Leyes Universales

PALINGENESIA

PALINGENESIA  (VII)
 
  Para concluir con el breve estudio de este tema, hagamos también un breve análisis de las fases por las cuales el espíritu pasa cuando ha tomado cuerpo físico para continuar su evolución en nuestro mundo, respondiendo al impulso del progreso que en sí siente. 
 
  Podemos dividir en cinco partes o fases, el intervalo de tiempo que dura una encarna­ción del Espíritu, aún cuando dentro de estas cinco fases existen diversos aspectos, y son: infancia, adolescencia, juventud, madurez, vejez. 
 
  Infancia es el despertar del Espíritu a una nueva vida y adaptación a esa modalidad de vida física y ambiente, así como la formación de las bases morales mediante la educación. 
 
 La adolescencia es la preparación y capacitación para defenderse y triunfar en esa nueva vida. 
 
  La juventud es la edad de la conquista de su mundo y formación de las bases materia­les, hogar, etc. 
 
  La madurez es esa fase en la cual el espíritu encarnado se revela y manifiesta, con las modificaciones impuestas por la educación recibida. Es en esa edad, en esa fase en la cual la conciencia se manifiesta con más intensidad y es más responsable de sus actos. 
 
  La vejez es la fase gloriosa o dolorosa de la vida humana. Es la edad de la prepa­ración para la entrada en la vida espiritual. 
 
  Ahora, veamos con más detalle. 
 
  Infancia.- La infancia o primeros años de la vida humana, son la adaptación del espíritu a la vida material. El ser espi­ritual comienza, entonces, una nueva fase de su vida inmortal, con un cuerpo nuevo y con un nuevo cerebro completamente en blanco, en el cual irá grabando las impresiones reci­bidas en el nuevo ambiente. 
 
  Y todo lo que rodea al niño en los primeros años, deja en él impresiones indele­bles que se reflejarán, para bien o para mal, en su vida humana; por lo que, nunca debe hacerse en su presencia aquello que no deseamos  imiten; pues, como bien conocido es, los niños tienen tendencia a imitar lo que ven en sus padres. 
 
  Y a medida que va creciendo, va desper­tando a la nueva vida, y con este despertar sus viejas tendencias. Es aquí donde debe co­menzar la labor de los padres, como educado­res vigilantes, descubriendo sus tendencias, a fin de estimular las buenas y corregir las malas. Labor fácil en algunos casos y difícil en otros. 
 
 Y es misión de los padres, forjar la nueva personalidad, especialmente con el ejemplo, Pero, caso hay en que esta misión se torna muy difícil y hasta penosa, por la naturaleza compleja del nuevo ser, a medida que va creciendo. Y es ahí, donde hay que emplear mucha dedicación y cariño, y con razonamientos amorosos ir modificando sus malas tendencias. 
 
  Necesario es que los padres comprendan que la infancia es la edad de mayor perceptibilidad, y que toda escena de la vida doméstica queda grabada en la mente del niño y que luego influirá en su vida de adulto. 
 
  Por ello es imprescindible que los padres observen una conducta digna en todo momento y en todos los aspectos, inculcán­doles ya desde los primeros años, un alto concepto de la rectitud, de la bondad, del amor al desvalido y necesitado de ayuda en todo sentido, así como la enseñanza de la ley de consecuencias; pues es en la infancia cuando hay que fijar las bases de la nueva personalidad. Y de la orientación que reci­ban, dependerá en grandísima parte que puedan cumplir el objeto de su reencarnación. 
 
  Necesario es tener presente que, estas criaturas son espíritus en misión de regene­ración las más de las veces; y con frecuencia son amigos, padres, abuelos muy queridos o hermanos carnales de otras vidas (familias espirituales); aunque a veces hay también en las que pueden venir enemigos para “desli­gar”, para superar odios por agravios o errores en el pasado. 
 
(continuará) 
 
SEBASTIAN DE ARAUCO
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