especie que puede y podrá conocer a Dios.
Sin duda, la realidad presenta un enfoque totalmente distorsionado cuando el hombre tiene una conciencia primaria y limitada, debido a su escasa experiencia evolutiva o a su retraso moral por el empeño de perpetuarse en los hábitos tóxicos de la inferioridad en los que el ser humano se refocila y se degrada sin querer abandonarlos.
Desde esta perspectiva limitada, la escasa conciencia del ser únicamente se limita a aceptar como única realidad aquella que es grata a sus sentidos. Se dirige así, en sus decisiones y comportamientos, bajo el único impulso de satisfacer los deseos, anhelos y ambiciones que puede experimentar de forma inmediata, efímera y placentera.
Para los que así actúan, el mundo que les rodea y que experimentan es únicamente una realidad material que deben conquistar al precio que sea, pues en ello consideran que se encuentra la única felicidad a la que pueden y desean aspirar.
Este es el gran autoengaño que el ser humano experimenta en sus primeros estadios evolutivos, cuando en la ambición del gozo y el placer que su sensorialidad le señala confunden la realidad auténtica con aquella otra que es veleidosa, efímera y fugaz. Es la gran falacia de la felicidad que pretende conseguirse únicamente por el goce y usufructo de lo externo, sin apenas darse cuenta de que el apego por estas metas y objetivos le esclaviza a los mismos, y cuando no puede conseguirlos o disfrutarlos se frustra, se deprime y acaba por experimentar conflictos emocionales y mentales que con frecuencia le llevan a graves patologías.
Observando el autoengaño que los sentidos y nuestra propia mente nos propicia al vivir de espaldas a la auténtica realidad de la vida, que no es otra cosa que las necesidades de nuestra alma inmortal, podemos establecer una comparación con aquellas filosofías orientales que hablan de “Maya”, traducido a nuestro lenguaje occidental como “ilusión”, y que no es otra cosa que el engaño al que nos sometemos cuando optamos por esta actitud de evitar mirar en nuestro interior y vivir únicamente por y para lo exterior, aquello que nuestros sentidos pueden gozar y experimentar de forma material únicamente.
Este autoengaño que nos infligimos a nosotros mismos evidencia la escasa evolución y adelanto de nuestra alma, que se ve obnubilada y cegada por las sensaciones de la materia, olvidando que la auténtica felicidad y dicha del alma es interior y se traduce en estados de paz, alegría y felicidad interior inenarrables que surgen cuando buscamos los valores del espíritu inmortal interiormente, y practicándolos nos elevamos en el camino del progreso y de iluminación plena.
El descubrimiento de esta verdad supone el destierro de la ilusión que la materia ejerce sobre nuestros sentidos, y ello precisa a veces de muchas experiencias, unas positivas y otras negativas, hagan comprender donde se encuentra en realidad el valor de las cosas imperecederas que siempre nos van a acompañar. Los valores, cualidades y capacidades del alma se van descubriendo con el paso del tiempo, y en la misma medida en que renunciamos a nuestras tendencias ególatras que únicamente buscan el gozo y placer inmediato, sin mirar en el largo plazo sobre aquello que permanece y perdura para siempre y que no es otra cosa que los valores superiores del espíritu inmortal que, una vez conquistados, nos acompañarán para siempre, en esta vida, después de la muerte y en las diferentes experiencias que seguiremos teniendo en el camino hacia la dicha plena y la perfección que nos aguarda.
Desterrar la ilusión y comenzar a descubrir la verdad en nuestro propio interior supone esfuerzo, precisa de perseverancia y voluntad, pero precisamente estas conquistas elevan nuestra alma a niveles de conciencia superior que nos alejan del inmediatismo y el apego a las cosas efímeras de la materia. Al propio tiempo, este esfuerzo por iluminarnos interiormente, abrazando las mejores y mayores cualidades del alma como el amor, el perdón, la caridad y el bien a toda costa, refuerzan nuestro carácter ante las dificultades, y nos sorprenden de manera extraordinaria al percatarnos de los recursos internos que nuestra alma guarda en su interior y que son infinitos, capaces de cualquier cosa que nos propongamos en el crecimiento y recorrido de nuestro espíritu hasta llegar a la comunión con el pensamiento divino y la auténtica conexión con las leyes de la Vida.
La ilusión de la materia desaparece por completo y la verdad se abre paso viviéndola interiormente, sin que nadie nos la explique, pues se trata de una vivencia interior que cada cual ha de conquistar con su trabajo y su adelanto por ser mejor vida tras vida, existencia tras existencia. Este es el programa del alma para retornar a su creador, a donde deberá llegar purificada y equipada con los recursos del amor y el bien que le conectan con su fuente original, la fuente del amor supremo que representa a Dios.
Seamos capaces de dirigir nuestra mirada hacia lo imperecedero e inmortal, aquello que constituye valores firmes e irrenunciables que son los bienes espirituales que nuestra alma debe conquistar a lo largo de su proceso evolutivo. Sólo así haremos desaparecer el autoengaño de la materia, que tanto nos retrasa a la hora de conseguir la iluminación y la liberación espiritual que nos encadena al sufrimiento de las consecuencias sembradas por nosotros mismos en el pasado equivocado, en el que nuestra única verdad eran los deseos, apegos y ambiciones materiales que nos indujeron a equivocar nuestro rumbo al decidir nuestros pasos en la satisfacción del yo egoísta, las pasiones disolventes y los vicios inconfesables.
La verdad está en el interior, descubrámosla mediante el conocimiento de nosotros mismos, la oración sincera y la acción dignificante en el bien y el amor al prójimo; sólo así evitaremos el autoengaño, alcanzando plenamente el rumbo inquebrantable que nos conduce a la dicha y felicidad permanente de nuestra alma inmortal.
Autoengaño por: Benet De Canfield
Psicografiado por A. Lledó
2024 © Amor, Paz y Caridad






