CONVERSANDO SOBRE INMORTALIDAD

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Conversando sobre inmortalidad
La muerte de Sócrates (La Mort de Socrate) es una pintura de 1787 realizada por el artista francés Jacques-Louis David.

(Sócrates a sus discípulos en la prisión – S.IV a. C.)(*)

”Respóndeme Cebes, continuó Sócrates: ¿qué es lo que hace que el cuerpo esté viviente? El alma. ¿Lleva el alma la vida a todas partes donde penetra? Seguramente. ¿Existe algo contrario a la vida? Sí, la muerte. El alma no admitirá, pues, nada contrario a la vida que ella lleva siempre consigo.”

Hemos querido reproducir brevemente la conversación sobre la inmortalidad del alma que tuvo Sócrates con sus discípulos momentos antes de beber la cicuta. Sin entrar a valorar las circunstancias, bien sabidas, de su injusta condena a muerte, así como las múltiples coincidencias con Jesús de Nazaret respecto a la vida recta, acusaciones, inocencia y condena a muerte de ambos, lo que llama poderosamente la atención es precisamente la actitud con la que enfrentaron su destino.

¿Cómo es posible tal entereza, tal seguridad, tal capacidad para asumir el sufrimiento, la injusticia y la infamia a la que se vieron sometidos? Al margen de paralelismos que siempre son subjetivos y no comparables, sin duda, esa resiliencia y aceptación sin rebeldía del destino cruel y la muerte sólo puede provenir de una certeza, seguridad y confianza en Dios, y en su propia inmortalidad, como seres trascendentes. En el caso de Sócrates, que es el que nos ocupa aquí, la conversación sigue en los siguientes términos en los que el filósofo pregunta a sus discípulos:

 ¿Y cómo llamamos a lo que jamás admite la idea de la muerte? Lo inmortal. ¿El alma no admite la muerte? No. ¿El alma es, pues, inmortal?. Inmortal. ¿Diremos que esto está demostrado o encontráis que todavía falta algo a  la demostración?. Está suficientemente demostrado, Sócrates.”

Como podemos deducir de las palabras anteriores, a nivel filosófico, la inmortalidad del alma era algo asumido hace mas de 2.500 años. No es objeto de este artículo esbozar demostraciones o evidencias sobre la inmortalidad del alma, sino dejar patente el anhelo de inmortalidad que acompaña al hombre desde el principio de los tiempos, pues para aquellos que observan la realidad con espíritu crítico, son evidentes las certezas ofrecidas a lo largo del tiempo por la historia, la filosofía, las religiones, la ciencia, las corrientes de pensamiento, la observación, la experimentación, la psicología transpersonal, la tanatalogía, la parapsicología, el espiritismo, la reencarnación, la T.V.P. (Terapia de Vidas Pasadas) las corrientes esotéricas, etc. 

Ese anhelo tiene un origen claro: “la huella del creador en su obra” como decía Descartes. Si el hombre tiene capacidad de razonar y se considera un ser inteligente, el origen de esa inteligencia debe tener una causa igualmente inteligente, pues es bien sabido que uno de los axiomas de la ciencia y la filosofía es que “no existe efecto sin causa”. El codificador de la doctrina espírita Allán Kardec lo dejó claramente establecido cuando a una pregunta realizada recibió la siguiente respuesta: “Un efecto inteligente no puede por menos que proceder de una Causa Inteligente.” 

El filósofo de la ciencia Roy A. Varghese explica: “La existencia de la racionalidad que todos experimentamos no puede ser explicada sino posee un fundamento último: Una Mente Infinita” Y el cambio de opinión del ateo más famoso del mundo, el Profesor Anthony Flew, maestro del anterior y de muchos grandes ateos de la actualidad nos confirma: “El descubrimiento de fenómenos como las leyes de la naturaleza ha conducido a científicos, filósofos y otros a aceptar la existencia de una Mente infinitamente inteligente”.

Si la mente humana deriva de una Mente infinita, el alma humana también tiene su origen en esa misma Mente que la crea y quizás por ello Sócrates en este caso y muchos otros, ya tenían certeza de la immortalidad simplemente tomando como referencia la máxima de protágoras: “El hombre es la medida de todas las cosas”. Es decir, llegar del efecto a la causa, que es precisamente la norma del proceso científico hoy y que ya en la antigua Grecia se realizaba y exploraba para llegar a las causas últimas de la vida, la naturaleza y el hombre.

En Sócrates se daba también una certeza mayor, pues el insistía que su “Daimon” (Espíritu Guía o Protector) le indicaba en cada momento cual era la postura a seguir correcta con arreglo a la sabiduría, la virtud y la justicia, y ante ello su firmeza era irreductible. Quizás por ello cuando sus discípulos fueron a sacarle de la prisión el se negó con la siguiente frase: “es mejor sufrir la injusticia que cometerla”. Su sentido del respeto a la Ley y la Justicia le impedía contravenirlas a pesar de que estas no hubieran sido aplicadas con él justamente.

Además, la inspiración de ese espíritu guía que sabiamente dirigía sus pasos era otra prueba más de la inmortalidad del alma después de la muerte.

“Si es verdad que todo lo inmortal es imperecedero, el alma inmortal ¿no estará exenta de perecer? Es necesario que sea así, por esto, cuando la muerte llega al hombre, lo que hay mortal en él muere y lo inmortal se retira sano e incorruptible cediendo el puesto a la muerte. Si existe alguna cosa inmortal debe ser el alma y por consiguiente Cebes, nuestras almas existirán en el otro mundo.”

Como comprobamos en el texto anterior otro argumento que daba certeza absoluta a Sócrates sobre la inmortalidad del alma era la evidencia de una vida posterior en otro mundo, el Hades o mundo espiritual del que hablaban los griegos, dónde lo inmortal (el alma) se retira sano e incorruptible después de la muerte del cuerpo. Sin duda, esta poderosa convicción fue el motivo por el que indicó a sus discípulos que cuando fueran a enterrar su cuerpo no pusieran en el epitafio que allí estaba enterrado Sócrates sino más bien este otro “Aquí yace el cuerpo de Sócrates”.

Sin duda, confortado por su guía espiritual y por su certeza en la inmortalidad del alma, Sócrates era muy consciente de la inmortalidad de su alma, y esta sabiduría y certeza interior que estuvo cimentada toda su vida por el sentido del deber y la justicia, le daba una autoridad moral que muy pocos tenían en ese momento. El ejemplo de todo ello en su actuación diaria fue la mejor de las doctrinas respecto a sus ideas y su máxima moral que él resumió en esta frase:

 “El hombre sabio es el hombre virtuoso”. 

Sobre la inmortalidad por: Redacción

© 2019, Amor, Paz y Caridad 

(*) Textos del Libro: “Fedón o la Inmortalidad del Alma” de Platón

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