“El tiempo es como un río que arrastra rápidamente todo lo que nace”
Marco Aurelio, libro: Meditaciones
Desde hace ahora casi un siglo, con el descubrimiento de la ley de la relatividad general por Albert Einstein, sabemos que el espacio y el tiempo tienen consideraciones muy diferentes a lo que desde siempre se ha venido manteniendo. Concretamente el tiempo fue definido por el gran físico como “la cuarta dimensión” que la realidad física nos permite experimentar. Esta es la versión de la ciencia hasta hoy.
En el ámbito de la filosofía, y al margen de distintas definiciones al uso, se distingue con claridad entre el tiempo cronológico y el ontológico. El cronológico es el que medimos en base a los movimientos de rotación y traslación de la Tierra alrededor del Sol, segundos, minutos, horas, días, semanas meses o años. Es el que medimos con nuestros relojes.
Mientras tanto, el tiempo ontológico es aquel que experimentamos y sentimos en nuestro interior y tiene mucho que ver con las emociones que sentimos en el momento del que hablamos. Hay veces que unos minutos nos parecen una hora y, al contrario, existen momentos tan agradables que hacen que el tiempo pase tan rápidamente que apenas nos percatamos de ello.
«Cuando cortejas a una bella muchacha una hora parece un segundo, pero cuando te sientas sobre carbón al rojo vivo un segundo parecerá una hora. Eso es la relatividad del tiempo»
Albert Einstein, Físico
Como podemos comprobar, en función del ámbito o la disciplina bajo la que enfoquemos la definición, podemos ampliar nuestro enfoque acerca de la realidad del tiempo. La dimensión física del tiempo no tiene nada que ver con la dimensión emocional. Es decir, lo externo no siempre se corresponde con lo interno. Lo que acontece fuera de nosotros no tiene por qué coincidir con lo que sentimos o experimentamos, de aquí la gran importancia del tiempo en nuestras vidas. Porque “nada hay más democrático que el tiempo”; aparentemente todos disponemos del mismo (veinticuatro horas al día), pero no todos lo vivimos o aprovechamos de la misma forma. Aquí entra la característica subjetiva del tiempo, el valor que otorgamos al mismo y la oportunidad de su aprovechamiento, que es diferente en cada persona y en cada decisión subjetiva que adoptamos libremente.
El tiempo nos ofrece a su vez tres aspectos claramente diferenciados, el pasado, el presente y el futuro. Pero nuevamente esta cuestión tiene sus diferencias entre la realidad física y la realidad energética o espiritual. Demostrado está por la física que el tiempo se acorta o se expande en función de la distancia recorrida, lo cual nos lleva a entender que el espacio, que surgió al unísono con el tiempo cuando aconteció el Big Bang hace ahora aproximadamente trece mil millones de años, tiene una relación directamente proporcional con el tiempo.
A nivel personal, la conciencia y el alma humana experimentan el tiempo de manera subjetiva. Y todas las informaciones de las que disponemos al respecto establecen la diferencia entre cómo sentimos y experimentamos el tiempo cuando estamos encarnados con un cuerpo y cuando nos encontramos en el otro lado de la vida, en espíritu, sin un cuerpo físico que sirve de reductor de vibraciones y que nos enclaustra en una cárcel de carne regida exclusivamente por los parámetros de la realidad material.
“Los seres que no poseen elemento corpóreo no están sujetos a destrucción o daño; por consiguiente, la verdadera obra de Dios es toda buena, pues que es existencia”.
Maimónides, filósofo
La gran diferencia es que, cuando pasamos al más allá después de la muerte física, el tiempo transcurre de manera muy diferente. Es el tiempo ontológico el que predomina, es un tiempo que tiene que ver mucho con el aspecto emocional, y su transcurso no es lineal como el tiempo cronológico, sino que está en función del nivel espiritual alcanzado, del grado de depuración del espíritu y de la situación en que nos encontramos en ese otro lado.
Tanto es así que, incluso en el más allá podemos encontrar espíritus que vivan en niveles de atraso evolutivo tan grandes que el tiempo sea para ellos una losa mucho mayor que el que tendrían en la Tierra con un cuerpo físico, ya que sus situaciones personales, emocionales y espirituales son tan retrasadas que viven en lugares deprimentes, lúgubres, de densidad energética mórbida y donde su propia condición moral les ha recluido.
La muerte apaga en la tierra la luz de los ojos, pero enciende la del recuerdo”.
José María Eguren
No pueden ir a ninguna otra parte porque su nivel de conciencia es tan bajo y su energía tan densa que se ven abocados, por sus propias obras en contra de las leyes de Dios, a lugares donde habitan otros como ellos, con los que se hacen afines energéticamente por sintonía vibratoria. Para ellos el tiempo es sufrimiento, angustia, perturbación mental, desasosiego, y en algunos casos más graves, incluso el tiempo forma parte del rescate de los crímenes y maldades ejercidas cuando estuvieron en la Tierra con un cuerpo.
“Las experiencias de hoy son los recuerdos del mañana.”
Isabel Allende, escritora
Esto también es relativo y temporal pues nadie está condenado eternamente a sufrir; y cuando el alma cansada de experimentar en sí misma los agravios que hizo sufrir a otros solicita ayuda, es de inmediato rescatada y enviada de vuelta a la Tierra con un cuerpo, para que “aproveche el tiempo” y la nueva oportunidad que se le ofrece de rescatar deudas y mejorarse moralmente mediante el adelanto y el desarrollo de aquellas virtudes que todos llevamos de forma latente, pendientes de desarrollar.
“No hay nada que quisiera que sepas mejor, y poca gente conoce, es el verdadero uso y valor del tiempo. Está en la boca de todos, pero poca gente lo practica”.
Felipe Chesterfield
Aprovechar el tiempo en la Tierra es, sin duda, de enorme importancia para todos aquellos que reencarnan. Tenemos que saber que el tiempo para el alma tiene un componente especial en el que los recuerdos (conscientes o inconscientes) y la memoria son esenciales para un buen aprovechamiento de la oportunidad que se concede con una nueva venida a la Tierra. Con ello aprendemos a valorar el tiempo del que disponemos y además nos damos cuenta de que todo aquello que somos no es más que la suma de las experiencias (buenas o malas) que hemos vivido tiempo atrás, en otras vidas y experiencias.
La circunstancia de vivir en un planeta todavía imperfecto, donde la mayoría de los encarnados estamos con un bajo nivel de espiritualidad, no nos permite disociar el tiempo físico del tiempo espiritual. Sólo a los espíritus muy elevados les es permitida esta capacidad que les llega de forma espontánea a medida que alcanzan grados de elevación de conciencia y perfección moral notables.
Para estas almas de gran adelanto ético-moral, el tiempo tiene todavía un mayor componente relativo, pues son capaces de vibrar en sintonías de frecuencias tan altas que pueden conectar con la “Conciencia Cósmica” o “Pensamiento Divino” de forma tan natural, que en ellos la “presciencia”, retrocognición o precognición son capacidades derivadas de su grado de adelanto.
Conociendo las leyes físicas y espirituales que rigen la evolución del alma comprendemos mejor “el valor del tiempo” como elemento indispensable que nos ayuda a construir un futuro feliz y venturoso al ser dueños de nuestro propio destino. Las distintas vidas en la Tierra requieren tiempo y esfuerzo para la regeneración del espíritu inmortal.
Y sabiendo que todos traemos a la vida un compromiso a realizar, el mejor aprovechamiento del tiempo que se nos concede es, sin duda ninguna, cumplir con ese sentido y propósito de vida que trae nuestra alma inmortal; así conquistamos un futuro más feliz y un tiempo nuevo de venturas y paz que nos permitirá elevarnos y acercarnos a Dios mediante la vivencia del presente enfocado en el bien y el amor al prójimo.
Valorando el tiempo por: Redacción
2024, Amor, Paz y Caridad
“Para grandes cosas mucho tiempo se requiere”.
Séneca






