DIAGNÓSTICO Y TERAPIA DEL ALMA

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Diagnóstico y terapia del alma

Diagnóstico y terapia del alma

Cuando en la vida diaria observamos cualquier anomalía de funcionamiento o malestar en nuestro cuerpo, solemos acudir al médico si la situación se agrava. El profesional atiende nuestras necesidades realizando un diagnóstico y proponiendo una terapia para resolver la cuestión. La mayoría de las veces el problema se resuelve sin más preocupaciones, pero otras muchas, un diagnóstico erróneo o una terapia equivocada o mal realizada tiene consecuencias negativas que empeoran el cuadro clínico del paciente. 

Este ejemplo puede servirnos para realizar una comparación al respecto de las enfermedades del alma que todos tenemos y que forman parte de nuestra naturaleza ético-moral que nos acompaña a través de las experiencias en las distintas reencarnaciones. El nivel de baja moralidad de la humanidad de este planeta es el indicativo de que los que reencarnamos en él todavía estamos muy lejos de ser almas perfeccionadas o sabias. Antes al contrario, estamos en un mundo de expiación y prueba, y como tal venimos a resarcir nuestras faltas con la ley de causa y efecto, y al mismo tiempo probar nuestras capacidades y fortalezas personales para crecer cada vez más en inteligencia y moralidad. 

«El desarrollo de la inteligencia precede al desarrollo moral, aunque no siempre este último le sigue de manera inmediata» Allán Kardec

El hombre es un ser moral por antonomasia, entendiendo esta acepción bajo la premisa de que es la única especie en la naturaleza capaz de distinguir el bien del mal. En esto consiste la moral: en el uso del discernimiento bajo el libre albedrío de cada cual para poder distinguir aquello que es bueno o malo para nosotros y los demás. 

En el aspecto que nos ocupa, el mejor diagnóstico que podemos hacer de nuestra alma lo explicó hace más de dos milenios un sabio cuando afirmó: «Conócete a tí mismo si quieres salvarte del abismo». En el conocimiento y la introspección de cómo somos realmente en nuestro interior, mediante un análisis riguroso de nuestros errores y aciertos, de nuestras faltas y nuestros méritos, sin poner excusas ni justificar nuestras actuaciones en errores ajenos, encontramos el mejor diagnóstico, el más real. 

Es un diagnóstico que, cuando lo realizamos diariamente unos minutos con calma y serenidad, ilumina nuestra inteligencia y nos permite auto-descubrirnos tal y como somos realmente, sin la máscara del «yo egoísta» que intenta ofrecer a los demás una imagen de lo que nos gustaría ser y no de lo que somos realmente. 

Entonces podemos visualizar, la realidad de nuestra economía moral, es decir, podemos situar con claridad la balanza de nuestros aciertos y errores, sin que el orgullo, la rebeldía o la justificación anulen un análisis imparcial de nuestra alma. Saber cómo somos interiormente es un paso de gigante en la evolución de nuestro espíritu, pues nos permite conocer dónde hemos de aplicar con más intensidad las energías y los esfuerzos para cambiar nuestra condición moral hacia mejor, trabajando en rechazar diariamente las malas inclinaciones que se derivan de nuestras imperfecciones morales. 

Con un diagnóstico acertado podemos pasar a proyectar una terapia adecuada del alma, que nos permita superar el primitivismo moral, las llagas morales que arrastramos del pasado y las condiciones negativas heredadas de nuestros comportamientos y hábitos perniciosos. Esto último nos ha esclavizado en otras épocas a los vicios y pasiones que desgastan nuestras fuerzas y tienen como consecuencia el sufrimiento derivado de reparar el daño que nos hacemos a nosotros mismos y a los demás.  

Conocemos que la mayoría de las imperfecciones derivan de las dos grandes lacras morales del ser humano: el Egoísmo y el Orgullo. De aquí que la mejor terapia que podemos adoptar para nuestra alma y su progreso inmortal no es otra cosa que detectar y corregir cualquier atisbo de estos dos grandes defectos que se disfrazan en otros muchos, como la avaricia, la envidia, los celos, los resentimientos, el narcisismo, la soberbia, el amor propio, la vanidad, etc. 

Con el buen diagnóstico accedemos a la mejor terapia. Los beneficios de este trabajo interno que alguien definió como el más difícil de los que puede realizar el hombre: «vencer a otro lo hace cualquiera; lo más difícil es vencerse a uno mismo», es la clave del éxito de nuestro paso por la Tierra en cualquier existencia que tengamos. 

El crecimiento intelecto-moral es el referente que todos debemos tener presente cuando se nos ofrece una oportunidad de reencarnar. Este crecimiento es infinito, pues es la base de la propia evolución y camino del alma: «del átomo al ángel». Todo se encadena en el mundo del espíritu; no hay eslabones sueltos, nuestro objetivo al venir a la Tierra es progresar, y con ello, corregir nuestras imperfecciones morales, creciendo día a día en los valores inmortales del espíritu que proporcionan salud a nuestro cuerpo y paz a nuestra alma. Este progreso, la mayoría de las veces, circula en paralelo al desarrollo intelectual y el control emocional.

El maestro de Galilea, hace dos mil años, marcaba el camino con esta frase: «Sed perfectos como mi Padre es perfecto«. Ese es el trabajo más importante que puede ocupar al ser humano. No obstante, como podemos inferir, ¿se puede ser perfecto en una sola vida? La lógica y la razón nos confirman que es imposible, por lo tanto, cuando Jesús hacía esta referencia no se refería a una vida en la carne, transitoria y corta, sino a la vida del espíritu inmortal, que tiene por delante la infinitud para alcanzar esa perfección relativa que le lleva a Dios mediante el camino más recto posible: el cumplimiento de sus leyes inmutables basadas en el amor hacia todo y hacia todos. 

Por consiguiente, es preciso, comprender que la mejor terapia de la felicidad, la dicha y la plenitud del alma inmortal se halla dentro de nosotros mismos.  En el esfuerzo que hagamos por ser mejores cada día, corrigiendo nuestros errores del pasado y transformando nuestros residuos de egoísmo y orgullo por los hábitos saludables del altruismo y la humildad, vamos vislumbrando el camino de la serenidad y la paz interior; alcanzando las cotas de felicidad a las que podemos aspirar en este mundo imperfecto, y que se traducen en una vida positiva, aprovechada y satisfactoria para nuestra alma, al sintonizar con el cumplimiento del deber y el compromiso espiritual que asumimos antes de encarnar.

Reconociendo nuestros errores sin caer en el desánimo, podremos levantarnos cada vez con más fuerza cuando nos equivoquemos; fortaleceremos nuestra voluntad y alcanzaremos los recursos suficientes mediante el trabajo, para equilibrar la balanza de méritos y débitos que cada uno llevamos interiormente, colocándonos en la línea de salida para experimentar la dicha y la plenitud que esperan a nuestra alma al final del recorrido milenario que debe realizar.

“El único fatalismo del hombre es haber sido creado para la plenitud y la felicidad”

Diagnóstico y terapia del alma por: Redacción

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