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SENTIMIENTOS Y SENTIMENTALISMOS

En el transcurso de nuestra existencia nos vamos a encontrar con situaciones que van a poner a prueba nuestra comprensión de estos dos conceptos, sentimiento y sentimentalismo, porque aunque a primera vista creamos que estamos hablando de lo mismo, observaremos a qué nos conduce cada comportamiento.

Al descubrir lo positivo que resulta ofrecer ayuda a los demás, nuestros valores morales se van sensibilizando, y nos encontramos motivados a seguir pensando y viviendo inspirados por esos sentimientos altruistas. Sin embargo, dejarse llevar únicamente por el sentimiento puede resultar contraproducente y causar el efecto contrario al deseado: perjudicar a los demás en vez de ayudarles.

 Aquí es donde pasamos a confundir el sentimiento con el sentimentalismo. El primer concepto es positivo, porque nos permite desarrollar esos valores humanos que todos llevamos dentro, es decir esas cualidades que nos permiten valorar a los demás, sus necesidades, sentimientos, comportamiento y aspiraciones, y no permanecer indiferentes ante los problemas o dificultades que pueden estar atravesando. Por el contrario, si nos dejamos llevar por una emoción desmedida y no la controlamos a tiempo, correremos el riesgo de acudir al sentimentalismo, de afectarnos en exceso por los problemas ajenos, o de caer en un estado desmedido de pena y desconsuelo por lo que a otros les ocurre, y por tanto no encontrarnos en disposición de ofrecerles el apoyo o ánimo que precisan.

La melancolía y la depresión pueden hacer mella al sentimental, sobre todo si no comprende el porqué de los males que bien a él o a otros le aquejan; y por si fuera poco, también puede llegar a sentirse angustiado y rebelde al comprobar que es difícil solucionar esos problemas (generalmente ajenos) los cuales desearíamos que nunca hubieran aparecido.

La principal causa que puede conducirnos al sentimentalismo hemos de buscarla en la interpretación de la palabra “ayudar”. Cuando ofrecemos ayuda a alguien queremos observar los resultados al instante, bien sea porque haya admitido y puesto en práctica nuestros consejos o porque sus problemas se le resuelvan rápidamente. No tenemos la paciencia suficiente para esperar a que poco a poco se consiga llegar a la solución, y nos olvidamos de que ese proceso ha de ser la otra persona quien libre y voluntariamente lo realice, porque nosotros no podremos afrontar por ella esas dificultades.

Ayudar no consiste únicamente en dar a los demás lo que ellos esperan o desean de nosotros, en ocasiones hay consejos que quizás pueden no gustarles, pero hay que dárselos, a pesar de que renieguen de nuestra amistad o se rebelen. El día de mañana, si son sinceros consigo mismos, comprenderán por qué actuamos así en aquella circunstancia.

Recordemos que ayudar en un momento dado a alguien no significa que seamos mejores o superiores a él, no hemos de albergar ese pensamiento en nuestro interior, porque de otro modo nuestros sentimientos, cuando demos ese apoyo, no serán limpios, no actuaremos porque los demás lo necesiten sino para sentirnos por encima de ellos, mas como un estímulo para nuestro orgullo y vanidad que por el puro deseo de ser útiles a los demás.

En ocasiones, resulta difícil que los demás puedan demostrarnos que desean servirnos de apoyo, sobre todo cuando podemos malinterpretar los consejos que nos dan o su aparente indiferencia ante nuestros problemas. En estos casos ha de ser el tiempo el que nos ayudará a valorar sus verdaderas intenciones y la amistad sincera que nos han brindado.

Son muchas las circunstancias que nos pueden conducir al sentimentalismo. Una de ellas es a causa del comportamiento de ciertas personas que considerábamos buenos amigos y que el tiempo se ha encargado de demostrar que únicamente se servían de nuestra amistad de forma egoísta; circunstancia que podría repercutir en nuestro interior a varios niveles, en primer lugar, sin comprender por qué esa persona ha actuado de esa forma, y después al sufrir más de lo debido por la situación en la que se pueda encontrar.

Si nos encontramos atravesando alguna dificultad o prueba, desearíamos encontrar a alguien que, sin verse afectado por el mismo sufrimiento que a nosotros nos aqueja, supiera ofrecernos una solución adecuada, sin esos sentimentalismos que empeoran las cosas, dado que únicamente nos sirven para autocompadecernos, sino más bien dándonos esos consejos que aunque en un primer momento nos “duelan” o nos hagan “rebelarnos” ante el dolor físico o moral, nos ayuden a ser humildes y a reconocer nuestros errores, y permitan orientarnos con firmeza hacia la recuperación del ánimo perdido, la confianza en nuestras posibilidades internas y la fe en la Justicia Divina.

El refranero popular español tiene una máxima que nos aclara lo anterior: “quien bien te quiere te hará llorar”. Es decir, que en realidad un verdadero amigo no está para “regalarnos el oído”, para adularnos en todo lo que hacemos, sino más bien para advertirnos de aquellas cosas que no nos convienen, de los errores que cometemos y darnos el suficiente apoyo para que solucionemos esos problemas internos que son en realidad los causantes de todas las dificultades externas que nos depara la vida. No significa que nos vayan a enjuiciar o a actuar con dureza y sin contemplaciones con nosotros. No confundamos los términos y analicemos los verdaderos sentimientos e intenciones que nos mueven en todos nuestros actos.

Los verdaderos sentimientos que albergamos en nuestro interior no siempre sabemos o podemos manifestarlos abiertamente a nuestro alrededor; hemos de saber el momento más conveniente, la respuesta que los demás nos van a dar, y actuar en consecuencia. Sin embargo, el fondo, la intención, ha de ser siempre positiva, sin apariencias ni engaños. Por esa razón, y para nuestro autoconocimiento, hemos de formularnos preguntas tales como: ¿en qué posición me encuentro o siento con respecto a los demás?, ¿me creo superior a ellos y pienso en que únicamente debo de ayudar, pero nunca en recibir ayuda, y por ello actúo con cierta prepotencia y dureza?, ¿me considero inferior e intento, desesperadamente, simular o aparentar unos sentimientos y comportamientos que no son reales para dar una imagen de superioridad?

Nuestro comportamiento además de estar regido por la honestidad y sinceridad con uno mismo y con los demás, debe acogerse al altruismo y el respeto hacia nuestros semejantes. Sin embargo, tengamos presente que si deseamos ayudar, hemos de hacerlo lo mejor posible, y para ello hay que valorar las necesidades que tienen los demás, no caer en sentimentalismos, y tampoco en la dureza ni en el frío razonamiento, pues así enjuiciaremos a los demás, impidiendo que afloren los verdaderos sentimientos de ayuda, que sí son positivos y que hemos de fomentar al máximo a nuestro alrededor.

F.M.B.

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