EL ESPIRITISMO DE AYER

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El espiritismo de ayer

El espiritismo de ayer

¿Somos dueños de tomar nuestras decisiones?

Sin duda, a esta pregunta responderemos: Sí, somos dueños. Y respondemos bien, porque gozamos de libre albedrío. Sin embargo, no somos absolutamente dueños, nuestro libre albedrío está subordinado a una fuerza mayor que lo limita, algo muy superior.

Llega un momento en el cual el cansancio, por ejemplo, nos invade, y decidimos parar; echar el freno. A medida que transcurre nuestra existencia en la Tierra, el trabajo físico y mental va minando la resistencia del cuerpo hasta el agotamiento total, que llega en la senectud. Nos referimos al cuerpo físico. Pero… ¿qué papel juega el espíritu en todo este proceso?

Durante toda mi vida he reflexionado acerca de las cosas, situándolas en primera persona; es decir, desde mi propia experiencia, y he podido comprobar que el espíritu es determinante en nuestras vivencias; es impulsor, un motor capaz de transmitir al cuerpo físico la fuerza necesaria para coronar su proyecto evolutivo, que evidentemente ignoramos cuándo tendrá su término en esta reencarnación. Dios nos concede un tiempo en cada una de ellas.

Hoy día, y a mis noventa años de edad, he podido comprobar una vez más esa fuerza impulsora. He comentado ya el cansancio físico y mental a los que me sentía sometida; mi decisión de tomarme, no un descanso, sino el descanso: dejar de escribir, lo que equivale al descanso mental, puesto que el físico, por razones naturales, hace algún tiempo que se hizo indispensable.

Pero…

Queridos amigos, hermanos espirituales: de nuevo me dispongo a transmitir mis experiencias, dándoos a conocer hechos que tuvieron lugar hace muchos años. Lo que hoy escribo es muy posible, casi con toda seguridad, que sorprenderá a muchos de vosotros, pues no todos los espiritistas son conocedores de cómo era el espiritismo, y sobre todo, cómo se vivía con todas las fuerzas en contra y en momentos duros y peligrosos.

Ya apunté que en aquellos años, acabada la contienda civil, todas las religiones, creencias, filosofías… ajenas a la doctrina oficial (el catolicismo) fueron abolidas, y el espiritismo especialmente perseguido y castigado. He aquí un ejemplo de lo que se vivió.

Para nuestras reuniones y evitar situaciones peligrosas, elegíamos días con fechas conmemorativas, como cumpleaños, santos, comuniones, etc. ¿Cuál podría ser uno de esos peligros? Una denuncia. En aquellos tiempos eran muy frecuentes. Y eso es lo que nos ocurrió.

Nos habíamos reunido aquel día de mayo de 1944, aprovechando que el sobrino de uno de nuestros compañeros espíritas había hecho la primera comunión. Nos acompañaban, como es natural, los padres del niño, que no eran espiritistas, aunque sí simpatizantes, y sobre todo respetuosos con las creencias de los demás.

Un número de catorce personas componían nuestra reunión; número muy excesivo, puesto que todo grupo de más de tres o cuatro podría ser considerado sedicioso. Pero hacía ya mucho tiempo que nada nos inquietaba ni nos detenía. Cierto era que mucho nos jugábamos, pero también era mucho en lo que confiábamos.

Aproximadamente a las seis de la tarde, cuando hacía apenas media hora que estábamos reunidos, llamaron a la puerta insistentemente; con premura nos sentamos a la mesa en la que se había dispuesto una pequeña merienda consistente en un puchero de chocolate, unos vasos de leche y unas pastas caseras. Julio se dirigió a la puerta con toda naturalidad y abrió. Una pareja de policía de paisano entró en la casa un tanto acelerada, al tiempo que pronunciaban la conocida frase de «aquí se está celebrando una reunión clandestina». Penetraron en el pequeño comedor, quedando, por unos instantes, mudos; instantes que aprovechó el padre del niño para levantarse y dirigirse a los policías.

 ̶ Señores agentes  ̶ dijo ̶ , aquí, en efecto, se está celebrando una reunión, pero no tiene nada de clandestina; estamos unos cuantos familiares y amigos celebrando con una pequeña merienda la primera comunión de mi hijo; sin duda, su visita se debe a una denuncia, algo que dice muy poco en favor de quien la ha hecho.

En este punto hizo levantar de la mesa al niño, diciéndole:  «Saluda a los agentes».

Uno de ellos posiblemente seguía albergando algunas dudas y quiso asegurarse, haciéndole algunas preguntas:

 ̶ ¿Cómo te llamas?

 ̶ Pedro.

 ̶ Así que has hecho la primera comunión…

 ̶ Sí, esta mañana.

 ̶ ¿En qué iglesia?

 ̶ En la iglesia de San Antón.

 ̶ ¿A qué colegio vas?

 ̶ Al Colegio de San Antón.

 ̶ ¿Cómo se llama el director de tu colegio?

 ̶ Don Cosme.

 ̶ ¿Y tu profesor de religión?

 ̶ El padre Federico (*).

 ̶ Muy bien, pequeño. A partir de ahora debes ser muy bueno y obediente; has recibido al Niño Jesús, y si eres malo, se irá y entrará el demonio. ¿Comprendes? Bueno, señores  ̶ dijo, dirigiéndose al grupo ̶ , les dejamos festejando tan hermoso día para todos.

Antes de ausentarse, aun añadió: «Les aseguro que investigaremos esta denuncia. Buenas tardes».

Denuncias, registros, detenciones… así se vivía; eso era lo cotidiano. Pero no pudieron matar las ideas ni las creencias.

Queridos compañeros: casi al principio de mi relato dije que, casi con toda seguridad, podría sorprenderos. ¿Acaso no fue así?

También me he confesado como persona reflexiva y observadora, y he podido constatar que un buen número de aquellos que se llaman seguidores del espiritismo se conducen en él como si este fuera nuevo, y en cierto modo es lógico; hay mucha información, muchas facilidades y libertad ilimitada, y en el fuero interno se piensa… o quizá ni siquiera se piense que no siempre fue así. El espiritismo no es nuevo; es tan viejo como la propia humanidad, y en el presente, e incluso en el pasado, lo único que lo ha diferenciado ha sido la interpretación que hacemos de él, y sobre todo, de qué manera influye en nosotros. El espiritismo es algo más que el estudio sistematizado de la doctrina; y ser espiritista implica el compromiso de dar respuesta a lo que nos demanda, sobre todo en los momentos más difíciles y conflictivos, sin dudas ni vacilaciones.

No sé… Quizá Dios me haya hecho llegar hasta hoy para daros testimonio con mis experiencias de las dificultades y peligros que conllevaba ser espiritista, y la decisión firme de no permitir la desaparición del espiritismo por parte de un puñado de fieles diseminados, sin duda, por todo nuestro territorio nacional; un espiritismo que, me atrevo a señalar, tiene un paralelismo con el primitivo cristianismo; ambos fueron denostados y perseguidos y ambos guardan en sí sus propios mártires.

Pero eso es otra realidad.

(*) Los nombres, obviamente, han sido cambiados.

El espiritismo de ayer por: Mª Luisa Escrich

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