Recordando el pasado

LAS HOJAS CAEN… PARA NACER

   ¿No es verdad que se impresiona el alma tristemente, cuando nuestra mirada afanosa se fija en los bosques, donde ayer anidaban los pajarillos, y hoy los árboles despojados de sus galas extienden sus secos brazos pidiendo misericordia?
Echegaray, pintando el cuadro del invierno, dijo así:
Los bosques son muchedumbres 
De esqueletos que se agitan. 
 
Y nosotros decimos: 
 
¡Esos muertos resucitan!… 
¡Todo vive en la Creación! 
 
    Pero la disgregación va acompañada siempre de un algo melancólico.
   ¿No es verdad que cuando trituramos bajo nuestros pies las hojas muertas, nuestro ser se estremece? Todo desprendimiento ocasiona un dolor; para nosotros el invierno es triste, muy triste; la naturaleza se cubre con su manto de luto en algunas latitudes, y el alma fatigada no encuentra un lugar apacible donde reposar.
   El invierno en algunos parajes parece que le dice a los enfermos: “Preparaos para morir”. Recordamos a una hermosa niña que cruzaba el mundo llevando en su pecho el principio de una enfermedad horrible, la tisis; pero la niña ignoraba, como todos los tísicos, que estaba en peligro de muerte, y decía en los primeros días del mes de Diciembre de 1870: “Yo estoy segura que me pondré buena cuando dejen de caer la hojas”. Todas las tardes salía al campo y cruzaba el bosque, y en su pecho aumentaba la fatiga, y volvía a su casa diciendo:
   -¡Madre mía! no estoy buena, porque las hojas caen; llévame a otro lugar donde no caigan las hojas, que cada hoja que cae, parece que se lleva un átomo de mi ser; y como caen tantas, mi cuerpo va perdiendo una parte de su volumen; ya no me pesa tanto ¡madre mía! creo que con un leve esfuerzo mi espíritu se desprendería de él, y no quiero dejarte ¡madre mía! llévame donde no caigan las hojas.
   Su pobre madre, que era uno de los muchos proscriptos que hay en la tierra, que ganaba penosamente su sustento, miraba a su hija con profunda pena y murmuraba: -¡Señor!, ¡apiádate de mí!, ¡no te lleves esta hoja del árbol de mi vida!
   Una tarde salió la niña, tardó en volver, y su madre sobrecogida de espanto fue al bosque a buscar a su hija, y la encontró sentada al pie de un árbol; la quiso levantar, pero la niña la detuvo diciendo:
   -No contraríes la voluntad del Señor; una voz del cielo me ha dicho que no llore porque caen las hojas, que mañana volverán a renacer. Me ha dicho esa voz misteriosa que la Creación es un árbol, que las humanidades son sus hojas secas, y me ha dicho también ¡madre mía! que cual hojas secas, hemos de caer todos los habitantes de la tierra, pero que no llores si ves que me voy con las hojas secas, porque volveré a renacer. Mira, mira, cuántas hojas caen… me dicen… que esas hojas… vienen por… mí… ¡Adiós, madre mía!
   Arreció el viento, sobre el cadáver de la hermosa niña cayeron muchas hojas secas. Su pobre madre aún está en la tierra, y cuando la primavera engalana los bosques y los prados, suspira tristemente y nos dice: -Las hojas caen… pero no todas renacen; mi hija se confundió con las hojas secas. ¿Por qué no vuelve?
   ¡Pobre madre!… Dijo Espronceda:
   Hojas del árbol caídas 
juguete del viento son… 
y que: ilusiones perdidas, 
son las hojas desprendidas 
del árbol del corazón. 
   ¡Cuántas hojas secas caen en el otoño de la vida!… Todas las ilusiones de ventura, todas las esperanzas de placeres, todos los sueños de felicidad huyen de nosotros cuando la nieve de los años deja sus blancos copos en nuestra cabeza.
   Los árboles son más dichosos que los hombres; anualmente renacen a la vida, pero cuando se deshoja el árbol de las humanas pasiones, su tronco no se reviste con las hojas de nuevas esperanzas.
  ¿Será Dios más misericordioso con los vegetales que con los hombres? No; la razón nos dice que siendo la especie humana la depositaria de ese algo divino llamado inteligencia, la primavera de su reproducción tiene que ser espléndida.
  ¡Caerán las ilusiones! ¡Morirán sus esperanzas! ¡Se extinguirá su aliento! Los cuerpos se disgregarán cuando no sean para las almas más que hojas secas; pero los espíritus, arboles divinos, se quedarán esperando su magnífica primavera; y nueva vida, nueva savia les devolverá su lozanía.
  Si las hojas caen para renacer, los hombres mueren para comenzar a vivir. ¡Esperanza suprema! ¡Sol que iluminas con tus vivificantes rayos el Otoño de nuestra vida!
  ¡Oh! si no esperásemos renacer… ¡cuán triste sería el invierno de la humanidad!
AMALIA DOMINGO SOLER
Articulo extraído de la revista “La Luz Del Porvenir”, nº 82 editada en Villena el 15 de mayo de 1910.
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