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AUTÉNTICA CEGUERA

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Hipocresía

«HIPOCRESÍA»

Entonces se aproximaron sus discípulos y le dijeron: ‘¿Sabes que los fariseos, al oír lo que acabaste de decir, se escandalizaron?Él respondió: Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada. Dejadlos; son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, caerán ambos en el hoyo.”

(San Mateo, 15:12 a 14.)

La limpieza interior del alma, su depuración y adelanto moral es lo que constituye la auténtica luz para la misma, eliminando así la oscuridad y la ceguera que con frecuencia nubla los sentidos y la mente del hombre sensual que se deja fascinar por lo inmediato y desprecia lo interior, lo verdaderamente importante: la salud espiritual de su propia alma.

La auténtica ceguera del alma es olvidar y sustituir los impulsos y necesidades del espíritu en su esfuerzo por alcanzar mayores grados de adelanto que le acerquen a Dios y a la dicha futura. ¿Y por qué ocurre esto? Sin duda, porque el mayor esfuerzo que podemos enfrentar es vencerse a uno mismo, luchar contra la propia imperfección, desarrollar la voluntad ante las malas inclinaciones, fortalecer nuestro control y autodominio para no caer en las garras de las pasiones disolventes que contaminan todo lo que es verdaderamente importante. 

En esta lucha interior hay quien prefiere posponerla, otros disimularla haciendo ver como que la llevan a efecto por fuera pero en su interior ceden y se rebajan a los impulsos más voraces de su propicio egoísmo. Y estos últimos se convierten en los grandes hipócritas, tales como el Maestro de Galilea definió a aquellos que por fueran “limpian el plato” pero por dentro están “llenos de podredumbre”, y que en aquel momento identificó con los sacerdotes, llegando a amonestarles con el famoso “son ciegos que guían a ciegos” y aquellos que los siguen perecerán junto a ellos.

La hipocresía, la falsa humildad, “los sepulcros blanqueados” de los que habla Jesús son el ejemplo que él nos pone para comprender que, para alcanzar la luz y desterrar las cegueras del alma, es preciso seguir su palabra, su código moral, su ejemplo de amor y perdón para con todos. Sólo así el alma se regenera, se limpia, se va desprendiendo de las sombras que la atenazan desde épocas pretéritas; sombras que nosotros mismos hemos permitido por caer en hábitos, actitudes y conductas contrarias a las leyes de Dios que nos han llevado a construir muros de contención en el interior de nuestra alma que impiden que aflore la luz perenne que ella tiene en su interior desde que fue creada por Dios.

Las luces que destierran la ceguera son abandonar las sombras que nublan y oscurecen nuestra forma de ser y actuar frente a las leyes de Dios. Estas sombras son principalmente la causa de todos nuestros males y comienzan en el propio egoísmo y orgullo, de los que derivan todos los defectos morales. Pero además, estas actitudes nos han llevado a lo largo de los siglos a caer en otras situaciones más difíciles que retrasan nuestra iluminación, porque los vicios, las pasiones, las fugas psicológicas, las adicciones que esclavizan, etc., son elementos que oscurecen el alma, que le impiden adelantar en el camino del bien y del amor al prójimo.

Por todo ello, el esfuerzo por mejorar nuestra condición moral es la base, el punto de apoyo necesario y básico para limpiar y depurar nuestra alma de las sombras siniestras que nosotros permitimos que anidaran en nuestro interior en épocas pretéritas y que se constituyeron como patrones de conducta o formas de pensar y sentir equivocadas y contrarias a las leyes de Dios, al estar sustentadas por el egoísmo y la ambición, por el deseo de satisfacción inmediata que los bienes materiales propician, al tener como modo de conducta glorificar la materia y desdeñar los valores del espíritu.

Hasta que no comprendemos que la verdadera vida es la del espíritu inmortal y que estamos en la Tierra de manera transitoria para aprender, rescatar deudas y eliminar las impurezas del alma mediante el esfuerzo y el mérito por ser mejores día a día, no aceptamos la imperiosa necesidad que supone ser honestos con nosotros mismos y comenzar ese trabajo extraordinario que supone limpiar y dejar aflorar la luz pura que nuestra alma porta en su interior, donde están reflejadas las auténticas directrices del progreso y la felicidad del ser humano, pues allí las colocó Dios para que fuéramos desarrollándolas y permitiéndonos acercarnos a ÉL en las mejores condiciones y bajo nuestra propia individualidad y conciencia.

Las cegueras de nuestra alma vienen también dadas por la fascinación que el mundo material ejerce sobre nuestros sentidos y apetitos más groseros cuando nos encontramos inmersos en la carne. Y curiosamente, cuando este aspecto domina con mucha fuerza en el alma humana debido a su atraso moral y evolutivo, se invierten los papeles, de forma que es lo material, lo egocentrista, lo efímero, lo intrascendente y lo disolvente, lo que desestructura la personalidad, lo que domina el impulso del espíritu por adelantar y equilibrarse con las leyes de Dios. De tal forma esto tiene fuerza que estos espíritus, incluso después de la vida en la carne, debido a su mente y a sus deseos que viven por y para la materia, siguen manteniéndolos en el otro lado de la vida cuando allí son trasladados después del túmulo. 

Entonces se convierten, ya sin cuerpo físico, en esclavos de sus propias pasiones, de sus propios defectos, de sus propios errores que comienzan a experimentar en cuadros de sufrimiento que les devuelven los efectos de las causas criminales que ellos mismos han sembrado con su propio egoísmo dañando a otros o a sí mismos. “Se recoge lo que se siembra”. Esta ley universal llega a todos, sin establecer diferencia alguna en función del lugar que ocupemos en la vida: o en la Tierra con un cuerpo físico o en el espacio, ya sin materia, acompañados únicamente por nuestro periespíritu.

Aquellos que renuncian a la lucha por mejorarse, lo único que consiguen es procrastinar, dilatar en el tiempo la llegada a mejores estados de felicidad y de conciencia. Por ello, desde aquí invitamos a la tarea de desterrar las “cegueras del alma” ya mencionadas y abrazar con alegría e ilusión “las luces del alma”, aquellos valores del espíritu que nos conducen a la paz, el equilibrio, las salud mental-emocional cuando nos encontramos encarnados con un cuerpo. Y que cuando regresamos al plano de la verdadera vida, ya en el espacio, nos otorgan la dicha y la felicidad espiritual que se desprende del trabajo bien hecho, de la elevación moral y espiritual que nos hace avanzar en el camino hacia Dios.

 Auténtica ceguera por: Benet De Canfield

Psicografiado por Antonio Lledó

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