MIEDO A LA SOLEDAD

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Miedo a la soledad

Como vamos viendo en los anteriores artículos, existen diferentes tipos de miedos. En esta ocasión vamos a hablar sobre el miedo a la soledad, y en el extremo de ese temor se encuentra la eremofobia, que se define como el miedo excesivo o irracional hacia la soledad, el miedo a estar solo. Es un tipo de fobia social porque la persona tiene miedo de quedarse sola o de socializar con personas fuera de su grupo.

Según la Dra. Elisabeth Lukas, la noble discípula del psiquiatra austriaco Viktor Frankl, la sociedad actual perdió las tradiciones, abandonó los mitos y desorganizó la familia, viniendo a padecer las dolorosas circunstancias psicológicas del vacío existencial (Viktor E. Frankl. El sentido de la vida por Elisabeth Lukas)

Las personas que sienten la soledad internamente no tienen ni interés ni deseo por nada, solo piensan en el aquí y ahora; muchos se dejan guiar por los instintos que les conducen a comer, dormir y cubrir sus necesidades biológicas. No tienen aspiraciones de ningún tipo, tampoco tienen fuerzas que les permitan elevarse espiritualmente, lo que les ayudaría a salir del bucle en donde se encuentran.

Estamos en una época de consumismo e individualismo exagerados que plantea ante todo el tener, olvidándose del ser. Y es primordial que el ser humano llene su vacío existencial, volviendo a los orígenes espirituales de donde procede y, al mismo tiempo, consiga establecer reglas de comportamiento saludable en todas las vertientes de la propia vida.

Para alcanzar la vida tranquila y con salud se necesitan poseer valores éticos, proceder con actividades que mejoran la existencia. Para llevar a cabo y conseguir el bienestar es necesario dar amor, sin preocuparse por ser amado.

La soledad puede llegar a ser una terrible emoción, la cual es sufrida por muchas personas, puesto que son tantas y tantas las que sienten ese profundo vacío interior, sin saber cómo ponerle solución; también personas mayores, esas mismas personas que han llegado a una edad avanzada y se encuentran solas, pues los suyos, sus familiares, continúan sus vidas lejos del hogar paterno, no quedando otra posibilidad más que la tenaz y triste soledad.

Por otro lado, las hay también que estando rodeadas de gente, incluso dentro de su círculo familiar, se sienten intensamente solas. Siendo como es la soledad algo simplemente mental, es capaz de hacernos tanto daño que nos puede incluso llevar al suicidio; así ese último acto solo acarrea más sufrimiento, más dolor.

Por lo general, el miedo en sí a la soledad es un temor irracional. La seguridad en sí mismo, la confianza en las aptitudes individuales y el desarrollo personal, sobre todo conocer los propios valores, ayudarían a vencer cualquier obstáculo que se presentara en cualquier momento de la vida, evitando la semilla que puede llevar a una soledad no deseada.

La célebre escritora y filósofa Elsa Punset considera que “la soledad podría ya considerarse como una epidemia del siglo XXI”.

No debemos olvidar que la soledad, según los estudios clínicos, afecta también a la salud humana.

La soledad, o siendo más concretos, la soledad que va acompañada de un sentimiento de abandono, causa debilidad en el sistema inmunitario. Algo que a su vez permite que la presión arterial se eleve, propiciando que el nivel de hormonas relacionadas con el estrés aumente. Los efectos físicos pueden ampliarse y favorecer la aparición de obesidad excesiva, y puede derivar también en algún tipo de drogadicción, trastornos del sueño, etc.

También hay diferentes factores en el mundo actual que provocan que las personas poco a poco se vayan aislando. Pueden ser variados los motivos que provoquen el aislamiento, por ejemplo, no tener el necesario contacto con la familia, bien por viajes de estudios o laborales; sentirse a disgusto con la gente que le rodea, o la persona tiene algún tipo de patología médica que lo limita y no quiere mostrar… pero si hay uno que resalta sobre los demás es la tecnología, las llamadas redes sociales.

Ahí encontraremos gran número de “amigos” que compartirán-exhibirán con nosotros vivencias, momentos, experiencias… pero desde la distancia, conectados a un bombardeo constante de información, muchas veces seducidos por aquello que se les ocurre y desean mostrar a los demás, desconectando de las personas que tienen alrededor. Perdiendo incluso espacios y momentos para dedicarlos a los amigos de verdad, amigos íntimos, aquellos que nos permiten compartir confidencias de todo tipo, nuestros miedos, anhelos, problemas, proyectos… que en ocasiones es necesario desahogar o contar. Son estos amigos sinceros los que hacen sentirse a uno querido y comprendido.

Sin duda, somos seres sociales, necesitamos de los demás para desarrollarnos adecuadamente. Sin embargo, desde nuestra más tierna infancia nos enseñan que tenemos que procurar triunfos, metas, ideales externos; valorar todo lo que ganamos materialmente. En el colegio nos enseñan a sumar, leer, idiomas… algo necesario para desarrollarse personalmente; por ello existe una importante carencia, la necesidad de una buena educación emocional. Conocernos para aprender a gestionar adecuadamente nuestras emociones y comprender mejor a los demás. Esto ayudaría a mirarnos desde dentro, lo que  facilitaría cultivar una mente equilibrada y la autoconfianza.

Otra de las equivocaciones consiste en pensar, cuando se siente la soledad, que si se tuviera una relación, se podría ser feliz. Identificar vivir en pareja con la felicidad es un error. Muchas veces forzar esas relaciones, más pronto o más tarde se vuelven vacías, sin sentido; aumentan en todo caso la sensación de soledad.

En los que no creen en Dios ni en la espiritualidad, y piensan que después de la muerte no hay nada, que solo queda el vacío, la soledad se va intensificando cuanto más cerca de ellos sienten el final. Al no creer en la vida después de la muerte, esa soledad se torna más angustiosa en la medida en que no es compensada por un consuelo que le dote de un sentido a la vida.

Por eso, los que confían en Dios se sienten acompañados, saben que nunca estarán desasistidos, por ello no perciben la soledad, siempre tienen argumentos para sentirse acompañados, pues sienten que forman parte de la sociedad a la que pertenecen. Se mire por donde se mire, estamos rodeados por gentes de los dos planos, es decir, tanto encarnados como desencarnados; por lo tanto, quien quiere sentirse acompañado lo puede estar. A este respecto, facilita las buenas relaciones el ser abierto de carácter, tener un comportamiento agradable, honesto, integro.

En consecuencia, la soledad es algo que vamos cultivando a lo largo del tiempo sin darnos cuenta, pues muchas veces es nuestra personalidad, con sus carencias y defectos, la autora del aislamiento de los demás. Se trata de algo que nos empuja, sin darnos cuenta, a apartarnos de la gente, a una soledad no deseada, compañera amarga que nos puede colorear de gris oscuro este maravilloso viaje que es la vida.

Seamos pues siempre honestos, trabajemos para nuestra transformación íntima, seamos obreros del bien y permanezcamos seguros en Dios, siguiendo con paso firme el camino que nos dejó marcado el Divino Maestro. Solamente así nos podremos dar cuenta de que la soledad es solo una emoción negativa provocada por nosotros mismos.

Si en algún momento alguien cree sentirse solo, reflexione sobre su conducta presente y pasada, considerando si él mismo provocó lo que ahora tanto le asusta, lo que ha creado. Hay que pensar que siempre tenemos tiempo para cambiar el rumbo de nuestras vidas; y cuando percibamos que la soledad comienza a instalarse en nuestras vidas, cambiemos nuestra forma de ser, salgamos de donde nos encontremos y veamos a los demás como amigos, compañeros de viaje, y poco a poco esa soledad ira desapareciendo de nuestro corazón, haciendo brotar del interior esos valores que todos tenemos para que la solidaridad, la amistad incondicional y la fraternidad nos acerquen a todos nuestros semejantes.

Jesús, el Maestro de Nazaret, expresó en un mandamiento la mejor manera de evitar sentir la soledad, y este fue “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Mateo 22:37–39). Nos invita a amarnos, a que nos conozcamos y sepamos de nuestros valores teniendo confianza en ellos, a trabajar en nuestra transformación interior para agrandar esos tesoros que todos poseemos. Consecuentemente, poder ayudar a los demás, interesarnos por ellos, es decir, poner ese amor en acción; o lo que es lo mismo, tener Caridad, ese amor que no pide contraprestaciones, que da las gracias por la oportunidad de poder servir y, sin embargo, te llena el corazón de alegría.

Este AMOR en mayúsculas nos facilita la paz íntima, nos da el sentido a la vida, nos refuerza la fe y la esperanza en el futuro; nos da la herramienta necesaria para poder salir del armazón que nos construye el egoísmo o la ambición, y para poder relacionarnos saludablemente con nuestro prójimo.

Por lo expuesto anteriormente podemos decir que la soledad no es real, es un estado interno pasajero creado por nosotros mismos. Dios, que todo lo ve y sabe, no puede permitir, en base a sus leyes justas y sabias, el aislamiento. Somos seres sociables, nos necesitamos los unos a los otros para ayudarnos, apoyarnos y, de ese modo, ascender juntos en el proceso de evolución en el que todos estamos inmersos. Esta es una verdad incuestionable que todos debemos meditar de vez en cuando, comprendiendo la grandeza de quien nos creó, y que “Nunca estamos solos”. Dios nos ama profundamente y hay seres, entre ellos los guías espirituales y otros espíritus simpáticos, que siempre se encuentran apoyándonos en los momentos difíciles y dolorosos; este es un consuelo que sin duda nunca nos debe faltar y una convicción que todos debemos llevar siempre en nuestro corazón.

 

Miedo a la soledad por: Gloria Quel

© 2021, Amor, Paz y Caridad.

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