ORACIÓN Y ACCIÓN

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Oración y acción

Oración y acción

“La acción, cuando es buena, es una oración sin palabras y contiene todas las filosofías, ideologías y todas las religiones”. Vicente Ferrer

Sin duda ninguna, la oración es uno de los recursos más importantes que tiene el ser humano a su alcance para renovar sus fuerzas y energías morales, mentales y espirituales. Hoy día, eminentes investigadores en el campo de la neurología confirman la actividad neuronal que se activa en el cerebro cuando se ora con fe y se eleva el pensamiento a Dios.

No solo los registros procedentes de las tomografías computerizadas del cerebro que demuestran la actividad neuronal luminiscente que tiene lugar en el cerebro cuando se está orando, sino también las evidencias comprobadas de liberación de las sustancias bioquímicas, como la serotonina, dopamina, etc., que producen los neurotransmisores y son distribuidas por la corriente sanguínea, generando bienestar y serenidad.

El Dr. Richard Davidson, uno de los mas eminentes neuro-psicólogos del planeta, después de numerosas investigaciones en su laboratorio afirma que “un cerebro sano es un cerebro bondadoso”. Esta evidencia contribuye todavía más a certificar el hecho de que la bondad, entendida como actitud mental, no es solo una regla moral, sino eminentemente una cuestión terapéutica que beneficia nuestra salud psicológica, mental y biológica. 

En la misma medida, la oración sentida de agradecimiento a Dios, de petición o de adoración, produce efectos parecidos. Sin embargo, cuando la actitud mental de la oración se convierte en una rutina sin sentimiento, en una mera formulación gramatical, pierde toda su fuerza y su sentido, no consigue su propósito y tampoco alcanza el objetivo que pretendemos. 

“Hablar con humildad de nuestras necesidades a Dios es también una oración. No usemos fórmulas sino el sentimiento”

El sentimiento, la intención, la sumisión, la adoración y el agradecimiento sincero y efectivo que surge del corazón hacia el Creador son el mejor combustible capaz de llegar a lo más alto y conseguir así el propósito más inesperado. Cuando se ora con sentimiento la criatura siempre es escuchada, y sus peticiones son atendidas en base a su condición espiritual y a la planificación, pruebas o expiaciones con las que vino a la Tierra.

Por otra parte, la oración monótona sin sentimiento sirve de bien poco, y mucho menos si no va acompañada de acción en el bien, es decir, de obras. Así podemos afirmar que la voluntad y el trabajo puestos al servicio del bien pueden mucho más que cualquier oración o rezo mecánico sin sentimiento. El progreso del alma humana se consigue mediante obras, con amor al prójimo y a uno mismo, y con entrega desinteresada y fidelidad a Dios y a sus leyes justas y perfectas.

En el mundo actual, las distracciones materiales, la ignorancia de la realidad espiritual, el predominio de vicios y pasiones degradantes llevan al hombre por un camino equivocado de infelicidad y amargura. Desea la felicidad, pero la confunde con el placer, siendo este último efímero y desconociendo que la felicidad sobreviene de nuestro interior, al tratarse de un estado del alma. Un estado en el que la paz, la serenidad y el bienestar predominan cuando el alma se reconoce cumpliendo sus deberes y compromisos y tiene la conciencia tranquila en base a su forma de comportarse y actuar con los demás y consigo mismo.

 “El despertar del espíritu después de la muerte, con una conciencia tranquila, es de las más bendecidas concesiones de Dios que podemos recibir”

Buscar la felicidad en las cosas exteriores, en acaparar objetos, riquezas, títulos u honores no es más que engañarse a uno mismo. Se pueden tener momentos de placer y bienestar más o menos prolongados, pero nunca un estado exultante de paz y bienestar permanente como el que procede del  alma cuando alcanza los objetivos y cumple con los deberes que ha traído a la Tierra. Esto acontece así porque no somos un cuerpo con un alma, sino un alma con un cuerpo. Y es precisamente nuestra alma o espíritu inmortal la que experimenta, siente, vive y percibe los estados por los que transitamos, reflejando en nuestro cuerpo el bienestar o malestar de nuestras decisiones acertadas o equivocadas, de nuestros pensamientos nobles o ruines, de nuestras emociones tóxicas o sentimientos elevados.

Es el Alma la que vive, la que siempre vive, antes de venir a la Tierra, durante la vida física y después de dejar este mundo, ya que al ser de naturaleza espiritual es inmortal, como su creador, y se encuentra en un proceso milenario de perfeccionamiento y elevación hacia la plenitud y felicidad completa.

En ese trayecto de muchas vidas y milenarias vivencias de todo tipo poseemos libre albedrío y voluntad propia; podemos decidir. Pero somos responsables de nuestras decisiones. Y en ese recorrido del Alma, la oración y la acción en el bien tienen una importancia capital. 

“Para el bien, la acción es más que la intención; para el mal la intención es más que la acción” Proverbio Castellano 

Educando nuestra mente en pensamientos nobles y nuestra voluntad en practicar el bien mediante un esfuerzo personal por ayudar a nuestros semejantes en cada instante, con una sonrisa amable, con atención fraterna, con sencillez y humildad y sin ostentación, conseguimos los objetivos que nuestra alma se propuso antes de bajar a la Tierra; sean cuales fueren, pues hablamos de la actitud correcta que debemos cultivar para alcanzar la paz interior y el bienestar que nos aguarda.

Todo esto nos permite avanzar día a día, conquistando valores morales sin apenas darnos cuenta, pues al convertir el bien a los demás en un hábito llega un momento en que lo haremos automáticamente, formando parte de nuestra vida cotidiana y desarrollando aspectos como la renuncia personal, la entrega desinteresada, y sin apenas darnos cuenta.

La fe entendida como una actitud dinámica y no dogmática proporciona recursos de resiliencia ante las dificultades, de autoestima y esperanza y, sobre todo, de confianza en Dios y su justicia. Esto es algo importantísimo, que nos llena de serenidad, al comprender que no estamos solos y que, cuando nuestra determinación es firme en el trabajo del bien, de la transformación moral y la entrega al prójimo, las fuerzas de lo alto retribuyen nuestros anhelos y esfuerzos con mayor cantidad de providencias y energías a nuestro favor, en justa reciprocidad con la ley de causa y efecto y de sintonía y afinidad.

“Todo lo que sube a Dios en forma de oración, baja luego a nosotros en forma de bendición”

Esto último es importantísimo, pues si nuestra acción noble se perpetúa como hábito de conducta, nuestro clima psíquico se modela y cambia hacia una elevación del patrón vibratorio que nos caracteriza, atrayendo no solo a los buenos espíritus que conectan con mayor facilidad con nosotros y pueden ayudarnos mejor, sino también sintonizando con energías y vibraciones elevadas que modificarán y mejorarán, no solo las condiciones psíquicas de nuestra alma, sino incluso las energías electromagnéticas que nuestro periespíritu imprime en las células biológicas, dando lugar al restablecimiento de la salud y la remoción de aquellas zonas deterioradas energéticamente en nuestro cuerpo periespiritual.

Con esta actitud de acción y fraternidad permanente, en cada acto, en cada pensamiento, en cada intención, todo viene, todo se cumple y todo se ofrece, pues vibramos permanentemente en un estado que atrae por sintonía las fuerzas y energías espirituales que precisamos para el ejercicio de la auténtica acción en el bien. En esos momentos recibimos la inspiración, la ayuda y el auxilio, si es preciso, de espíritus que vibran en el amor y en el bien y que desean colaborar en aquello en lo que son especialistas: El amor al prójimo desinteresado.

Ocurre igualmente que, ejercitando como hábito la fraternidad, las pruebas y las expiaciones propias y ajenas pueden ser enfocadas de formas muy diferentes, perdiendo su carácter traumático y abrumador para convertirse en obstáculos temporales (Todo Pasa). Estas aflicciones se pueden superar con resignación dinámica, con aceptación y comprensión del sufrimiento, aumentando así la resiliencia y fortaleza de nuestro carácter. No hay mal que dure eternamente ni prueba que no pueda superarse con las fuerzas de las que disponemos. Dios no coloca a nadie en la Tierra con un desafío imposible de superar; pues las leyes divinas tienen como objetivo nuestra reeducación y progreso moral.

“Entrégate a Dios, no temas, porque si Él te pone en la lucha, ciertamente no te dejará solo para que caigas” – San Agustín

También en esos momentos de entrega a los demás nuestra propia actitud se convierte en una oración, pues al amar a los demás, vemos a Dios en ellos y estamos amando al Creador. Así pues, Oración y Acción en el bien junto a la confianza irrestricta en Dios son recursos de los que disponemos para alcanzar la felicidad que nos está destinada, superando los obstáculos, pruebas y dificultades que la vida nos presenta de continuo.

Si somos capaces de valorar estos dos recursos, junto a una fe dinámica puesta en acción del bien, ejerciéndolos con profusión e incorporándolos en nuestras vidas como hábitos saludables, el paso por la Tierra será más agradable y feliz. Consecuentemente, experimentaremos la alegría del trabajo bien hecho y del cumplimiento de nuestro compromiso espiritual cuando retornemos a la patria espiritual, de la que todos procedemos y a la que volvemos incesantemente una y otra vez después de nuestro periplo carnal.

Oración y acción por:Redacción

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“Empieza a orar por otros y el amor de Dios llenara tu corazón”

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