CÓLERA E IRA

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Cólera e ira

Emoción descontrolada y Orgullo

“El vicio de otros no puede penetrar tu mente a menos que lo permitas. Es por ello más importante hacer algo primero sobre tu propia ira, y después sobre su causa” Séneca, Filósofo Hispano-romano, s. I.d.C. 

La frase de Séneca nos advierte de la importancia de ser dueños de nosotros mismos a través del control de nuestras propias emociones. Incluso nos indica el camino para erradicar esta emoción perniciosa que todos hemos experimentado en alguna ocasión. 

Hoy día, las modernas psicoterapias contemplan cómo un grave problema la irascibilidad sin control, que muchas veces degenera en violencia contra uno mismo o contra los demás. Además, los estudios relacionados con la neurología y la química cerebral nos confirman que las actitudes de ira suelen elevar los niveles de cortisol y adrelanina en la sangre de forma muy perjudicial, llevando al deterioro de los sistemas orgánicos como el glandular, el circulatorio y, sobre todo, el inmunológico. Ello es debido a que esta actitud genera un importante aumento del estrés y la ansiedad que, persistentes en el tiempo, producen graves patologías psicofísicas. 

Como vemos, las emociones distorsionadas son fuente de problemas inmediatos y graves en la salud y el equilibrio mental-emocoional de las personas; y sin duda ninguna, la ira es de las emociones más dañinas al respecto. 

Los psicólogos que desarrollan las terapias cognitivo-conductuales inciden en la capacidad que todos tenemos de corregir estas actitudes. Para ello proponen algunas soluciones que curiosamente tienen mucho sentido y paralelismo con la recomendación de Séneca. En primer lugar nos recomiendan identificar la emoción para evitar una respuesta inmediata (“hacer algo sobre nuestra propia ira” dice Séneca); para conseguir esto se hace preciso prestar atención a nuestras reacciones e impresiones que hacen aflorar la ira (“averiguar su causa” dice Séneca). 

Un vez hemos identificado la causa y conocemos su origen, tenemos que darnos cuenta de que, aunque creamos que la causa se debe a una acción externa o de otras personas, estamos equivocando el análisis y con ello la solución; pues si somos coherentes nos percataremos de que nada externo a nosotros pude dañarnos realmente si mantenemos el control sobre nuestra mente y emociones. 

Tenemos la tendencia de achacar a los demás, al azar o a Dios, los problemas que la vida nos presenta, sin pararnos a reflexionar qué parte de responsabilidad tenemos nosotros en las reacciones que de forma irreflexiva ejecutamos cuando nos sentimos ofendidos o perjudicados. 

“Cuando pienses que alguien te ofende o te insulta, no te dejes llevar por esa emoción, recuerda que no es su comportamiento lo que te daña, sino tu juicio”. Epícteto – Esclavo y Filósofo romano, s. I d.c. 

Esta frase de Epícteto nos confirma que las reacciones a las agresiones externas solo dependen de nosotros mismos, del valor que las demos, y que cambiando el enfoque mediante el cual las enfrentamos diluimos y reducimos las reacciones emocionales que podamos tener al respecto. Depende de nosotros no aceptar la ofensa, y con ello, no dar ningún poder o ascendencia a nadie para dañarnos. 

La sabiduría del psicoterapeuta más grande y excelso de todos los tiempos confirma esta máxima: “Perdonar a tus enemigos setenta veces siete” respondió el Maestro de Galilea a Pedro cuando le preguntó al respecto. No solo era la solución al problema, sino la clave para no dejarse llevar por la ira, la venganza o el odio, algo que es enormemente perjudicial para la salud psicofísica y el equilibrio mental-emocional del que lo alimenta. Todo ello lo sabía a la perfección el Rabí de Galilea, y así lo recomendaba a aquellos que le escuchaban. 

El perdón no solamente libera al que lo ejerce, sino que le concede una estabilidad de paz y serenidad interior que le permite controlar su ira y su respuesta emocional desequilibrada. El ejercicio del perdón ya no era únicamente una condición moral sino una terapia psicofísica para el equilibrio y la armonía interior de la persona que busca la tranquilidad de conciencia. 

“El origen de los accesos de ira y demencia pasajera que os hacen perder la sangre fría y la razón se encuentra en la base del orgullo herido”.

Allán Kardec, Ev. S.E., cap. IX 

Sin duda alguna, la ira tiene su origen en el orgullo que todavía domina al hombre y que de forma profunda venimos arrastrando desde eras pretéritas, donde las experiencias de vidas anteriores y los hábitos adquiridos dominados por la soberbia, el narcisismo y el amor propio descontrolado quedaron fuertemente grabados en nuestro inconsciente, aflorando en nuestro comportamiento de manera automática cuando no permanecemos vigilantes y atentos sobre nuestras propias reacciones. 

Las respuestas que podamos dar a un origen externo de la ira siempre vienen porque no racionalizamos, dejándonos llevar por los primeros impulsos. Debemos pararnos a pensar antes de reaccionar. 

“La mejor acción correctiva contra la ira es la postergación de la respuesta. Su primer asalto es duro, pero se debilitará con la espera”. Séneca 

Cuando nos encolerizamos o irritamos, no solamente se nubla nuestra capacidad de raciocinio sino que, al dejarnos llevar de forma impulsiva por nuestra soberbia u orgullo, solemos perjudicar también a los demás sin apenas darnos cuenta, y esto tiene consecuencias espirituales, pues cualquier falta en contra de las leyes de Dios que dañan al prójimo o a uno mismo han de ser resarcidas en la misma proporción que se han producido. Esta es la justicia divina perfecta que a través de la ley de causa y efecto nos devuelve todo lo bueno o malo que realizamos en nuestras sucesivas apariciones en la Tierra. 

Al localizar la causa espiritual de la ira en el orgullo, trascendemos las actitudes equivocadas del presente para elevar nuestro enfoque en el tiempo hacia lo verdaderamente importante: “La necesidad de conocernos a nosotros mismos para corregir aquello que nos perjudica o daña a otros”. Y en ese esfuerzo personal tiene prioridad la atención a nuestros pensamientos y reacciones, para poder corregir poco a poco, de forma paulatina, aquellos errores de comportamiento que nacen de la emoción desordenada que la ira produce cuando la dejamos aflorar sin control. 

El conocimiento de estas circunstancias innatas que nos afectan y forman nuestra personalidad nos obliga a un esfuerzo por mejorar moralmente, no solamente para evitar dañar a los demás, sino también para no dañar nuestra salud, nuestro equilibrio mental-emocional y no dejar en manos de nadie nuestra libertad de elección por el ejercicio del bien, de la paz y la salud. Valores estos que todo el mundo aspira a conseguir para vivir una vida buena equilibrada y armónica. 

Cólera e ira por: Redacción 

©2022, Amor, Paz y Caridad 

“Bienaventurados los pacíficos porque ellos serán llamados hijos de Dios” M .5:9 

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