Valores humanos

VALENTIA

Para llegar a realizar algo en esta vida, es preciso armarse de valentía. Llevar a la práctica los conocimientos espirituales requiere también que seamos valientes, ya que son muchos los obstáculos y entorpecimientos que podemos encontrar, empezando por nuestras propias carencias e imperfecciones, que en muchas ocasiones nos juegan una mala pasada y nos apartan del ideal, que en teoría parecía que teníamos claro.

Para comenzar a hacer algo inusual, algo que no lo hace el común de las gentes hace falta, aparte de estar convencido de ello ser valiente para tomar la decisión de emprender esa empresa con el ánimo de una vez emprendida no hacerse atrás. Son muchas las personas que dicen yo no valgo para eso, sí eso está muy bien pero quién es el valiente de hacerlo, etc. Para esto vale un viejo proverbio chino: “el camino más largo se comienza con el primer paso”.

La valentía trae consigo otras cualidades como son el coraje, que es necesario para enfrentarse a situaciones y pruebas que requieren fuerza, animosidad, la valentía de que imbuidos de fe, arropados de la solidaridad de quienes cuentan con nosotros, fortalecidos por el sentimiento de que es justo aquello por lo que se va a luchar y se van a poner todos los medios, es posible hallar la solución a los problemas y alcanzar las cimas más insospechadas.

La confianza en sí mismo, el valor y la generosidad que ponemos cuando tratamos de realizar el bien hacia una causa, hacia los demás, atrae fuerzas, energías y recursos que desconocemos y que nos van abriendo el camino y proyectándonos la luz que necesitamos para encaminar nuestros pasos hacia la feliz consecución de nuestro ideal.

El ideal que sostenemos es como una antorcha que ha de estar siempre encendida y que nos marca las pautas a seguir. Nos hace sentirnos responsables, es el norte que nunca hemos de perder. Pero esa antorcha necesita combustible para que no se apague, para que no palidezca y deje de alumbrarnos la existencia. Son los hechos de nuestra vida los que dan valor a nuestros días en la tierra y los que mantienen encendida la llama de la esperanza y nos impulsan a seguir hacia delante.

La vida no nos la dan toda hecha. Puede que tengamos un destino cada uno de nosotros, pero somos nosotros quienes hemos de moldearlo. Ese destino puede pesarnos como una losa y parecernos que no somos capaces de afrontarlo, que nos hemos engañado pensando que podíamos llevarlo con soltura, o por el contrario, ese destino puede convertirse en una especie de alas que nos va planificando la existencia en la misma medida en que nosotros lejos de rehusarlo lo vamos comprendiendo, admitiendo, y con coraje y vigor lo domamos, consiguiendo que se convierta en nuestro aliado, poniendo nuestra alma en realizar aquello para lo que estamos llamados.

Pensemos en una persona que haya venido a la tierra a realizar investigaciones en el campo de la ciencia para contribuir al bien de la humanidad, digamos que ese es su destino, sabemos bien que esto no es casualidad. Si esa persona que viene con ese propósito rechaza esa labor y piensa que es una carga, que por qué dedicar tantas horas de estudio y sacrificio, sería el caso de aquél que su destino se convierte en una losa.

Sin embargo si acepta dicha misión con firmeza y voluntad, pese a los esfuerzos que tenga que realizar no le parecerán de ese modo, sino que será algo sin lo cual no se sentirá útil y realizado, algo que no puede olvidar, y pronto comenzarán a venir los resultados, los cuales le darán más fuerza para continuar, más confianza y así todo serán ventajas y facilidades. Luego podemos moldear el destino, hacerlo que parezca una cosa u otra depende sólo de nosotros.

La alegría es el triunfo de la vida. El pesimismo es el destino de los cómodos, los débiles y los cobardes. Y la cobardía es un pozo del que cuesta mucho salir, es una cadena que trae tras de sí el miedo, la oscuridad y todo aquello que nos lleva al fracaso.

Ser valiente requiere enfrentarse con riesgos a situaciones desagradables, a compromisos, incluso, a posibles fracasos, pero puede traer en cambio grandes satisfacciones. Y cuando utilizamos las virtudes como el valor, el coraje, la solidaridad, no en beneficio propio, sino para empresas de carácter humano y social, entonces tenemos dos satisfacciones que no se pueden comparar con nada, la satisfacción personal de haber conseguido lo propuesto, la tarea difícil en la que habían más obstáculos y dificultades que las normales, y la dicha espiritual que emana de haber ensanchado nuestro corazón, habiéndonos desprendido de un trozo de egoísmo, el cual no nos impedirá más el llevar a la práctica la solidaridad y la generosidad hacia los demás.

Tener valor implica además vivir fielmente los ideales, nuestros principios. No se puede actuar con hipocresía si estamos henchidos de valor, y convencidos de hacia dónde queremos dirigirnos, es algo que está reñido. La persona que tiene valentía atesora también voluntad para defender la justicia, la verdad, la paz, todos los valores por los que los hombres honrados y nobles han luchado desde el principio de los tiempos, los débiles miran sólo para sí mismos y no les importa lo que pueda sucederles a los demás mientras ellos estén tranquilos.

Como es lógico, mucho se puede hablar de la valentía y de las virtudes que la acompañan, pero hemos querido dar a entender que no hace falta ser un super hombre para hacerse adelante a la hora de emprender tareas arduas y difíciles, sino remarcar que el camino se hace andando, y que los ideales e inquietudes que tenemos nos ha de mover para que consigamos aquello que añoramos, que no es otra cosa que el ir mejorándonos poco a poco, y para eso es menester dejarse a un lado la teoría y convertir ésta en obras y en buenas acciones, en definitiva, que si hemos asimilado los conocimientos, han de servirnos de trampolín para que veamos qué es aquello que podemos hacer para conseguir esas dos metas: “ayudar a los demás” y al mismo tiempo “ayudarnos a nosotros mismos”.

Valentia por: Fermín Hernández

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