Valores humanos

ÉXITO

Nunca en la historia de la humanidad se ha utilizado esta palabra como en las últimas décadas. En todos los aspectos de la vida tener éxito es triunfar como nadie hasta ese momento lo puede haber hecho, en los deportes por ejemplo si no estás entre los números uno no eres nadie, apenas tienes cotización, no se valora el esfuerzo que hace un atleta en sus entrenamientos, sus sacrificios, su espíritu de lucha, sus sentimientos o personalidad, sólo se habla y se valora del mejor, del número uno, los demás no cuentan, aunque en muchas ocasiones ese estar en el podio se lo debe más que a su esfuerzo por llegar allí a las condiciones físicas con que la naturaleza le ha dotado.

Tener éxito tal y como la sociedad de la actualidad se mueve es sobre todo alcanzar el poder, el dinero y la fama, aspectos como vemos totalmente materialistas, con el agravante de que todo vale para llegar hasta ese fin. Vale el tráfico de influencias, vale la estafa, la mentira y todo cuanto de ruin y miserable nos conduzca a lograr nuestras pretensiones. Lo que importa es instalarnos en la alta sociedad y si es posible con el menor esfuerzo, es decir a costa de los demás.

Muchas personas hemos visto como ascendían rápidamente en esa espiral del poder y la fama y de repente todo se les ha venido abajo, entonces se dan cuenta de que ya no tienen prácticamente a nadie a su lado, todo lo que anteriormente tenían, alabanzas, admiradores, amistades… se esfumó, por qué, sencillamente porque esta sociedad no mira a la persona, mira lo que ésta tiene que es el poder, la fama y el dinero, si dejas de tenerlos ya no eres nada.

En la antigüedad se apreciaba a un hombre por su valor, su coraje, su lealtad y en suma por sus valores morales, también por supuesto existía la ambición por el dinero y el poder, pero no hasta el extremo que hemos llegado ahora. Antes se valoraba el honor, la traición estaba consideraba prácticamente un delito, ahora no nos importa tanto el qué dirán si lo importante es escalar puestos pese a quien pese y no nos importa en absoluto caer en las garras de la corrupción y el tratar de echar un manto de suciedad en aquellas personas que pudieran ser un obstáculo para nuestras metas. Y lo hacemos público en la prensa y en los medios de comunicación vemos cómo se atacan unos a otros constantemente en una espiral de mentiras, falsas acusaciones, etc…

El éxito, como podemos apreciar, no depende de mejorarse a sí mismo, de ir perfeccionándose y contribuyendo al bienestar de la sociedad en general, el éxito depende de estar por encima de los demás y de conseguir egoístamente el bienestar de uno mismo, sin acordarse de las carencias de los demás.

Por llegar a alcanzar el poder, el dinero y la fama hemos dejado en el camino un montón de reglas éticas y de valores humanos que habían sido durante siglos los pilares de la convivencia humana. El matrimonio, por ejemplo, que estaba considerado como algo intocable y que se procuraba mantenerlo a lo largo de toda la vida, ahora ya no tiene sentido, en las clases altas de la sociedad, es decir en aquellas que han alcanzado el éxito se mantiene el matrimonio mientras conviene, el amor ha pasado a un segundo plano, puesto que ya se duda en muchas esferas si el amor existe, lo que se busca es el sexo, la satisfacción de los sentidos y en este caso mantener una relación íntima tras otra, está también considerado un factor de éxito, cuando si se saben entender bien y con seriedad las situaciones, es un verdadero fracaso tras otro el no saber mantener una relación de pareja íntima estable y duradera.

El problema, entre otras razones, es que sólo se vive el presente, sin reparar en las consecuencias hacia donde puede llevarnos este modo de vida, tampoco se piensa en el daño que se hace hacia los demás, parece que esta sociedad ha asimilado hacer daño a terceras personas para ir subiendo en el escalafón, cuando lo auténtico sería ir subiendo por méritos propios y por razones de mérito, valga la redundancia.

Mientras tanto este modo de vida que consiste en buscar la felicidad en las apariencias, en el placer de los sentidos, en el dinero, el poder y la fama, va minando nuestra estructura interior, nos deja huecos por dentro y nos convierte en esclavos de esa fama y todo aquello que hemos asociado a nuestra vida, teniendo la obligación de mantenerlo y aumentarlo más y más, lo cual es un motivo de preocupación constante que nos sumerge en un estrés y en un desajuste y descontrol de nuestra vida que nos impide precisamente ser felices.

Remitiéndome a los grandes personajes de la historia como Jesús de Nazaret que nació en un pesebre, Buda que abandonó su vida de príncipe, Francisco de Asís que renunció a la fortuna de su familia, la Madre Teresa de Calcuta que eligió vivir en el seno de la ciudad con más pobreza del mundo y al lado de los que más sufren, Gandhi que todas sus pertenencias se reducían a lo que llevaba puesto, etc… y comparándoles con la tendencia actual de aquellos que basan su felicidad en el poseer más y más, en la fama y en el poder, ¿Quién de ellos es más feliz y puede estar más satisfecho consigo mismo? ¿A quién se puede atribuir mayor éxito? ¿A aquél que supo obtener la libertad de todo un país como es la India, o a aquél que para conseguir sus fines no tiene miramiento hacia nadie y sólo piensa en sí mismo? ¿Quién de estos personajes ha triunfado en la vida, a cuál le
podemos conceder el éxito verdadero, cuál de verdad ha tenido una plena realización humana y espiritual y es digno de elogios y reconocimiento?

No nos engañemos, la felicidad y el camino del éxito a través del materialismo y del pensar sólo en uno mismo cuando menos es inseguro, temporal, algo que está en el aire, que no te permite confiar en los que te rodean y que no da una vida de equilibrio y serenidad, si no se tiene una solidez espiritual interior, una fortaleza de carácter y de unas reglas de conducta basadas en los valores espirituales, estamos perdidos en un mar de confusión que tarde o temprano nos pasará su factura y nos encontraremos solos ante nuestra propia pobreza espiritual en la que libremente nos instalamos.

Fermín Hernández
© 1997 Amor, paz y caridad

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