SENTIR A DIOS SIN VERLE

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Sentir a Dios sin verle

Sentir a Dios sin verle

Tal y como nos describe Eben Alexander en su libro “La prueba del cielo” y su experiencia cercana a la muerte, el momento de la desencarnación no es, en general, traumático: él lo describe como estar en un túnel negro y al mismo tiempo lleno de luz. Aunque parezca que haya contradicción, no la hay en absoluto; creo que no hay mejor forma de expresar la presencia de Dios, sin verle, en esos momentos decisivos para el ser humano. La luz se produce en el espíritu al sentir Su presencia, mientras que el periespíritu, al ser semimaterial, queda en la oscuridad; sin embargo, sabe que Dios está en él y con él.

          Se tiene miedo a la muerte porque se la considera eso, muerte, es decir, el final de todo; la oscuridad total; la nada; y eso en el mejor de los casos, pues en nuestra cultura, alimentada por las diversas religiones, la muerte es considerada como la entrada en un mundo de tinieblas en donde nos esperan crueles castigos, a causa de nuestros pecados. Pero la muerte no es eso, porque la muerte no existe: es un tránsito; es dormirse en nuestro mundo material y despertar en el mundo espiritual.

          Ciertamente que ese despertar puede ser traumático, y aun doloroso; pero no es al “despertarse”, viene dado en el momento de “dormirse”. Vivimos a lo largo de nuestra existencia apegados al materialismo. Nuestro objetivo es la consecución de todo lo que pueda dar satisfacción a nuestros sentidos y que nunca conseguimos del todo, porque siempre queda algo más por alcanzar. El deseo no se agota, y así vamos cargando el alma o espíritu con la ambición más desmesurada; ambición por poseer dinero, riquezas; ambición de poder (político, religioso)…

¡Ah, el Poder! Y no somos felices porque la realidad es que nada de eso proporciona felicidad. Dios nos ha colocado en un hermoso planeta lleno de luz, en donde podríamos encontrar, con solo mirar su belleza, Paz y Sosiego para el alma y reposo para el cuerpo; pero no lo vemos porque estamos inmersos en una carrera desenfrenada para alcanzar una meta que tan solo es un espejismo, y cuando llega el momento de la partida, nos damos cuenta de que nada de lo que poseemos nos los podemos llevar, y nos aferramos a la vida porque nos aterroriza la idea de tener que dejarlo aquí; que otros gozarán de lo que es nuestro, de nuestras riquezas, y así, el espíritu entra en un estado de ansiedad y angustia que es lo que impide que el tránsito sea, como ya se ha dicho, sereno y tranquilo: dormir en Paz y despertare a la Luz.

          Sabemos lo que está bien y lo que está mal: tenemos libre albedrío y, de acuerdo con nuestra conciencia, deberíamos ser conscientes de cómo actuar, porque utilizarlo mal, tanto para con los demás como para nosotros mismos, va sumiendo a nuestro espíritu en un pozo del que es muy difícil escapar.

          Sería bueno que todos reflexionáramos acerca de ello, e ir preparándonos para lo ineludible; despojando al alma de todo materialismo excesivo; deseando solo lo necesario y rechazando lo superfluo; y, llegado el momento, transitaremos por el túnel tranquilos, sintiendo que Dios está en nosotros y con nosotros.

Sentir a Dios sin verle por: Mª Luisa Escrich

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