Valores humanos

DISPONIBILIDAD

Egoísmo y altruismo he aquí la línea divisoria que marca el carácter y el estado espiritual del ser humano, los dos contrapuntos que sin duda definen la trayectoria y las intenciones que nos movilizan llevándonos por derroteros totalmente diferentes. Esta es la lucha que cuando nos hacemos conscientes del porqué de nuestro paso por la tierra hemos de emprender para no dejarla nunca jamás, ya que la evolución no tiene paradas, ni tampoco saltos, es algo que hemos de ir llevando sin prisas pero sin pausas, como suele decirse; pero comprometidos de verdad, para que nuestra estancia en la tierra responda en efecto al compromiso asumido antes de encarnar, y no nos veamos en la triste situación, de admitir más tarde que no supimos, o no quisimos realizar todo cuanto nuestro espíritu nos pedía para alcanzar los objetivos trazados.

La disponibilidad es una cualidad de los espíritus superiores, de las personas maduras que han atravesado ya los pasillos del egoísmo y del amor propio, de la pereza y la comodidad, del odio y del rencor y se han despojado de todos esos impedimentos que su alma, pobre de amor hacia los demás, hacía que no vieran más que necesidades y prioridades en sí mismos, olvidándose de sus semejantes.

Hay muchas cosas que pueden ser obstáculo e impedimento para que las personas como nosotros, de una evolución escasa todavía, nos resistamos a estar en una buena actitud de cara a estar dispuestos para ayudar y colaborar en cuestiones que no redunden en nuestro sólo beneficio.

Los defectos morales, la escasez de fuerza espiritual y de actitudes positivas, son la principal consecuencia de que no tengamos el buen ánimo para ver el mundo a través de los sentimientos y de los problemas que otros puedan tener. A menudo la tendencia al egoísmo, el rencor, la envidia, todas esas cuestiones son como un muro opaco que nos impide ver el bien que podríamos hacer con sólo un poquito de ayuda y colaboración, y por añadidura lo bien que nos podríamos sentir como fruto de nuestra acción. Hay muchas personas a las que les cuesta convencerse de que hacer el bien, amar al prójimo como se nos enseñó, es una de las mejores cosas que podemos hacer en nuestro propio bien, cuando dejas de mirar hacia ti mismo olvidas tus problemas y preocupaciones y te llena de satisfacción el poder ser útil y ayudar a los demás.

Pero esta realidad aunque se cuente una y mil veces no es suficiente, hay que vivirla como experiencia vital. Pero para poder apreciarla y comprenderla en el nivel en que lo hacen los maestros espirituales, es preciso volcarse en esa ayuda con todo el corazón, limpio de todo recuerdo, libre de toda teoría. Como bien conocen las tradiciones espirituales más puras, la ayuda ha de ofrecerse con total abnegación y desinterés, con total espíritu de amor y de caridad, es entonces cuando nuestro espíritu se manifiesta sin tener en cuenta nada, sin limitadores, sin prejuicios, sin hipocresía ni intereses creados.

Esta es la disponibilidad que hemos de alcanzar. El pan de nuestro espíritu es el amor, el estar dispuesto sin cortapisas, sin peros, sin condiciones, sin otra intencionalidad que la de sentirnos útiles, amables, serviciales y todos los adjetivos que queramos añadir, cuantos más de estos adjetivos sumemos a nuestro carácter más adelantaremos en nuestro caminar hacia la perfección, única ruta a seguir para nuestro espíritu. Los caminos pueden ser muchos, pero la mayoría se hacen tortuosos, escabrosos, oscuros y desdichados, hasta que nos despojamos de todos los defectos y empezamos a ver el camino claro y cogemos ese atajo de felicidad, que no es otro que al que nos conduce la disponibilidad y el espíritu de servicio desinteresado.

En nuestras relaciones con los semejantes y en especial en la convivencia con aquellas personas con quienes más compartimos nuestras vidas hemos de procurar tener abierta siempre esa puerta de la disponibilidad, sin la cual es como tener cerrada la puerta de nuestra evolución. Muchas personas a lo largo de vidas y vidas se han dedicado a enriquecerse intelectualmente, han dedicado todo su tiempo a sí mismos, y se han mantenido espiritualmente estáticos, moralmente empobrecidos y con su corazón hecho un hielo. Cuando se dan cuenta de todo el tiempo que han perdido quieren recuperarlo en un momento, pero no puede ser, tienen que ponerse en ese punto del camino en el que se quedaron y comenzar a vivir otro tipo de experiencias y forjarse esa otra personalidad en la que empiecen a destellar los valores morales.

Hay sin embargo que delimitar bien las posturas y definirnos siempre en una disponibilidad positiva, no permitiendo nunca que cuenten con nosotros para otros fines como puede ser por ejemplo la crítica destructiva, o colaborar en campañas de desprestigio hacia terceras personas a fin de hundirlas en vez de ayudarlas a levantarse y a que todo el mundo se comporte con ellas con la mayor dignidad, como todos los seres humanos se merecen, todos sin excepción.

Esto lo quiero remarcar, pues al igual que hay personas que son todo corazón y que desean aun antes el bien de los demás que el suyo propio, están aquellos que no sólo quieren su propio bien, sino que son antenas vivas de la parte espiritual negativa y que procuran que los demás vean las cosas como no son, intentando llevárselos a su terreno y de que no hagan nada en favor de otros.

Para todos esos factores negativos no hay que estar nunca disponibles, o sea para el rencor, el odio, la crítica, el desprestigio, la indiferencia, la censura, la maldad en cualquiera de sus manifestaciones.

A este respecto veamos lo que dice Bernabé Tierno acerca de este tema, en su volumen nº 2 de “Los Valores Humanos”: Quien entiende la ley universal del amor, no permite que por ningún motivo entre en su corazón un sentimiento de desamor por pequeño que sea. Por el contrario, fortalece su corazón con la fuerza de una disposición permanente para la generosidad y el perdón, al tiempo que alienta a cada instante en su espíritu sentimiento de acogida, amistad y amabilidad, exteriorizados tono de voz, en modales, palabras y actitudes.

Fermín Hernández Hernández

© 1997 Amor, paz y caridad

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