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UNION Y SOLIDARIDAD

En el devenir de la vida vamos descubriendo realidades en la medida que experimentamos y observamos; sin embargo, la mayoría de ellas nos pasan desapercibidas ante el nivel de conciencia que todavía estamos muy lejos de haber desarrollado. Las causas principales que lo motivan pueden ser la falta de autoconocimiento, el no tener claro un rumbo y en consecuencia el dejarnos llevar por las corrientes que nos circundan, envuelven y arrastran.

Podemos sentirnos seguros por que pertenecemos a un grupo espiritual, con unos ideales y unas intenciones elevadas. No obstante el camino lo debemos de recorrer por nosotros mismos. Las ideas, los estudios, los momentos vividos en el centro donde nos reunimos nos pueden transmitir algo de fuerza que nos ayude, pero esto no es el todo.

Por lo tanto, el primer paso a realizar para vivir con mayor plenitud en el grupo espiritual al que pertenecemos es identificarnos e implicarnos plenamente con sus ideales. Anteponiendo el fondo (lo que realmente importa y trasciende) sobre la forma (ideas pasajeras, circunstancias del momento, etc.)
A partir de ahí se abre un mar de posibilidades así como de obstáculos. Posibilidades, pues es mucho lo que podemos hacer tanto para los demás como para uno mismo. También obstáculos, porque nuestras deficiencias morales no tardarán en aparecer y crearán dificultades que se unirán a las de nuestros compañeros que pondrán en riesgo la armonía y el equilibrio del conjunto.Si, efectivamente, son procesos complicados pero necesarios; nadie ha dicho que sea fácil cuando se asume la responsabilidad de, no solo estudiar conjuntamente, sino también de buscar espacios necesarios de convivencia que nos permitan conocer a los otros y conocernos mejor. Con el coraje de asumir nuestras realidades ante las taras morales que se manifestarán ante las situaciones que se propiciarán en dichas convivencias.

Si nos limitamos exclusivamente a las clases teóricas, al estudio y no dejamos espacios para la fraternidad sentida y vivida, poco podemos avanzar en el camino espiritual. En palabras de Divaldo Pereira: “La mente puede estar iluminada por el conocimiento, pero si el sentimiento no está centrado en el amor, será vano todo ese conocimiento”.

Para que ese amor se manifieste hace falta voluntad, interés por el otro. Conocernos unos a otros, comprender, tolerar, respetar, ayudando a crear un clima espiritual en nuestro centro para que la gente que la frecuente se sienta feliz, en armonía; y para que las personas que lo visiten por primera vez perciban un ambiente familiar, de verdadera fraternidad; posteriormente llegarán los conocimientos, etc.

Pero la primera imagen, el impacto, por así decirlo, que las personas se deben llevar es de paz y armonía. A partir de ahí las ideas son secundarias puesto que los temas a tratar, los comentarios, los detalles se pueden olvidar con el tiempo, sin embargo, las impresiones y las sensaciones se quedan grabadas en la memoria. No se trata de aportar sólo buenas palabras o regalar un libro. De nosotros depende proyectar una buena o mala imagen de la doctrina espírita, con las consecuencias que ello conlleva.Efectivamente, es mucha la responsabilidad. No podemos quedarnos con los atavismos del pasado y trasladar la herencia religiosa de antaño, es decir, buscar un momento a la semana para “reconciliarse con Dios”, para después olvidarnos de las personas que hemos tenido alrededor, pensando sólo en uno mismo y en nuestra propia “salvación”. Un grupo espiritual de ideales elevados exige algo más.
Estamos convocados a colaborar en la gran “causa” que por otra parte no es nuestra, forma parte de una planificación realizada hace siglos y que culminó con la doctrina espírita, para que viviésemos la moral evangélica en su plenitud. El conocimiento que es horizontal nos aclara y nos facilita el camino, pero el verdadero recorrido, la gran vertical es de caridad y de amor.
No podemos nadar entre dos aguas, llega la hora de la definición interior, aquella que parte de la conciencia, sin máscaras y que no tiene testigos. Partiendo del auto-compromiso de trabajar en la obra del Maestro desde nuestra extraordinaria pequeñez, para demostrar a la sociedad que vivir en valores y seguir a Jesús no es una quimera fanática ni mística, tampoco es excluyente de nadie, y sobre todo que cualquiera que se lo proponga, con buena voluntad y cargando con su cruz puede conseguirlo. Para ello hacen falta escenarios y espacios adaptados para tal efecto. Debemos concienciarnos, vivir en verdadera fraternidad para aportar todo el amor de que seamos capaces a todos aquellos que nos lo pidan. Por usar un símil, sería algo así como un “grupo de protección civil” que se ha ido preparando y coordinando pacientemente, con verdadero esmero durante un tiempo para que, llegado el momento y sin desbordarse, atender a cuantas necesidades le vayan llegando.Hemos oído muchas veces: “La doctrina espírita es el Consolador Prometido”. Pues bien, la pregunta sería: ¿consolador de qué? ¿El consuelo de la razón o del corazón? Pensemos en ello.
Sin duda no se trata de una especie de autoservicio a conveniencia; tampoco se trata de amoldarlo a nuestros intereses particulares. Ser espírita es algo mucho más profundo que nos compromete y nos conecta unos con otros.

Observemos como hoy en día cada vez hay menos líderes en el mundo, prácticamente ya no existen. Desde nuestro punto de vista el motivo es bien claro. Sin menospreciar la identidad ni el trabajo personal; la sociedad necesita ejemplos colectivos de solidaridad y no de capacidades individuales. Demostraciones en donde la fuerza de la unión, de las cualidades personales al servicio del prójimo; renunciando a nuestros egos, formando una verdadera familia espiritual, aportando y no compitiendo, tolerando y no juzgando, comprendiendo y respetando. Esa es la tarea de hoy.

 No nos engañemos con espejismos que con el tiempo nos puedan llevar a la frustración o al fracaso. Tenemos los mimbres para triunfar; los conocimientos, los espacios en donde reunirse y compartir, la buena voluntad, los deseos de trabajo. Todo ello es garantía de éxito. Caminar juntos en los tiempos que nos han tocado vivir es pues una necesidad existencial, fundamental en nuestras vidas. No podemos dejar escapar esta oportunidad. Nuestro compromiso no es espontáneo o casual, obedece a lazos creados en el pasado para la consecución de unos objetivos muy claros, cuya finalidad consiste en el rescate de deudas del pasado y ascender un poquito más en el empinado camino hacia lo Alto.

José Manuel Meseguer Clemente
© 2014 Amor, paz y caridad

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