Reflexiones

PERDONAR Y OLVIDAR

Sublime precepto evangélico. Jesús lo dijo: “debéis perdonar setenta veces siete veces. Debéis perdonar a los amigos y a los enemigos, porque si solo perdonáis a los amigos, ¿qué mérito tendréis?”

          Sublime y terrible precepto: sublime, porque en el perdón van implícitos los más hermosos valores del alma humana, la paciencia, la comprensión, la tolerancia, la empatía… y terrible, porque es lo más difícil de cumplir, ya que no se trata de perdonar esas pequeñas acciones que nos perturban y que hieren más nuestro orgullo que nuestro corazón. Lo verdaderamente difícil es imponerse a las tendencias materiales cuando te enfrentas a un enemigo que aparece en tu vida, causando una herida tan profunda en el alma que tarda mucho en cicatrizar; y que, tal vez, no cicatriza nunca. Esa herida despierta en nosotros sentimientos de ira, rencor o revancha, sumiendo al espíritu en un abismo de sombras.

          Es duro reconocer que yo estuve sumida en ese abismo durante mucho tiempo: yo tenía un enemigo; él cambió el curso de mi existencia; él fue el culpable de que yo creciera sin el amparo de mi padre, porque él me lo quitó; a cada dolor, a cada contratiempo, me repetía lo mismo: “si estuviera mi padre, esto no sucedería”. ¿Cómo perdonar? ¿Cómo poder olvidar? Mi madre, como ángel tutelar en la tierra, me aconsejaba; me recordaba lo que para mi padre consistía el acto más sublime: el perdón y el ejemplo que nos dio perdonando a sus verdugos. Sí, mi ángel en la Tierra, porque a mi otro Ángel no podía escucharle; había perdido toda sintonía con él.

          Sin embargo, ese Ángel que vela por nosotros y que siempre nos acompaña no me abandonó, porque hizo despertar en mí una lucha entre lo que me habían enseñado (mi deber como buena cristiana), y los sentimientos negativos que me inspiraban el recuerdo y la presencia de mi enemigo. Ni siquiera la oración era capaz de mitigar esa sensación de vacío que sentía dentro de mí. No podía ser de otro modo: ¿Cómo van las oraciones a traspasar el espacio y llegar a Dios, cuando estas van condicionadas? Yo oraba por todas las almas encarnadas y desencarnadas, menos por una, que siempre rechazaba. Oraciones nulas.

          Pero Dios, siempre misericordioso, me dio quizá la última oportunidad en este mundo para reflexionar, y lo hizo poniendo ante mí las tremendas imágenes de la agonía de mi enemigo; por primera vez en mi vida sentí pena por aquel pobre ser a cuyo espíritu no dejaban partir, e instintivamente rogué a Dios para que le liberara de las cadenas del cuerpo… Misericordia divina: aquel sentimiento de conmiseración fue una liberación para mí; comprendí que quizá todo era un proyecto en común; o que tal vez había sido él el instrumento del que se había servido el Señor para templar mi espíritu en la prueba más difícil: el perdón.

          Y perdoné; y le pedí perdón por no haberle perdonado antes; y cuando rezo, lo hago por todos sin excepción.

          Perdonar y olvidar. No hay verdadero perdón si no se olvida. Sin embargo, enfrentarse a nuestros propios demonios y lograr que los recuerdos no nos hagan daño, y ver los acontecimientos pasados como instrumentos de redención, liberan al espíritu de sombras, facilitando la evolución.

          Poder perdonar mirando cara a cara al enemigo; borrar toda animadversión; oír hablar de él sin inquietud; hablar de quien durante tanto tiempo te inquietó sin que duela o perturbe tu alma; rogar a Dios en su favor con el sincero deseo de que su espíritu encuentre la luz de su regeneración, afirma en nosotros la sinceridad del perdón.

          Solo resta dar gracias al Señor de Misericordia por haber perdido un enemigo y haber ganado un hermano.

 

Maria Luisa Escrich

(Guardamar, julio de 2016)

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