Biografías

LIBREPENSAMIENTO Y ESPIRITISMO (II)

Librepensamiento y espiritismo, en Amalia Domingo Soler, escritora sevillana del siglo XIX

Por: Amelina Correa Ramón

[Publicado en Archivo Hispalense (Sevilla, Diputación de Sevilla), Tomo LXXXIII, nº 254, septiembre-diciembre de 2000, pp. 75-102.]

En recuerdo de Amalia Domingo Soler al cumplirse  105 años de su desencarnación.

De este atraso intelectual que dominaba España Amalia Domingo culpaba en gran medida a la Iglesia Católica. Así, movida por su rechazo visceral del dogmatismo y del fanatismo que coartaba la libertad de raciocinio, la escritora va a mantener desde Barcelona algunas polémicas con figuras representativas de la curia, que llegarán incluso a hacerse célebres. En concreto, la popularidad de los debates que sostuvo con el padre Sallarés (en 1884) o el padre Fita (en 1885), motivaron la publicación de diecinueve artículos de la sevillana, que fueron recogidos posteriormente en el volumen Impresiones y comentarios sobre los sermones de un Escolapio y un Jesuita, editado en Cienfuegos (Cuba). Además, en defensa de sus ideas espiritistas ya había contendido años antes con el Padre Llanas, refutándole sus Conferencias.

Pero quizás la más célebre de estas controversias fue la polémica que sostuvo con el canónigo Vicente Manterola, que había predicado en noviembre de 1878 una serie de sermones moralizantes contra el espiritismo en las iglesias barcelonesas de Santa Ana y Santa Mónica.

La autora respondió publicando en el periódico Gaceta de Cataluña una serie de artículos, en número de seis, en los que reaccionaba con contundencia contra los dogmáticos argumentos de Manterola, negando absolutamente la intervención diabólica que él consideraba esencia del espiritismo.

El canónigo publicaría al año siguiente la recopilación de sus sermones con el título de El Satanismo, o sea la Cátedra de Satanás, combatido desde la Cátedra del Espíritu Santo (1879). El subtítulo de este libro resultaba, además, bien elocuente: Refutación de los errores de la escuela espiritista.

A la publicación de este volumen contrapuso la escritora sevillana cuarenta y seis nuevos artículos, que luego fueron recogidos en la obra titulada, con una inversión intertextual, El Espiritismo refutando los errores del Catolicismo romano (1880).

La enérgica y contundente respuesta de Amalia Domingo Soler al canónigo Manterola motivó una profunda admiración entre los seguidores de la creencia espiritista. De hecho, en 1881 fue homenajeada y obsequiada con una escribanía de plata por los adeptos de Tarragona, que admiraban así “su inteligente acierto e incansable actividad en la propaganda de los principios y doctrinas que sustenta el espiritismo”.

Con la propuesta de ampliar dicho homenaje a un ámbito más amplio, y recordando que la autora “jamás ha vendido su pluma”, se sumó la revista El Buen Sentido (Lérida), que, con la firma de su director, José Amigó y Pellicer, publicó lo siguiente:

Admiradores del celo propagandista, en que no tiene rival, de doña Amalia Domingo y Soler, de su sencillez, de sus relevantes prendas de carácter, de sus bondadosos sentimientos, la conceptuamos acreedora a una honrosa distinción, no de parte de unos cuantos correligionarios de una sola ciudad, sino de todos los de España, y aun de los de todo el mundo. Atacaba impunemente en Barcelona, desde el púlpito, al Espiritismo el Obispo don Vicente Manterola, sin que una voz varonil, entre tantos hombres ilustrados como profesan el Espiritismo en la capital de Cataluña, recogiese aquellos ataques y los rechazase públicamente; hubo de ser una mujer la que con valentía rebatiese todas las acusaciones por medio de la prensa, y esta mujer fue Amalia.

Secundada la iniciativa lanzada por José Amigó por toda la prensa espiritista, comenzando por el alicantino La Revelación, se propuso dotar a la autora de una pensión vitalicia que viniera a mejorar “la precaria situación en que vive, apartando de su espíritu los cuidados con que las indispensables necesidades de la vida le distraen y perturban, para que, más libre e independiente, pueda sostener el vuelo de su admirable inspiración y la lucidez de su inteligencia, al dedicarse a sus literarias tareas”. Sin embargo, si bien en un primer momento las donaciones fueron muy generosas, con el tiempo fueron decayendo hasta desaparecer por completo. Así pues, la proyectada pensión vitalicia quedó finalmente reducida a 3139’28 reales, según recogía El Buen Sentido en su número de diciembre de 1884.

Cuatro años más tarde, en concreto entre los días 8 y 13 de septiembre de 1888, tuvo lugar en Barcelona un acontecimiento de gran importancia que contó con una gran concurrencia y repercusión en la opinión pública: la celebración del primer Congreso Internacional Espiritista. Convocado por el Centro de Estudios Psicológicos barcelonés, asisten grupos, centros y sociedades españoles hasta un número de sesenta y ocho, además de otros cuarenta y dos americanos y europeos. En el mismo se encontraban representadas también veintisiete publicaciones periódicas. Las conclusiones se establecieron con las firmas de quince personas, entre presidente honorario, presidente (el vizconde de Torres Solanot), vicepresidentes y secretarios. Entre todos ellos, la única presencia femenina es la de Amalia Domingo Soler, que participa activamente como vicepresidenta del Congreso.

Desde 1894 Amalia Domingo fue redactora jefe de Luz y Unión. Revista mensual, órgano de expresión de la asociación espiritista barcelonesa Unión Kardeciana de Cataluña, que dirigía J. Esteva Marata. La asociación llevaba el nombre de uno de los librepensadores considerados fundadores del Espiritismo, el francés Allan Kardec, seudónimo en realidad de Léon-Dénizarth-Hippolyte Rivail (Lyon, 1804-París, 1869), cuyas obras y doctrinas alcanzaron gran difusión en la España del último tercio del XIX. La escritora dedicará de hecho varios poemas a lo largo de su vida a esta figura que ella consideraba crucial y pionera de una nueva etapa de la humanidad. Veamos un ejemplo de su rendido entusiasmo:

Allan Kardec, filósofo eminente,
se asemejó a Colón, que tras los mares
vio las palmas de un fértil continente
y escuchó de otros hombres los cantares;
y Allan Kardec, que fue constantemente
el sabio explorador de nuevos lares,
también veía rodar por los espacios
planetas con techumbres de topacios.

En otro orden de cosas, y como ya se ha mencionado, la autora mantuvo una estrecha relación con la masonería. Además de pertenecer -según parece- a la logia masónica “La Humanidad”, estableció contactos con la “Orden del Gran Arquitecto del Universo” en la década de los años noventa del siglo XIX. También, y con motivo del fallecimiento del librepensador Ramón Chíes, participó con la lectura de un poema en la velada que en su honor celebran las logias de Barcelona.

Desde abril de 1880 hasta enero de 1884 Amalia Domingo Soler había ido publicando en el periódico que dirigía, La Luz del Porvenir, una serie de curiosos textos que, bajo el título de “Memorias del Padre Germán”, decían consistir en comunicaciones del más allá obtenidas a través de un médium y transcritas por ella misma, que ejercía meramente como amanuense. Unos años más tarde estos textos son recopilados en un volumen exento que se publicará en 1900: Memorias del Padre Germán. En el “Prólogo”, la escritora manifiesta:

El espíritu del Padre Germán fue refiriendo algunos episodios de su última existencia, en la cual, se consagró a consolar a los humildes y a los oprimidos; desenmascarando al mismo tiempo a los hipócritas y a los falsos religiosos de la Iglesia Romana; esto último le proporcionó, como era natural, disgustos sin cuento, persecuciones sin tregua, crueles insultos y amenazas de muerte, que más de una vez estuvieron muy cerca de convertirse en amarguísima realidad. Fue víctima de sus superiores jerárquicos y vivió desterrado en una aldea el que indudablemente por su talento, por su bondad y por sus especiales condiciones hubiese guiado la barca de San Pedro a puerto seguro, sin haberla hecho zozobrar.

Todo ello concuerda con la defensa llevada a cabo por Amalia Domingo del cristianismo entendido en su primitivo sentido evangélico. Lo que la autora criticó durante toda su vida fue el sectarismo, la opulencia y la hipocresía de la Iglesia Católica representada por sus jerarquías. Pero siempre demostró una particular admiración por la figura de Jesucristo, al que dedicó multitud de textos, así como por aquellas personas que viven una religión cristiana basada en la caridad y el amor. La escritora, que acostumbraba a frecuentar hospitales, orfelinatos y asilos, hablará con frecuencia elogiosamente de aquellas monjas que se dedican abnegadamente al cuidado de enfermos, de huérfanos o de desahuciados.

Cuatro años después de editarse Memorias del Padre Germán, Amalia Domingo Soler reincide en este tan especial género biográfico de ultratumba y publica ¡Te perdono! Memorias de un espíritu (1904), que recoge las comunicaciones obtenidas a través del médium del Centro Espiritista “La Buena Nueva” con el que colaboraba habitualmente.
En esas fechas la autora, que siempre había tenido una salud delicada, y cuenta ahora con sesenta y nueve años, se encuentra ya cada vez más débil y quebrantada.

Así transcurrirán sus últimos años de vida, entre escritos y colaboraciones espiritistas, hasta su fallecimiento acaecido en su propio domicilio el día 29 de abril de 1909, a las 8 de la mañana. Según su Certificado de Defunción conservado en el Registro Civil de Barcelona, la causa de la muerte fue una bronconeumonía.

Su entierro fue seguido por una gran comitiva fúnebre que acompañó el coche mortuorio desde su domicilio hasta el Cementerio del Sud-Oeste, en la falda del Montjuic. Como homenaje póstumo recibió un epitafio en verso escrito por Salvador Sellés, hermano espiritista de Alicante, al que la escritora había dedicado varios poemas y al que había denominado “poeta del porvenir”.

En el mismo año de su muerte aparece su libro Flores del alma (1909) y, tres años después, sus Memorias de la insigne cantora del espiritismo Amalia Domingo Soler (1912) que, divididas estas últimas en dos partes, presentan una primera redactada por la propia autora, y una segunda, fechada a 10 de julio de 1912, con las revelaciones “que fueron dictadas desde el espacio por ella misma”. También obtenido -supuestamente- a través de comunicación mediúmnica fue el prólogo que antecede a la obra.

Varios libros más aparecieron de manera póstuma: Cánticos escolares expresamente escritos para la Escuela Dominical (s.f. [1924]); Consejos de ultratumba (s.f.); Las grandes virtudes. Cuentos para niños (s.f.); además del antológico -citado varias veces- Sus más hermosos escritos. De manera especial, se puede destacar su muy interesante Cuentos espiritistas (s.f. [1926]), que reúne sesenta y cuatro cuentos de temática monográfica que consiguen captar rápidamente el interés del lector.

Su idea de la mujer

En una ordenación social rígidamente establecida, donde la mujer quedaba confinada al hogar como máximo horizonte de realización, y con un modelo de feminidad que se definía por el prototipo de madre, esposa y ama de casa, Amalia Domingo Soler se atrevió a levantar la voz y enfrentarse a las convenciones. Así, además de predicar con el ejemplo y llevar una vida activa e independiente, se manifestó contra la imposición de unos roles sociales fuertemente codificados que dividían a los individuos según formasen parte del sexo masculino o femenino, y que se presentaban como un reparto natural e incuestionable en función de diferencias biológicas y fisiológicas insalvables.
En este sentido hay que recordar que, dentro de su contundente defensa de la necesidad de extender y mejorar la instrucción pública, Amalia Domingo hizo especial hincapié en el deber de facilitar la educación a la mujer, educación que tan deficiente venía siendo en España. Ella consideraba que al género femenino le está reservada una importante misión. En sus palabras:

La mujer es el talismán de la civilización […].

Cuando la mujer deje de ser instrumento de opresión, dejará de haber oprimidos y opresores, y sólo entonces podrá la humanidad marchar resueltamente, sin desviaciones ni desmayos, en persecución de los ideales de felicidad que hoy, por considerarlos imposibles delirios de la imaginación o aberraciones del deseo, constituyen su desesperación y su tormento.

El pensamiento de la autora concuerda en gran parte con los ideales regeneradores de la época, de inspiración krausista, que concedían un papel primordial a la instrucción para conseguir el tan necesario progreso del país. Los krausistas, conscientes de la importancia de la participación de la mujer en la vida social, la incluyeron en sus proyectos educativos. Sin embargo, habría que matizar que, si bien es verdad que se produjo este avance notable en la incorporación del género femenino a la instrucción pública, el componente negativo se revela al realizar un análisis más profundo de las razones que motivaron la actuación de los krausistas, quienes, en el fondo, no creían desinteresadamente en la igualdad de los sexos, sino que confiaban en la colaboración de unas mujeres formadas como madres educadoras para contribuir a su plan de regeneración nacional. Así pues, no se puede perder de vista que, incluso desde una óptica progresista, su papel en la sociedad se concebía primordialmente en función de la maternidad.

Pero incluso esta aparente contradicción de la ideología progresista regeneradora, se aprecia palpablemente en los escritos de Amalia Domingo Soler, quien concede de igual modo un papel muy importante a las mujeres como educadoras de sus propios hijos:

… la mujer es el factor más importante del progreso moral de las sociedades humanas, por su incontrastable influencia sobre el corazón de los hijos, muy superior a la del hombre en la primera época de la vida, que es cuando se forma y moldea, digámoslo así, el alma de la criatura racional; mientras la mujer sea sierva por su ignorancia, el hombre será esclavo por sus pasiones.

Se ha explicado con anterioridad la admiración que Amalia Domingo sentía por la también escritora Rosario de Acuña, a pesar de algunas divergencias en su concepción de la manera de llevar a cabo la necesaria renovación social. De hecho, Domingo reconoce a Acuña como una máxima autoridad entre las librepensadoras en la importante lucha contra la ignorancia y superstición femeninas, a la vez que elogia su esfuerzo por conseguir que, con la razón ilustrada, la mujer pueda alcanzar su regeneración. Así pues, también en esta cuestión cabría establecer puntos de contacto entre ambas pensadoras.

Según escribió Francisco Cuenca en 1925, en su Biblioteca de autores andaluces contemporáneos, Amalia Domingo Soler “Se afanó mucho por el avance cultural de la mujer e inspirada siempre en altos principios de moral, en todas sus obras predomina el fulgor de la sinceridad y de la convicción al servicio de los más puros ideales humanos”.
En la misma línea de la tenaz lucha que sostuvo contra la intolerancia, el fanatismo y la hipocresía que ella juzgaba representativas de la Iglesia Católica, su opinión era que la mayoría de las religiones habían contribuido negativamente a la situación femenina:

Las religiones positivas, códigos de tiranía moral, han envilecido a la mujer y ofrecídola al hombre como mísero juguete de su sensualidad, seguras de que por este medio, por la ciega sumisión de la una y el enervamiento del otro, sería eterna su dominación en el mundo.

De hecho, la autora se compadecerá profundamente de su propio sexo, al que la Iglesia y la sociedad han negado un status de igualdad con el hombre, también en el acceso a la cultura y a la educación:

¡Pobre mujer! Algunos padres de la Iglesia llegaron hasta negarle el alma. ¡Con cuánto trabajo viene conquistando el honroso puesto que en la familia le reserva el porvenir! Ella, que en todos tiempos ha empujado la civilización suavizando los sentimientos del hombre, se halla, sin embargo, en la infancia de su progreso, víctima de la violencia y la injusticia.

Amalia Domingo, consciente de la “dualización” artificial que gravita como una losa sobre las mujeres, y de la responsabilidad que corresponde a la Iglesia (y en general a las religiones) en esta asunción de un imaginario fuertemente arraigado en la mentalidad del hombre occidental, expone lúcidamente:

La misma religión católica, cuando dice a la mujer que la ha redimido y exaltado al exaltar a María sobre todas las criaturas y hacerla igual a Dios, la engaña para seducirla y por la seducción tiranizarla con más fuerza. Porque María no es el ideal de la mujer perfecta: es un ser privilegiado, sobrenatural, inmaculado desde su nacimiento; exenta, como esposa, de los deberes conyugales, exenta, como madre, de las leyes de la maternidad: al elevarla a tanta altura, lo que ha hecho es separarla de la mujer por un abismo. De un lado, una diosa; de otro, una criatura inmunda. Tanto es así, que apenas hay doctor de la Iglesia que no haya vomitado sobre la mujer la infamia y el desprecio; unos la han llamado sentina pestilencial, órgano del diablo, bestia feroz, hija de mentira, vaso de corrupción; otros, causa del mal, puerta del infierno, espantosa tenia, áspid, dragón, cabeza del crimen, silbido de la serpiente, y algunos concilios han llegado hasta rehusarle el alma. Y el hombre, por su parte, halagado en su egoísmo y en su orgullo, ha tomado a la mujer como las religiones se la han dado hecha, sin ocuparse de iluminar su entendimiento, ennoblecerla y levantarla del lodazal en que el fanatismo la retiene.

Por tanto, para la escritora sólo mediante la educación, mediante la instrucción pública, mediante la erradicación del fanatismo y del seguidismo religioso podrá la mujer liberarse y aspirar a desarrollar activamente un papel digno en la sociedad. Esto será lo propugnado insistentemente en sus escritos y conferencias por Amalia Domingo Soler, así como por otras compañeras suyas, pioneras en la lucha por la consecución de un mundo más justo e igualitario.

En conclusión

Toda la trayectoria literaria y biográfica de Amalia Domingo se caracterizó por la apasionada defensa de un librepensamiento basado en valores éticos como la tolerancia, la educación, la justicia y la igualdad social. Se trataba, en cualquier caso, de desterrar el oscurantismo religioso y la cerrazón intelectual.
En su búsqueda de la verdad la autora creyó sinceramente que el espiritismo ofrecía caminos nuevos, caminos que por cierto serían transitados con considerable frecuencia por otros autores finiseculares en mayor o menor medida, pues, como constata Ricardo Gullón, “[…] partiendo de la realidad del espiritismo, buscarán en él una vía por donde aventurarse en la sombra y en los enigmas que se les proponían como materia para sus experiencias poéticas”.

Por: Amelina Correa Ramón

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