Reflexiones

LA ENVIDIA

Aparece un hombre de genio: es bondadoso, fuerte, magnánimo, útil para todo. Como el alba surgiendo del Océano, dora con los rayos de su ilustración las frentes de la multitud, aporta una idea al siglo que le espera, cumple su misión y trata de engrandecer lo espiritual, de disminuir las miserias y desea el progreso y es feliz si consigue que se piense algo más y se sufra algo menos.

¿Creéis que le van a coronar? Pues le silban. Escribas, sabios, retóricos, la aristocracia, el populacho, todos le silban a la vez, produciendo siniestra algarabía. Si es orador o ministro, le silban; si poeta, todos exclaman a coro: “Es absurdo, falso, monstruoso: causa indignación”.

Para sus contemporáneos y para las generaciones vinientes, va sembrando la gloria y recoge la afrenta. El progreso es el fin que persigue; el bien le sirve de brújula y piloto; se aísla en el puente del navío; los marineros ponen la proa hacia distintos puntos, y para llegar mejor al puerto; dijérase que se desvían de él. El hace lo mismo, y oye vituperios e imprecaciones; la ignorancia que todo lo sabe, lo denuncia todo; si se dirige hacia el Sur, se equivoca; si se encuentra con la tempestad; ¡cuántos se alegran!

Bajo tan enorme peso, al fin dobla la cabeza. Pasan los años y muere. Entonces la envidia, ese demonio vigilante, se le acerca, le reconoce, le cierra los ojos, se cuida de clavarle las manos en el ataúd, se inclina para convencerse de que verdaderamente está muerto, y enjugándose los llorosos ojos, exclama:
“¡Era un gran hombre!”.

VICTOR  HUGO

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