Editorial

ACTITUD Y APTITUD

“Con una actitud positiva, tus problemas se vuelven retos; tus obstáculos, enseñanzas;

y tus penas, parte de la vida.” Anónimo

En el campo de la psicología humana, se suelen denominar como fortalezas y debilidades los polos opuestos que conforman el rasgo de personalidad de un individuo. Estas capacidades o incapacidades son también definidas como competencias o incompetencias según sea el ámbito en el que nos encontramos.

Todos tenemos aptitud y actitud. La primera tiene que ver más con nuestros talentos y capacidades personales, mientras que las actitudes competen a la voluntad del individuo. Es por ello que, cuando las dificultades de nuestro propio carácter nos impiden alcanzar una meta u objetivo, nos centramos siempre en la actitud, el empeño y la voluntad para superar aquello que queremos conseguir y que no está al alcance porque no poseemos las aptitudes necesarias.

Es a través del cambio; del esfuerzo por mejorar en todos los ámbitos de la vida, cuando conseguimos metas que, planteadas inicialmente nos parecían imposibles, pero la determinación, la fe y el coraje para enfrentar las dificultades nos permite superar muchas de ellas sin tener las condiciones iniciales para ello.

Esto nos habla bien a las claras de que las fortalezas internas del ser humano son susceptibles de desarrollo y crecimiento; y cuando centramos el discurso en el campo espiritual, todavía es más fructífero y esclarecedor, pues comprendemos que todo está a nuestro alcance mediante la voluntad y la determinación adecuada.

Afirmamos esto último con rotundidad porque la esencia del espíritu es, ante todo, un germen de cualidades, talentos, fortalezas, capacidades y virtudes que no tienen límite, al ser las mismas que posee su creador en su total omnipotencia y omnisciencia.

El espíritu humano es, a imagen y semejanza de su creador, la obra cumbre de la creación divina. Inmortal, pensado para la felicidad y la plenitud, nunca está limitado ni por el espacio ni el tiempo; salvo cuando se encuentra en un cuerpo físico encarnado durante unos pocos años.

Así pues, en el progreso y desarrollo evolutivo del espíritu vamos desarrollando esas fortalezas, cualidades y virtudes que nos van reconociendo y acercando a nuestro creador. No es de extrañar, por tanto, que no existan límites a las consecuciones humanas, a los retos que la vida nos presenta; pues si no es por aptitud, la actitud, la fe y la voluntad férrea en la consecución de un objetivo espiritual siempre nos llevará a alcanzar ese éxito; pues todos ellos se enmarcan, antes o después en la ruta de ascensión del espíritu hacia la plenitud.

“Haz que las contrariedades te alienten y los obstáculos te engrandezcan”.

Anónimo

Hay quien argumenta que los grandes logros están sólo al alcance de unos pocos dotados por la naturaleza de las cualidades necesarias para alcanzarlos. Pero esto es inexacto; todos podemos llegar a todos los sitios, todos podemos conseguir aquello que nos propongamos; otra cosa muy distinta es el tiempo que empleemos en ello y las dificultades que tengamos se salvar.

La primera de las actitudes que hemos de cultivar es la fe en nosotros mismos; como seres eternos, dotados con las capacidades y talentos de la divinidad que hemos de desarrollar. La autoestima y autovaloración personal nos legitima para el esfuerzo, la superación y las metas que parecen inalcanzables.

La trascendencia del espíritu humano no sólo es ya un aspecto de la inmortalidad del mismo; sino de la capacidad de superar cualquier obstáculo, cualquier dificultad. Esta lucha interior por trascender los límites de nuestras capacidades y aptitudes otorga un sentido profundo a nuestras vidas.

Esta asunción de hechos, lejos de hacernos crecer en el orgullo, ha de enfrentarnos con la responsabilidad y la madurez espiritual necesaria del compromiso que traemos a la tierra y que cada uno ha de localizar, desarrollar y cumplir.

El conocimiento espiritual nos hace conscientes de nuestro libre albedrío, de la inexistencia del fatalismo o el determinismo; de la certeza de que somos los dueños de nuestro destino y que con nuestra voluntad y determinación podemos cambiar las cosas; podemos alcanzar aquello que hemos venido a realizar, aunque inicialmente nos parezca una montaña inaccesible.

Es la evolución, el progreso, el cambio, la transformación, la fe y la voluntad la que convierten al salvaje en genio, al criminal en ángel, al ignorante en sabio; y con ello se nos revela que la transformación interior, el esfuerzo por mejorar moralmente, nos capacita para seguir creciendo, nos ayuda a desarrollar las fortalezas y virtudes que alberga nuestro espíritu inmortal.

Simplemente el hecho de ser conscientes de que estamos recorriendo ese camino, y no otro, nos llena de felicidad, de serenidad, de paz interior. Aunque en el trayecto tropecemos, nos caigamos, nos equivoquemos durante un tiempo de camino; a pesar de todo ello, el mérito de levantarse, rectificar y tener siempre a la vista el horizonte en nuestro crecimiento espiritual, en el amor a uno mismo y al prójimo, nos concede una fortaleza interior extraordinaria que nos permite seguir adelante sin dudar, con fe, con optimismo y esperanza en el futuro.

“En cualquier momento de decisión, lo mejor que puedes hacer es lo correcto, lo segundo mejor es lo equivocado, y lo peor que puedes hacer es nada.”

Theodore Roosevelt

Esta es la “actitud” que, unida a “la aptitud” que conforma nuestras capacidades y méritos espirituales adquiridos en el pasado, nos permiten vivir la vida con la convicción y la certeza del cumplimiento de nuestra misión en la tierra.

El conocimiento de uno mismo nos permite progresar más y mejor; nos hacemos conscientes de nuestras virtudes y fortalezas, de nuestros defectos, debilidades y malas inclinaciones. Esto es importante, pues cuanto antes sepamos y comprendamos lo que nos perjudica, mucho antes pondremos el remedio para corregirlo: adoptando la actitud adecuada que se convierta, mediante el hábito adecuado, en una aptitud conquistada que impregne nuestro carácter y haga desaparecer la debilidad superada.

Siempre hablamos de nuestras propias capacidades; pero en muchos casos contamos también con la ayuda de personas que nos aprecian, que nos quieren y que también colaboran animándonos, aconsejándonos, fortaleciéndonos en momentos de decaimiento o frustración.

La evolución es lenta, y el recorrido hasta la perfección y la plenitud es milenario; por ello debemos apoyarnos no sólo en nuestras propias fuerzas, sino también aceptar la mano amiga; y sobre todo, reclamar mediante la oración, la asistencia y el apoyo de aquellos que, antes que nosotros, caminaron por el mismo sendero, y conocen a la perfección los obstáculos del camino.

Otra gran ayuda es la de las entidades espirituales que nos acompañan; los espíritus de luz dedicados al bien, al auxilio y la protección de los encarnados, los espíritus familiares y amigos de ésta y otras épocas que nos aman profundamente, etc. Todos ellos tienen capacidad de ayudar si se lo pedimos. La voluntad del ser humano es una fuerza inconmensurable, y la fe en sus posibilidades le concede la capacidad de proyectar esta fuerza hacia el infinito.

Somos seres de luz creados para el amor y la perfección; aunque ahora no seamos conscientes de ello; momento llegará, en el que nuestro Dios interno, aquel que se proyecta a pesar del tiempo y el espacio por la eternidad de los mundos, nos recuerde que todo está a nuestro alcance, y que nuestra esencia es, además de eterna, divina.

Antonio Lledó Flor

© 2015, Amor paz y caridad

“Hay una fuerza motriz más poderosa que el vapor, la electricidad y la energía atómica:

la voluntad.” Albert Einstein

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