Congreso Nacional de Espiritismo 1981

CONGRESO NACIONAL DE ESPIRITISMO 1981

COLABORACIONES INTERNACIONALES
MISIÓN DEL ESPIRITISMO EN LA HORA ACTUAL

DE LA HUMANIDAD

    Con profundo afecto fraterno y espiritual respondemos con este trabajo, a la invitación que nos hiciera su Departa­mento de Relaciones Internacionales y a todos los parti­cipantes del Congreso Nacional de Espiritismo, a realizar­se en Madrid (España) en octubre de 1981, dedicándoles este modesto ensayo espírita).
1.—España nuestra Madre Patria y su aporte a la cultura del Nuevo Mundo.
    En el año 1892 se realizó en Madrid el Congreso Espiritis­ta Iberoamericano, donde se trataron algunos temas referentes a la personalidad y misión de Cristóbal Colón, así como a la influencia de las ideas espíritas en la vida social de las naciones. Recordamos este hecho porque él nos señala de qué manera, la cultura y la filosofía espíritas de España repercutieron en tierras americanas, lo cual ha tendido lazos espirituales indes­tructibles entre la Madre Patria y el Nuevo Mundo.
La hermosa y sonora lengua que nos ha legado, unió espi­ritual y culturalmente a casi toda la América latina; de ahí que como idealistas espíritas, es que elogiamos fervientemente al Espiritismo español, al recordar a tantos ilustres nombres que militaron en él. Estos nombres son los siguientes:
José María Fernández Colavida, Amalia Domingo Soler, Salvador Sellés, Antonio Hurtado, el Vizconde de Torres ­Solanot, Anastasio García López, Miguel Vives, Manuel Sanz’ Benito, Félix Navarro, Manuel Corchado, Braulio Alvarez Mendoza, Valeriano Cel, Joaquín Huelbes Temprado, Benig­no Pallol, Eduardo de los Reyes y Corradi, Manuel Ausó, Luis Llach, Tomás Sánchez Escribano, José Amigó y Pellicer, Daniel Suárez Artazu, Manuel González Soriano, Alverico Perón, Eduardo Niño, Quintín López Gómez, Asmara, Ro­drigo Sanz, Satya Vanín, León Lemmel, José Navarrete, Luis F. Benítez de Lugo, Namés Redondo Franco, César Bassols, Víctor Oscariz y Lasaga, Salvador Vendrell Xuclá, Matilde Navarro Alonso, Abdón Sánchez Herrero, Miguel Gimeno Eito, José Comas Solá, Francisco Corchón, Juan Torras Serra, J. Esteva Grau, Víctor Melcior y Farré, Manuel Pérez y Gu­tiérrez, Patricio Esteva Grau, Vicente Neria, Krainfort de Nínive, J. Blanco Coris, Humberto Torres, etc.
Podríamos alargar de los valerosos militantes espíritas españoles, pero con la que antecede creemos dar una idea de lo que representa nuestra Madre Patria para toda la Amé­rica de habla castellana en lo que respecta a su influencia fi­losófica sobre nuestra cultura espírita. Por eso, queremos recordarle al Congreso, que ha llegado la hora de la filosofía espiritista; elaborada con tanta hondura en España por hombres tan eminentes como: Manuel González Soriano, Alverico Perón, Joaquín Huelbes Temprado, Manuel Sanz Benítez, Eduardo Niño, Quintín López Gómez, Asmara, etc.; a fin de ser comparada con la filosofía oficial.
   Creemos que el movimiento espírita español deberá volver a esa fuente pura, transparente y profunda de ese glorioso pa­sado y derramar sus aguas sobre toda la península y las naciones del Nuevo Mundo. Con esto, queremos insinuar a los señores congresistas, que no sólo por el fenómeno mediúmnico es como se hace ciencia espírita, porque la filosofía del Espiritismo, es también una ciencia del pensar y el sentir del mundo. Y es ella precisamente la más indicada para orientar al pensamiento contemporáneo, envuelto en las más negras sombras de la duda y la desesperación.
    Fue en esa dinámica tierra hispana, donde la persecución dogmática quemó libros espiritistas (recuérdese el Auto de Fe de Barcelona del 9 de Octubre de 1861), olvidando que “las ideas no se matan” como dijo el ilustre pensador argentino Do­mingo Faustino Sarmiento. Fue en esta tierra viril e indomable donde la valiente escritora Amalia Domingo Soler, polemizó triunfalmente sobre el Espiritismo con el destacado teólogo Vi­cente de Manterola y un progresista grupo de diputados presen­tó en 1873 a las Cortes Constituyentes un proyecto destinado a la enseñanza del Espiritismo en los establecimientos de estu­dios superiores. Fue en esa España siempre luchadora y visio­naria donde se escribieron libros tan ilustres como Roma y el Evangelio de José Amigó y Pellicer; Preliminares al estudio del Espiritismo del Vizconde de Torres Solanot; El Espiritismo es la Filosofía de Manuel González Soriano y donde se obtuvieron mediúmnicamente obras inmortales como Memorias del Padre Germán recopiladas por Amalia Domingo Soler y Marietta y Es­trella recibido psicográficamente por Daniel Suárez Artazu. Por eso, en esta hora del renacimiento espiritista en España, se hace indispensable volver a esas fuentes del pensamiento espírita a fin de darle al hombre español y latinoamericano un humanismo espiritual y social inspirado en la gloriosa tradición espírita española que lamentablemente permanece ignorada aún en la misma España.
Cuando Salvador Sellés el gran poeta español dijo: El Es­piritismo es un libro inmenso abierto en las alturas le señalaba a la tierra de Don Quijote la misión de espiritualizar a pueblos y espíritus mediante los dos grandes esquemas del Espiritismo: La pluralidad de mundos habitados en relación con la pluralidad de existencias del alma y la ley de causalidad. De ahí que aun cuando la reacción de los que se oponen a la ley de progreso y por ello a la difusión de la Doctrina Espiritista se muestra em­pecinadamente ciega, es oportuno responderles que las ideas espíritas avanzarán igualmente tanto en España como en todas partes del mundo. Es bueno decirles que conquistan ya el alma de los pueblos como lo está haciendo en la gran República del Brasil, donde la mediumnidad se ha convertido en un instru­mento gnoseológico, para demostrar que la vida tiene un pro­fundo significado espiritual y que el Evangelio de Jesús, inter­pretado por la Tercera Revelación, será el guía definitivo del género humano y el amoroso protector de todas las manifesta­ciones de la naturaleza.
2.—La Doctrina Espiritista frente a la decadencia espiritual y social del mundo moderno.
El cuadro desolador y desesperado que dejaron las dos Guerras Mundiales hizo que pensadores europeos formularan conclusiones pesimistas y nihilistas acerca del sentido existen­cial del hombre y el mundo. Uno de ellos fue el destacado filó­sofo francés Jean-Paul Sartre, quien dijo: “El hombre es una pa­sión inútil” Esta desastrosa conclusión no pudo ser refutada por ninguna ideología ni religión contemporánea por carecer de argumentos categóricos para hacerlo.
La grave situación en que se halla el mundo moderno, con­tinuó agravándose al punto de justificar, según los ideólogos del materialismo, la conclusión sartreana. Pues estamos ahora en un momento en que nadie sabe hacia dónde dirigirse. Las naciones convulsionadas por el temor de ser absorbidas por el poder invasor de las armas enemigas, están practicando una política, realmente contraria a los intereses sociales y morales del hombre. El armamentismo es lo único que inte­resa a los Estados, mientras que la espiritualidad de los pue­blos, declina peligrosamente cada vez más. El Estado moder­no considera al hombre, como un ser moral cuya esencia debe ser encauzada hacia lo superior, mediante la educación y la cultura. El Estado y la sociabilidad imperantes, conducen al hombre como si fuera una máquina sin ninguna finalidad transcendente.
En efecto, el mundo contemporáneo vive en estado de gue­rra sin tener en cuenta la parte espiritual y moral de la humani­dad. Filósofos como Federico Nietzsche, Oswald Spengler y otros, han proclamado el fin catastrófico de la historia univer­sal; así como teólogos europeos y norteamericanos, anunciaron hace pocos años la muerte de Dios. De este modo está dando validez al existencialismo ateo y al materialismo filosófico, quie­nes sustentan que el hombre es un ser solamente para la nada y la muerte eternas.
No hay pues valores morales positivos, para contrarrestar esta visión sombría del hombre y de la historia. La cultura no cuenta con un saber positivo que pueda demostrar el sentido espiritual de la humanidad. Se vive experimentando todos los placeres en un estado social, donde la única realidad es la fas­tuosidad de una minoría y el imperio despiadado del dinero.
La Doctrina Espiritista, que intenta renacer ahora en España, deberá afrontar esta situación grave del mundo. Su filosofía del hombre y de la vida deberá penetrar en el pensa­miento contemporáneo, a fin de superar este fatal período de la civilización. El Espiritismo como valor objetivo de la reali­dad espiritual del Ser, ha de presentarse frente a los decaden­tístas contemporáneos y a los que se oponen a la ley de pro­greso, para exponer las verdades de la vida infinita del hom­bre; es decir, de la pluralidad de existencias del alma, en rela­ción con la pluralidad de mundos habitados, así como la co­municación mediúmnica entre lo visible y lo invisible.

    Sólo con esta concepción espírita del hombre y el uni­verso, es como la inteligencia alcanzará a comprender, que la vida posee un sentido transcendente y que la persona humana es un ser que encarna y desencarna, pasando a través de vidas sucesivas para que la esencia que lo constituye, se desenvuelva sobre las bases del sentido divino de la ley de evolución.
      Es pues urgente que las ideas espíritas penetren en el proceso histórico, e influyan sobre los organismos que confor­man a los Estados. Un humanismo espírita cristiano, deberá incidir moralmente sobre la sociedad, el estado, la universidad y la iglesia, por ser factores de poder en el mundo contemporá­neo. La objetividad espiritual del fenómeno mediúmnico, de­mostrará así, que la existencia posee un sentido transcendente y que sólo el Evangelio del Cristo, despojado de inaceptables dogmas, es quien podrá pacificar a los Espíritus y señalarle al proceso histórico, su verdadero rumbo moral y social.

    Este Congreso Nacional de Espiritismo, de España, de­berá pues lanzar su mensaje de fe al pueblo español y a toda Europa, para revitalizar sus bases sociales y religiosas, a la luz de una interpretación palingenésica del hombre y de los mo­vimientos históricos. Que aquel inmortal Caballero Andante que era Don Quijote, se convierta en la fuerza moral y diná­mica de un nuevo ideal redentor, en el ánimo de los hombres. Que esa fuerza quijotesca, se traduzca en un idealismo reno­vador que, por la acción y la práctica espírita, penetre en to­das las instituciones del noble y fecundo pueblo español; es­pecialmente en su juventud, siempre dispuesta al ensueño y a la realidad de las cosas más grandes y bellas.
   Deseamos que los espíritus de Miguel de Unamuno, José Ortega y Gasset, Antonio Machado, Pablo Iglesias, Emilio Castelar, etc., inspiren a los espíritas españoles en esa gesta deli­cada y valiente, como es la de difundir la causa del Espiritismo.
Pedimos a esos Seres luminosos, como: José María Fer­nández Colavida, Miguel Vives, Amalia Domingo Soler, Anto­nio Torres Solanot y toda esa legión de grandes almas que lo dieron todo por el triunfo del Espiritismo en España y en la América latina, para que proyecten sus dinámicas inspiracio­nes sobre hombres, mujeres y centros espíritas de la penínsu­la, a fin de que la Codificación Kardeciana se convierta en una realidad espiritual, en esa tierra donde un Ser eminente, como Teresa de Jesús, anticipó cantando y orando el sentir espírita del hombre cuando expresó:
Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
La doctrina espírita es el ideal de la nueva humanidad que nace. Esto nos obliga a ser conscientes de lo que ella represen­ta en la hora actual de la tierra. La transformación social que ha de efectuarse en los pueblos, no se realizará sobre la base de la lucha de clases, Para la confección espírita de la sociedad, el cambio social se llevará a cabo mediante las clases de lucha, es decir por el aporte espiritual que cada Ser reencarnado, le preste al proceso moral de la Historia.
Si España fue la descubridora del Nuevo Mundo hacemos votos para que sea de ahora en más la descubridora del Nuevo Mundo Espiritual que habrá de darle vigor fraternal a la nueva humanidad. Esto esperamos de los espíritas de la Madre Patria en este período grave del destino del hombre de la Tierra.
3.—Esencia y naturaleza del Espiritismo.
Desde la España de Amalia Domingo Soler y de Manuel González Soriano habrá que decirle a la Universidad y al pueblo lo que es el Espiritismo y qué representa en el campo de la civi­lización y la cultura. Será pues preciso aprovechar de este Con­greso Nacional de Espiritismo para hacerles oír a periodistas, locutores, educadores, artistas, científicos, religiosos, escritores y gobernantes lo que es la Doctrina Espiritista, especialmente a los que se mofan de ella sin conocerla.
    Quisiéramos proponer a los respetables delegados de este Congreso que se deje bien establecido que el espiritismo no es magia, ni adivinación, ni cartomancia, ni curanderismo, ni cien­cias ocultas, ni ritualismos de ninguna especie. Desearíamos que se proclame la grandeza moral de la Doctrina Espiritista indi­cándole al noble pueblo español que ella es la más clara y racio­nal filosofía del Espíritu. Anhelamos expresarles tanto a empre­sarios como a trabajadores de la hora actual que hay una filoso­fía capaz de penetrar en los más intrincados fenómenos sociales y espirituales y ella es la espiritista que posee la virtud ontoló­gica de sumergirse en las honduras existenciales del hombre y la sociedad. Pues mediante la visión espírita de la humanidad se percibe que todo está enlazado en el proceso de la naturaleza y que el Espíritu avanza hacia lo divino a través de numerosas existencias terrenales. Por eso sostiene que la reencarnación es el sentido de la Historia y que la justicia es una realidad divina que rige todo el desenvolvimiento tanto individual como colec­tivo de la sociedad. Esta cosmovisión espirita viene a señalarnos que “el hombre no es una pasión inútil”, como dijo Sartre, sino el Ser reencarnado en el proceso histórico. Es pues de este modo como el Espiritismo nos demuestra con hechos materiales y es­pirituales que la Historia no es un proceso puramente económi­co, sino que la constituye una reunión de Espíritus reencarna­dos en pueblos y naciones, dando así formación al proceso his­tórico universal sobre la base de la ley de causalidad. Es decir que cada Espíritu reencarnado contribuye con sus valores mo­rales al avance de la Ley de Progreso en sus aspectos morales y espirituales.
El hombre deviene de este modo una persona espiritual que, unida a otras personas similares, determina la marcha y desarrollo de la Ley de Sociedad, anulándose así el concep­to de “masa social” para sobresalir el de persona espiritual reencarnada que, individualmente, coopera con la evolución de las instituciones humanas. De ahí que el Espiritismo, no es superstición, fanatismo, ignorancia ni alineación mental. El Es­piritismo, remarcamos es Ciencia, es Filosofía y es Religión; sus valores esenciales se manifiestan a través de esas tres grandes expresiones del saber.
     El Profesor Asmara, destacado pensador espírita español, lo dejó bien establecido al definir el Espiritismo en el Congreso Espírita Internacional celebrado en Barcelona en 1934 del mo­do siguiente:
El Espiritismo se fundamenta en tres sólidos cimientos gnoseológicos los cuales son:

1.—En la verdad de facto (la Ciencia).
2.—En la verdad de ratio (la Filosofía).
3.—En la verdad de fides (la Religión).
Ahora bien, con el progreso social y político alcanzado por la humanidad, los espiritistas debemos reafirmar esos mismos principios gnoseológicos en cuanto a la Doctrina Espírita se refiere. Debemos expresar que el Espiritismo no es una manifes­tación del diablo como se le enseña al pueblo, sino que es la nueva revelación espiritual basada en los tres fundamentos arri­ba señalados.
    El Espiritismo muestra la limpieza moral de sus principios basando su mensaje renovador en el nuevo espíritu que alienta a la humanidad. Por eso repetimos: la Doctrina Espiritista no es magia, ni adivinación, ni cartomancia, ni curanderismo, ni ciencias ocultas, ni realiza ninguna clase de ritos. El egregio poeta alicantino, Salvador Sellés, lo sintetizó así: El Espiritis­mo es un libro inmenso abierto en las alturas. Y es a esta defi­nición a la cual deberán atenerse tanto los espiritualistas en general como los centros de la cultura oficial imperantes.
    Su adversario principal es el materialismo porque trata de demostrar la naturaleza espiritual del hombre. Reconoce en el maravilloso escenario de la creación a Dios como Causa Supre­ma y su empeño consiste además en revitalizar las verdades del Cristianismo. Es pues el nuevo espiritualismo que alum­brará la marcha de la historia; por eso los espíritas de hoy deberán proclamar nuevamente este brillante lema: HACIA DIOS POR EL AMOR Y LA CIENCIA demostrando así que la Doctrina Espiritista quiere ir hacia la realidad espiritual del hombre mediante el reconocimiento de Dios, unido al amor puro y ardiente del Evangelio y a la ciencia puesta al servicio de la verdad.
HUMBERTO MARIOTTI
BUENOS AIRES, 1981
ARGENTINA

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