Congreso Nacional de Espiritismo 1981

CONGRESO NACIONAL DE ESPIRITISMO 1981

FRATERNALMENTE A LOS ASISTENTES AL CONGRESO
NACIONAL DE ESPIRITISMO Y A TODOS
LOS ESPlRlTAS ESPAÑOLES.

EL CAMINO

     Si hemos sido creados para alcanzar la dicha eterna, es indudable que existe la senda que ha de conducirnos a ella. Diversos destellos de luz han brotado en todos los tiempos para iluminar el lento caminar de las humanidades en la oscura noche de su ignorancia; y la Verdad sencilla, pero diáfana, ha rasgado las tinieblas para prestar calor a todo aquel que ha querido recibirlo. “Por las buenas acciones en sí mismas y no
por la cantidad, es por lo que seréis juzgados”, predicaba Krishna, sin duda porque los hombres que moraban la Tierra hace casi cinco mil años habían olvidado la enseñanza védica: “Las obras que tienen por principio el amor de su semejante, deben ser ambicionadas por el justo, porque serán las que pesen más en la balanza celeste”. Y este eco de Amor, se repite una y otra vez en distintos parajes y épocas, porque Dios, Padre de la Creación, sabe que el hombre precisa de un Maestro que le señale el camino a seguir para alcanzar las virtudes que han de liberarle de las cadenas de sus vicios. “De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, es siervo del pecado” (Juan 8, 34). Y por esto, tras la fácil caída, Jesús nos aconseja para que no fracasemos al intentar levantarnos: “Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está presto, más la carne enferma”. (Mateo, 26, 41).
     “Por lo que el hombre cae, por lo mismo se levanta”, dice Kulinarva Tantra. Muy cierto, se levanta para proseguir la larga caminata a través de los siglos, existencia tras existencia, dejando su imborrable huella en el planeta que habita, porque es imposible detener su marcha, su progreso, su constante renacer. La ley de la evolución sigue su curso y ante ese rasgo de generosidad y justicia Divinas, Amalia Domingo Soler, afirma: “La conciencia del hombre no se puede aprisionar; porque la razón para batir sus alas, necesita extenderlas en el infinito”. Esto intenta el hombre de hoy, pero acaso no lo consiga hasta dentro de muchos siglos, porque si bien desde la época de las cavernas hasta nuestros días ha recorrido un largo trecho, no es poco el que aún le falta por avanzar. Ayer el hombre sólo comía, bebía y satisfacía sus apetitos, su ley era el instinto, la superioridad moral era algo que desconocía, porque le bastaba la fuerza física para gobernar al débil, pero los oprimidos clamaron justicia y la esclavitud engendró el ansia de libertad; de la crueldad nació la compasión y tras el horror a la muerte, el hombre buscó la Vida y al hacerlo comprendió que esa Vida la debíamos a Alguien. Lenta, pero maravillosa transformación es la que ha sufrido nuestro planeta. Maravillosa es también la inquietud que sentimos por contribuir, aunque sea con un granito de arena, a la renovación, que de una forma verdaderamente acuciante, está reclamando la idea que se tiene acerca de Dios y la vida espiritual. La vida espiritual no es una utopía, es una realidad, pero no nos incumbe a nosotros en el corto espacio de este pequeño examen, demostrar lo que afirmamos. Le bastará a la persona que sienta la necesidad de comprobarlo, hacer un serio estudio sobre Espiritismo; porque el Espiritismo es, sépanlo de una vez cuantos lo ignoran, ni más ni menos, que el microscopio que nos ha revelado la existencia del mundo espiritual. Sobre este punto, Allan Kardec con su habitual maestría, nos da la enseñanza precisa, al decirnos en su obra “El Génesis”, al final del capítulo primero: “La revelación tiene, pues, por objeto poner al hombre en posesión de ciertas verdades que por sí mismo no podría alcanzar, con el fin de activar el progreso. Esas verdades se limitan en general, a principios fundamentales, destinados a ponerle en camino de las investigaciones y no a conducirse con andadores; son jalones que le indican el fin: al hombre corresponde estudiarlos y deducir sus aplicaciones; muy al contrario de emanciparlo del trabajo, son nuevos elementos suministrados a su actividad”.
     Ahora sabemos, certeramente, que la muerte no existe para el espíritu y que éste en virtud de su libre albedrío, puede comunicarse con los seres de la Tierra para darles una auténtica prueba de su existencia tras la muerte del cuerpo; por tanto no es preciso ya que admitamos la inmortalidad del alma a través de la fe ciega, ni que divaguemos acerca del destino que nos aguarda después de haber dejado el mundo terrenal, porque, una sola es la verdad: continuaremos estando sometidos a la Ley de Evolución. Nuestro espíritu irá, cada vez con mayor ansia, en pos de la grandeza espiritual y por ello llevará a cabo increíbles esfuerzos por salir de las tinieblas y encontrar la Luz, porque faro de Luz y Sabiduría son las virtudes.
     La humanidad, dividida en mil creencias religiosas distintas, se pregunta: ¿Cuál es el verdadero camino que conduce al Padre de todas las criaturas? Hay una senda a la que pueden dirigirse todos los hombres de la Tierra, es el lenguaje que todos los pueblos comprenden, es el sentimiento, dormido, pero común a todas las razas, no es difícil saber que este camino es el Bien. iEl Bien por el Bien mismo! El Bien está hecho de Amor, de Caridad… Una sentencia budista define así sus fines: “Inocencia, numerosas buenas acciones, compasión para el prójimo, caridad, sinceridad, pureza”. Esto predica el budismo, amor al prójimo, pureza en las acciones, iqué bellos ornatos para el alma humana! Si queremos que la faz del mundo se torne sonriente nos urge desterrar de nuestro ser el orgullo y la vanidad, sólo así cesarán las disensiones religiosas, y la humildad nos enseñará a reconocer el error que fácilmente puede empañar la propia doctrina, al mismo tiempo que sabremos comprender las verdades de las demás creencias. “Amaos los unos a los otros”, es ésta una frase que acaso hemos olvidado de puro sabida; simplemente la repetimos sin reparar en su profundidad, en su grandeza, pero cuando el espíritu se concentra en ella siente algo que, vibrante y conmovedor, engendra en su seno torrentes de generosidad, son las palabras de Jesús traducidas en sentimientos, ya no nos falta más que convertirlas en hechos. Con amor, preciso es insistir de nuevo, ahogaremos las guerras, disiparemos las brumas del odio y hasta nosotros llegarán los vivificadores rayos del sol de la Justicia. Y será entonces cuando, encontrada ya la verdadera senda, se harán realidad las palabras de Cristo: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Juan, 8,32).
MARIA DOLORES FIGUERAS DE BALADA
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