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EL VALOR DE LAS PALABRAS


  Las palabras son palabras. Tienen su significado y las utilizamos constantemente. Se vierten sobre las personas, interactúan, nos transmiten emociones, sentimientos, ideas. Son pensamientos que nos sugieren algo o por el contrario entran y salen como gente por la puerta de un supermercado.
 
 
 Dependiendo que tengamos la puerta de la receptividad más o menos abierta nos transmiten o nos dejan indiferentes. No hay dos personas iguales y por ese motivo todos tenemos cosas que podemos aportar y recibir de los demás. Cada ser humano tiene unas experiencias, unas vivencias que en su conjunto conforman una personalidad, una forma de ser y vivir; algo que se manifiesta en nuestras actuaciones pero también en aquello que decimos y transmitimos.
 
  Hoy en día vivimos la era de las tecnologías, nuevas herramientas se unen a las enormes posibilidades de comunicación rápida e instantánea, superando  barreras y distancias. Nunca el ser humano ha gozado de tantas posibilidades como ahora, sin embargo, los problemas de convivencia se acentúan, nos sentimos solos, distanciados unos de otros.

 

  No nos esforzamos por conocer nuestra realidad interior y esto nos limita e impide comprender las necesidades e inquietudes de los demás. 
 
 
  En las comunidades espiritualistas y religiosas también ocurre algo parecido, oímos mucho pero escuchamos poco, perdemos el sentido natural de las palabras y de las frases. Es la rutina y la adaptación de lo que escuchamos a nuestros propios intereses momentáneos;  un coto cerrado en donde no somos capaces de darle un nuevo sentido a aquello que nos llega con una mirada fresca y limpia, de una forma innovadora, en donde seamos capaces de captar las ideas con el objetivo de renovarnos interiormente, con nuevas perspectivas de visión que nos permitan explorar ángulos de la realidad de la vida que todavía no hemos sido capaces de vislumbrar hasta ahora. 
 
  Efectivamente, resulta complicado, nos cuesta cambiar, acudimos a las reuniones de los grupos espirituales y religiosos con poco interés de renovación, buscamos regenerar nuestra conciencia pero sin esfuerzo, sin una actitud positiva que nos ponga en alerta; acomodados muchas veces a viejas ideas, que en su día nos llenaron de entusiasmo pero que ahora sólo nos sirven para cubrir un expediente de índole espiritual y una forma de acallar la conciencia. Usamos las palabras pero sin entusiasmo, con otra apariencia; hablamos de estudio, análisis, renovación interior, de nuevas metodologías venidas del exterior que nos van a permitir crecer y enriquecer nuestra alma, pero la realidad es tozuda, los cambios nunca llegan sin trabajo interior, de fuera hacia dentro, no nos engañemos. Si así fuera, de lo Alto nos tendrían constantemente preparados acontecimientos para sorprendernos y activarnos, no obstante los hechos demuestran que no es así.
 
  Nos cuesta mucho movernos del punto en el que nos encontramos, adquirimos hábitos y los ponemos en acción de una manera automática, pasa el tiempo y no se nos ocurre replantearnos el rumbo o algunas pautas que puedan ser obsoletas e ineficaces. Nos escudamos en que cambiar es muy difícil y la evolución es lenta, sin preocuparnos por lo que pasa a nuestro alrededor y en nuestro interior. No obstante, cuando llegan nuevos aires de cambio y no nos encontramos con la suficiente predisposición, nos rebelamos, justificando nuestra manera de actuar y de ser. Sin embargo, los conflictos se acumulan, interiormente nos sentimos insatisfechos, pues nuestra alma nos reclama a voces cambios y esfuerzos que redunden en la realización del programa establecido antes de encarnar. Dejamos pasar el tiempo y todo aquello que prometimos  se acumula intacto y no se cumple, dejando pasar otra oportunidad y la ocasión perdida de realizar parte del compromiso adquirido.
 
  Aquellos seres espirituales que se comprometieron desde el espacio para ayudarnos encuentran serias dificultades para hacerlo. Nos dan toques de atención con los elementos que tienen a su alcance, por ejemplo; inspirándonos a través del pensamiento, o de alguna lectura sutilmente sugerida, o a través de la palabra, expresada por personas que se encuentran o aparecen en nuestras vidas.
 
  Las reuniones sociales, sean eventos, congresos, etc., son una buena piedra de toque para aprender y renovarse. Muchas veces acudimos más preocupados por aquello que pensamos decir que en lo que podemos escuchar y de cómo lo debemos de escuchar. Todos podemos aprender de todos, no nos engañemos, esta es la realidad que hay que asumir, de lo contrario, resulta muy difícil el diálogo edificante; de ahí la importancia en la valoración de las personas y el aprecio del trabajo que cada grupo y cada individuo está realizando. Respetando las diferencias no con una actitud crítica sino más bien con interés constructivo.
 
  Es por ello que los prejuicios y los conceptos que nos formamos sobre los demás son un serio hándicap a la hora de estar receptivos y con los sentidos bien abiertos, creándose verdaderas barreras muy difíciles de superar. 
 
  Por lo tanto, necesitamos urgentemente renovarnos, pero esto sólo es posible con una mente abierta, sabiendo escuchar, derribando mitos y barreras, receptivos a quien tenemos al lado, pues puede estar en ese momento inspirado y nos puede estar trasladando una información valiosa para nuestro progreso y enriquecimiento. 
 
  Por lo tanto, el valor de las palabras es fundamental puesto que siendo las mismas también se renuevan si estamos dispuestos a redescubrirlas. Estas encierran emociones, ideas y sentimientos; en conjunto un mensaje renovador que debemos someter al tamiz de la razón y también del corazón  para que, en su caso, incorporar su enseñanza a nuestro bagaje personal, del diario vivir, para ser cada vez mejores personas y demostrar que estamos interesados con aquello que nos rodea como forma de acometer mejor nuestros compromisos y obligaciones. 
 
J.L.S.
 
Sea esta la regla de nuestra vida: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos. En suma, que la palabra vaya de acuerdo con los hechos. Séneca

 

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