Congreso Nacional de Espiritismo 1981

CONGRESO NACIONAL DE ESPIRITISMO 1981

(Viene del anterior)


CONSIDERACIONES ESPIRITUALES


Si de veras amamos la verdad, si ansiamos librarnos de error, de las tribulaciones del ayer; si deseamos luz y no tinieblas en nuestro porvenir espiritual, hemos de realizarnos sin tapujos, luchar abiertamente contra la negación y la incredulidad, vengan de donde vengan sus ataques; dar nuestro ejemplo al mundo, demostrando a la ciencia positiva que vive equivocada, ciega y dogmatizada con respecto a nosotros y a
nuestros, ideales de amor, de paz y bien; y que también tenemos nuestra ciencia, nuestros campos de estudio y de investigación, en donde constatamos, hasta la saciedad, la verdad de la vida espiritual, la existencia del alma más allá de la muerte y el centro del amor universal en nuestro Padre Eterno y bondadoso Dios.

No, no hemos de avergonzarnos, por nada ni por nadie, del nombre que llevamos, de nuestra filiación espiritual, porque otros corazones menos dados al bien y ensombrecidos; porque otras mentes ciegas y obcecadas, turbadas por el dogma y la ignorancia, o bien por mala fe; nos tilden de impostores y farsantes, de locos y chiflados, de ser lo que no somos ni apetecemos ser: aprendices de brujo y nigromantes; hijos de las tinieblas y la superstición, de la vanidad y el craso error.

No basta con sentirnos hermanos de los hombres, paliar sus desventuras, abrir el corazón a la piedad, decir que les amamos y ocultarles la luz de la Verdad; no demostrar al mundo la grandeza del Cielo, el fin de la existencia temporal, el por qué de la vida y de la muerte y el fiel postulado del Bien y del Amor que encarnan y sustentan, irrefutablemente, nuestros ideales.

Kardec nos dejó escritos en caracteres de oro: “Espiritistas, amaros e instruiros, reformaros; pero nunca dejéis de airear la Verdad, de mantener en alto la antorcha de la Vida y el Amor que dejo en vuestras manos para alumbrar al mundo y liberar al hombre del error”.

Y, ¿es eso lo que hacemos? ¿Actuamos a escondidas, siempre escurriendo el bulto, o bien dando la cara; abiertos o cerrados a la murmuración, al qué dirán o piensen los demás de nosotros? ¿Seguimos los preceptos de Kardec, o escondemos la antorcha bajo el celemín?

Que cada cual escuche la voz de su conciencia, el soliloquio interno de su ser y, sin visos de pasión, fría y serenamente, respóndase a sí mismo; pero mucho me temo que sean negativas las respuestas que, salvo muy logradas excepciones, todos nos sintamos más o menos culpables de olvido y negligencia, de falta de entusiasmo y cobardía, de ingratitud con Dios y con Kardec. Y ello no está bien. ¿Por qué ha de ser así? 0 somos o no somos inmortales, hijos de la Luz o de las sombras; defensores del alma o muerte de la vida espiritual, creencia o negación.

Como es obvio, todo movimiento se demuestra andando, y si nos rezagamos, si nos detenemos, si obramos a escondidas como el topo, subterráneamente, ¿cuál es nuestra labor? ¿Qué hacemos por los hombres y por nosotros mismos? Nada, casi nada, podríamos decir. Y con la nada a cuestas, sin un bagaje altruista y positivo, remunerador, ¿quién puede progresar, hacer su porvenir espiritual?

Afortunadamente, para todos nosotros, los tiempos han llegado de darnos a la vida, de abrirnos al dolor de los demás, de hacer feliz al hombre por medio del amor, del conocimiento y la verdad; de hacernos mensajeros del Señor, y esparcir sin reparos, sin dudas ni temores, sin más vacilaciones ni actitudes cobardes, el germen redentor, la divina semilla de su Luz y su Amor, limpios de todo dogma y sectarismo, de toda imperfección y luz bastarda, de toda alteración fundamental, a ejemplo de Kardec y Flammarión; de Lombroso y Delanne; de Amalia Domingo, Miguel Vives y Torres Solanot; de cuantos nos sentaron las premisas para alcanzar la gloria inmarcesible del Bien y del Amor, los Planos Superiores del Astral, si sabemos seguirles e imitarles, secundar su labor y estímulo eficaz y constructivo de redención fraterna, de entrega generosa a los demás, en el marco anchuroso y deslumbrante de nuestros ideales redentores.

Apuremos pues el paso y no nos detengamos por más tiempo en la penumbra umbrosa, en la indiferencia y en el comodismo, en la falta de celo y la apatía, en la negligencia y la ambigüedad. Subamos los peldaños de la evolución con ansia y alegría, con paso acelerado y esperanzado afán de conquistar la altura, de hacernos luminarias de los hombres y acercarnos a Dios y al Más Allá. No demos a la vida más de lo que nos pida, más de lo que tengamos; más nunca le neguemos el pan de la Verdad, la Luz de la Esperanza y el agua venturosa del Amor; aquello que tenemos para nuestro alimento espiritual y nos mantiene en pie, abiertos al dolor y en la lucha contra el mal y las tinieblas, contra las negras sombras del error: el credo racional espiritista; la Luz del Evangelio redivivo en su nueva y auténtica versión original.

Siempre que así lo hagamos, siempre que procuremos actuar y comportarnos como es nuestro deber y es nuestra obligación, como así nos lo imponen nuestros conocimientos superiores, sin miedo y sin temor a las inconveniencias del prejuicio humano; del qué digan o piensen los demás de nosotros; de las burlas mordaces y el insulto grosero; de la insuficiencia de moral cristiana de nuestros detractores o jueces mercenarios, patrocinadores del error; entonces solamente entonces, podremos llamarnos espiritistas, discípulos amantes y activos de Kardec; llevar la frente en alto y el corazón en Dios, sentirnos orgullosos del nombre que llevamos, de nuestra filiación espiritual. Mientras tanto…

JOSE MARTINEZ FERNÁNDEZ


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