Recordando el pasado

ARMONÍA DEL UNIVERSO

 
   Dada la existencia en nosotros de un principio inteligente y racional, el encadenamiento de las causas y de los efectos nos hace remontar para explicar su origen, hasta el manantial de donde fluye. A ese manantial los hombres, en su pobre e insuficiente lenguaje, lo llaman Dios.
 
 
   Dios es el centro hacia el cual convergen y van a parar las potencias todas del universo. Es el foco de donde emanan todas las ideas de justicia, de solidaridad y de amor; el fin hacia el cual se encaminan todos los seres consciente o inconscientemente. De todas nuestras relaciones con el gran arquitecto de los mundos dimana la armonía universal, la comunidad, la fraternidad. En efecto, para ser hermanos se necesita tener un mismo padre, y ¿qué otro padre que Dios podríamos tener? 
 
   Pensar que Dios puede ser minorado por los dichos de los hombres equivale a creer que el monte Blanco y el Himalaya pueden ser manchados por el soplo de un mosquito. Debe estudiarse a Dios en la majestad de sus obras. 
 
   A la hora en que todo reposa en nuestras ciudades, cuando la noche es transparente y reina el silencio en la tierra adormecida, eleva entonces tus miradas, oh hermano mío, y contempla el infinito de los cielos. Observa la armoniosa marcha de los astros evolucionando en las profundidades. Esos fuegos innumerables son mundos junto a los cuales la tierra no es más que un átomo, soles prodigiosos rodeados de séquitos de esferas y cuyo rápido curso se mide a cada minuto por millones de leguas. 
 
   Distancias espantosas nos separan y por esta razón nos parecen simples puntos luminosos. Pero dirige hacia ellos el ojo colosal de la ciencia, el telescopio, y distinguirás sus superficies semejantes a océanos de llamas. En vano procurarás contarlos, se multiplican hasta en las regiones más remotas, confundiéndose en la profundidad como un polvo luminoso. Mira también en los mundos cercanos a la tierra dibujarse los valles y los montes, ahondarse los mares y moverse las nubes. 
 
   Reconoce que las manifestaciones de la vida se muestran en todas partes, y que un orden formidable une bajo leyes uniformes y en destinos comunes a la tierra y a sus hermanos los planetas errando en el infinito. 
 
   Considera que todos esos mundos habitados por otras sociedades humanas, se agitan, se alejan, vuelven a cerrarse impulsados por distintas velocidades, recorriendo órbitas inmensas, que en todas partes el movimiento, la actividad, la vida, ofrecen un espectáculo grandioso. Observa nuestro globo mismo, esta tierra, nuestra madre que parece decirnos: Vuestra carne es la mía, ¡vosotros sois mis hijos! Observa a esta gran nodriza de la humanidad, contempla la armonía de sus contornos, sus continentes, moldes donde han germinado y crecido las naciones, sus vastos océanos siempre en movimiento; sigue la renovación de las estaciones revistiéndola alternativamente de verde follaje o de rubias mieses; contempla los vegetales, los seres vivos que la pueblan: las aves, insectos, plantas y flores, cada una de estas cosas es obra de un cincel maravilloso, una joya del estuche divino. Obsérvate a ti mismo, ve el juego admirable de tus órganos, el asombroso y complicado mecanismo de tus sentidos. ¿Qué genio humano podría imitar esas delicadas obras maestras, el ojo y la oreja? 
 
   Considera todas estas cosas, y pregunta a tu razón y a tu juicio si tanta belleza, tanto esplendor, tanta armonía pueden resultar de la casualidad, o si no es más bien una causa inteligente la que rige el orden del mundo y la evolución de la vida. Y si me objetas las plagas, las catástrofes y todo cuanto viene a turbar este orden admirable te responderé: Sondea los problemas de la naturaleza, no te detengas en la superficie, desciende al fondo de las cosas y descubrirás con sorpresa que esas aparentes contradicciones no hacen más que confirmar la armonía general y que son hasta necesarias al progreso de los seres, que es el fin supremo de la existencia. 
 
   Si Dios ha hecho el mundo, replican triunfalmente ciertos materialistas, ¿quién ha hecho a Dios? Esta objeción no tiene sentido. Dios no es un ser que se añade a la serie de los seres. Es el ser universal sin límites en el tiempo y en el espacio, de consiguiente infinito y eterno. No puede haber ningún ser superior ni igual a Él. Dios es la fuente y el origen de toda vida. 
 
   Por El se ajustan, unen y se armonizan todas las fuerzas individuales que sin Él estarían aisladas y divergentes. Abandonadas a sí mismas y no estando regidas por una ley y una voluntad superiores, esas fuerzas sólo hubieran producido caos y confusión. La existencia de un plan general, de un fin común en los cuales toman parte todas las potencias del universo, prueba la existencia de una causa, de una inteligencia suprema, que es Dios. 
 
Extraído de “EL PORQUE DE LA VIDA”. LEON DENIS.
 
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