MIEDO A SER RECHAZADO

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Miedo al rechazo

Miedo a ser rechazado

Rechazar significa resistir, despreciar o denegar, lo que podemos traducir en “no querer” algo o a alguien.

Somos seres sociables, y para tener un desarrollo equilibrado necesitamos vivir dentro de la comunidad, estableciendo toda clase de relaciones interpersonales, ya sean en la familia, en el trabajo o en el ámbito social, y necesitamos ser aceptados y estar integrados para que a través de éstas relaciones vayamos forjando nuestra personalidad. Ese proceso de concesiones mutuas, a nivel psicológico, es beneficioso y refuerza la autoestima. Por eso, cuando ocurre lo contrario, es decir, cuando aparece el rechazo social, se vive de manera particularmente intensa y provoca fuertes reacciones emocionales que pueden ir desde la ira hasta la desesperanza, porque sentirse rechazado o excluido del grupo genera un profundo sufrimiento en aquellos que lo experimentan.

A lo largo de la vida se van sucediendo claros y oscuros. La existencia humana es una enorme escuela que nos enseña tanto cuando vivimos las cosas buenas y alegres, llegando a alcanzar una relativa felicidad, como también cuando aparece el sufrimiento, el dolor o el abatimiento.

El sentimiento o la sensación de rechazo, a quien alcanza, se presenta como uno de los mayores daños emocionales que se puede experimentar, porque afecta a la confianza en nuestras propias capacidades. También pensamos que nadie podrá valorarnos, tememos no estar a la altura de lo que esperan o quedarnos solos.

La persona que le teme al rechazo no piensa en lo que realmente quiere o necesita, sino que cede a los criterios de los otros y procurará hacer todo lo que esté en su mano para conseguir su aprobación. Sin duda alguna, a medida que pasa el tiempo estas conductas suelen llevar a una profunda insatisfacción.

Es una emoción que suele desarrollarse en la infancia, en los niños que son abandonados por alguno de sus padres, que son excluidos por los compañeros del colegio o criticados en todo lo que hacen. Puede darse el caso de que, cuando se es adulto, en ocasiones esa marginación también aparezca en el trabajo.

Ese rechazo que el niño puede sentir por parte de sus padres o sus compañeros del colegio puede desencadenar comportamientos como nerviosismo, apatía, miedo, también desobediencia, agresividad… Son esos traumas que se han ido incubando desde la infancia, periodo muy importante donde se forja gran parte de la personalidad. El rechazo provoca la baja autoestima, el pensar que todos valen más que uno, por lo que necesitamos el reconocimiento de todos los que nos rodean. Y lo que más duele es pensar que no tenemos el reconocimiento de las personas que más nos importan o valoramos.

No solo en la etapa de la niñez se puede presentar ese miedo al rechazo, pues depende del grado de fragilidad que tenga esa persona en su autoestima. Tal vez haya vivido en algún momento de su vida una experiencia en la que se haya sentido rechazada, incluso aunque no haya sido real ese rechazo, sino que ha sido una interpretación subjetiva de tal comportamiento. Porque cada uno ve el mundo por aquello que percibe dentro de sí, y se desenvuelve conforme a su propia experiencia. Recordemos que la mente es siempre el principal instrumento para producir energías positivas o negativas, que está vinculado a nuestros pensamientos y sentimientos.

Hay heridas que, cuando se abren en nuestra alma, se quedan ancladas profundamente, y tenemos que compartir nuestra existencia con ellas. Estas, sobre todo, son heridas emocionales, signos que marcan nuestros problemas vivenciados, tanto en nuestra niñez como en la adolescencia, y que serán determinantes para nuestra calidad de vida en el futuro.

Como estamos comentando a lo largo de este artículo, una de las heridas más profundas que podemos sentir es la del rechazo, pues nos alcanza de pleno en nuestro interior, donde todas las emociones se tambalean, ya que asumimos el rechazo como cosa natural, siendo una de sus características más importantes la falta de confianza en uno mismo, y esta creencia nos hace traducir todo lo que vivimos a través del filtro que nos proporciona la herida, y sentimos el rechazo incluso donde no lo hay.

Esto nos lleva a asumir que es más importante lo que otros piensan que la opinión que tengamos de nosotros mismos, y esta es una perspectiva equivocada, que condiciona negativamente la vida. Esta situación puede ocasionar ceguera al no ver la cantidad de gente que tenemos en nuestro entorno y que nos acoge tal como somos, anclando nuestra fijación en las personas que no nos quieren.

Siendo la baja autoestima una de las características básicas de este sentimiento, también el orgullo junto a las inseguridades que podamos tener en nuestro interior nos pueden originar esta herida emocional que, en muchas ocasiones, incluso sin ser conscientes de ello, nos imposibilita observar las cosas con objetividad para poder perdonarnos cuando nos equivocamos, pues no aceptamos esas situaciones que nos podrían ayudar a crecer interiormente, y tampoco sabemos perdonar lo que nos hacen los demás a causa de la frustración o marginación que sufrimos.

Sin embargo, esta llaga que nos provoca el rechazo la podemos cuidar y reparar si nos preocupamos más de la confianza en nosotros mismos y menos de lo que los demás piensen. Creernos que podemos conseguir lo que nos proponemos, tener presente lo que valemos, de manera que podamos tirar la barrera que impide desarrollar nuestras capacidades, tanto de relación como de crecimiento personal; mostrándonos al mundo tal y como somos, manifestando nuestra personalidad. Para poder llevar a cabo este trabajo necesitamos de mucho amor a nosotros mismos, porque queriéndonos iremos soltando las amarras que nos atan a emociones que nos encarcelan, pudiendo conseguir la anhelada felicidad.

Cada uno de nosotros es único, pues Dios nos crea sencillos e ignorantes, y somos nosotros a lo largo de todas las encarnaciones quienes nos volvemos extraordinariamente singulares por todas las vivencias que pasamos, siendo el resultado no solo de los errores cometidos sino también de los éxitos conseguidos. Por lo tanto, considerarnos personas capaces de llegar hasta donde nos propongamos nos ayudará a eliminar ese temor al rechazo y a considerarnos apreciados por todas las personas que nos rodean.

Es necesario dar más importancia a la parte espiritual cuando estamos encarnados, y esto solo se puede conseguir cuando se logra dominar la materia. Tenemos que comprender que todo lo que hacemos, bueno o malo, lo hacemos para nosotros mismos, y que somos los únicos responsables de escoger este o aquel camino y de las consecuencias que conlleva. Comprender que nuestros límites están en nuestra cabeza y esos límites son, en definitiva, las creencias o prejuicios que tenemos.

Es la madurez la que nos da una perspectiva nueva sobre la posibilidad de ser diferentes; salirse de vez en cuando de lo políticamente correcto sienta bien, aunque te encuentres solo defendiendo una opinión ante los demás que consideramos correcta, sin renunciar por ello a pertenecer al grupo social que hayamos escogido.

“…soy el amo de mi destino: Soy el capitán de mi alma”

William Henley  (Gloucester, 1849-1903)

Miedo a ser rechazado por: Gloria Quel

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