EXAMEN Y REPARACIÓN

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Examen y reparación

Prueba y Expiación

“Las pruebas de la vida son joyas de inestimable valor para las necesidades del espíritu”.

Quinto Ennio – Poeta Romano S.ll a C.

En el conocimiento de la filosofía espírita codificada por Allán Kardec destaca, entre otros, el principio de la pluralidad de mundos y su jerarquía, en la cual nuestro planeta se encuentra en una escala todavía incipiente llamada de “Expiación y Prueba”. Esto viene a significar que la evolución de aquellos que reencarnan en este tipo de planetas es por lo general todavía muy precaria.

El reencarnar en la Tierra es sin duda un gran reto, pues supone, por lo general, tener que resolver y enfrentar cuestiones que durante la trayectoria milenaria del alma no hemos sabido solucionar y están pendientes de ser afrontadas adecuadamente para no endeudar más nuestra posición con las leyes evolutivas que rigen el proceso de crecimiento del espíritu hacia la perfección y la felicidad.

Todos somos herederos de nuestros actos, pensamientos y sentimientos del pasado que, grabados en la profundidad del inconsciente, forman parte de nuestra propia personalidad y nos distinguen de los demás.

El impulso que la Ley de Evolución impregna en la naturaleza no deja exento al hombre, que se ve abocado, quiera o no, a mejorar sus condiciones, a seguir siempre en pos de un mayor crecimiento moral e intelectual que le lleva a la paz interior, la felicidad y la perfección. Para aquellos que no son capaces de entender este proceso de transformación que supone la evolución, el sufrimiento y el dolor es el gran remedio que les conduce de nuevo al camino recto, antes o después.

Por ello, y debido al escaso adelanto moral de los habitantes de este mundo, la gran mayoría se encuentran abocados a sufrir expiaciones y pruebas que les coloquen de nuevo en el camino que Dios ha pensado para el hombre y ante el cual no hay elección. El grado de ángel y la perfección es el destino del ser humano después de un complejo y largo recorrido de experiencias, aciertos, errores, sufrimientos, caídas, honores, etc.

El papel que las pruebas representan es impagable, pues significan el “examen” al que voluntariamente nos sometemos en una u otra existencia para comprobar si hemos superado las lecciones que todavía no habíamos comprendido. Por ello, las pruebas son incómodas, exigen renuncia, sacrificio y abnegación, y al mismo tiempo nos colocan frente al espejo de nuestras incapacidades y debilidades espirituales. Sin embargo, el beneficio que obtenemos de ellas cuando somos capaces de superarlas es extraordinario, apenas podemos valorarlo en su justa medida pues supone un avance importantísimo para nuestra evolución espiritual.

De aquí que, entendiendo el significado anteriormente expuesto, nuestro enfoque ante estas situaciones debe cambiar rotundamente, dejando de verlas como obstáculos o inconvenientes para entenderlas como maravillosas oportunidades que Dios nos concede para seguir conociéndonos y superarnos a nosotros mismos. Nadie obtiene privilegios porque estos no existen en las leyes de la vida. Lo que existe es el mérito, el esfuerzo, la voluntad por progresar, por dejar atrás el primitivismo, los vicios esclavizantes, las pasiones torturadoras, los egoísmos, orgullos y envidias que perturban la mente y nos desvían del camino recto del amor y del perdón.

Las pruebas vienen siempre después de los arrepentimientos. Cuando regresamos al plano espiritual y no hemos alcanzado los objetivos que nos propusimos, o incluso generamos nuevas deudas por no haber sabido comportarnos con arreglo a las Leyes de Dios, el arrepentimiento llega hasta nosotros en forma de dolor moral. Un sufrimiento que nos inunda por haber desaprovechado el tiempo que se nos otorgó en una reencarnación en la que pudimos progresar enormemente.

La toma de conciencia de nuestros errores que el arrepentimiento propicia nos lleva a querer rectificar el daño cometido, y para saldar la deuda con la Ley precisamos repararla reencarnando de nuevo y probándonos en aquello en lo que erramos, en lo que fallamos. Antes de sumergirnos de nuevo en la materia, nos preparamos  a conciencia para evitar el error de nuevo, requerimos ayuda de lo alto para tener protección en la tarea, se nos asigna un protector que velará por que podamos cumplir nuestros objetivos, y a partir de entonces, cuando nos consideramos preparados y aquellos que nos ayudan en la planificación de la nueva existencia lo estiman igualmente oportuno, entonces, y sólo entonces, volvemos a la carne para afrontar la prueba requerida.

Esta es la importancia de las pruebas a las que nos sometemos en la Tierra. En ello, en la forma en cómo las afrontamos, las entendemos y las superamos nos jugamos un retorno feliz y venturoso al plano espiritual, llenos de dicha y gozo por el deber cumplido, por las reparaciones efectuadas, por el ejercicio del perdón, por la abnegación del sufrimiento soportado, por la calma y resistencia alcanzada ante la dificultad de la prueba en sí.

Las expiaciones vienen muchas veces conjuntamente con las pruebas a superar, pues recogemos lo que sembramos, y en muchas ocasiones la prueba y la expiación se confunden o se integran. Por ejemplo, cuando venimos a pagar mediante una experiencia dolorosa el mal que hicimos a otros y necesitamos alcanzar dosis de paciencia y abnegación para no rebelarnos. Si caemos en esto último, afrontamos la expiación, la sufrimos, pero no superamos la prueba.

Sin embargo, cuando las expiaciones dolorosas son aceptadas con resignación y lejos de rebelarnos las aprovechamos para desarrollar en nosotros la paciencia, la fortaleza, la abnegación y el perdón, entonces no solo superamos la expiación sino también la prueba.

La certeza de que la Justicia Divina es perfecta viene dada no solo porque nadie sufre aquello que no le corresponde o necesita, sino porque este sufrimiento es siempre proporcional a la falta cometida, y nunca, absolutamente nunca, es superior a la resistencia de aquel que ha de soportarlo.

Otra cosa muy diferente es que aquel que está soportando expiaciones crueles, lejos de afrontar con coraje y valentía la situación y mediante la confianza en Dios y su justicia perfecta, se rebele ante ello y abandone la lucha, dejándose ir y cayendo en la desastrosa fuga del suicidio, la eutanasia u otras perniciosas actitudes que le conduzcan a un final en la carne doloroso y agónico.

Siempre hay recursos espirituales a disposición, por difíciles que sean las pruebas a superar. La ayuda espiritual está presente, otra cosa diferente es que la ayuda llegue como nosotros queremos y no como necesitamos. Ante el dolor lo inmediato es solicitar su extinción, pero si la expiación no ha terminado y la prueba ante el mismo debe alargarse, no es más que por nuestro bien, a fin de aprovechar la depuración que el dolor produce en el alma del hombre para desaguar y drenar los tóxicos acumulados en nuestro periespíritu procedentes de los actos erróneos de nuestro pasado que debemos superar.

Tener esta visión amplia sobre las pruebas y expiaciones nos permite extraer de ellas lo positivo, aunque sea a base de esfuerzo, renuncia o dolor. Y si en nuestro pensamiento está presente la Justicia Divina, debemos pedir a Dios que nos otorgue paciencia, tolerancia y fortaleza para no murmurar ni quejarnos ante estas dificultades que sin duda merecemos o necesitamos para nuestro progreso espiritual.

Siempre con la mirada puesta en la esperanza del porvenir dichoso que nos espera al haber aprovechado correctamente esta nueva oportunidad y en la incierta, efímera y corta vida en la carne que termina rápidamente porque la verdadera vida es la del espíritu. Nuestra alma inmortal que regresa a su auténtica morada donde se encuentra plena, consciente y sin el freno o el obstáculo de esta cárcel que supone la materia física para el espíritu con ansias de libertad.

Examen y reparación por: Redacción

2019, Amor, Paz y Caridad

 “¿Cuáles son los espíritus que por expiación deben recomenzar una misma existencia en un mundo inferior en el que ya han residido?

Los que fallen en su misión o en sus pruebas.A. Kardec L.E. It.178b

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