AMOR FILIAL

0
418
Amor filial

AMOR FILIAL

En el Evangelio según el Espiritismo, capítulo XIV, ítem 3, podemos leer:

El mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre», es una  consecuencia  de  una  ley  general  de  caridad  y  de  amor  al prójimo,  porque  no  se  puede  amar  al  prójimo  sin  amar  a  su padre y a su madre; pero la palabra honra encierra un deber más respecto  a  ellos:  el  de  la  piedad  filial.  Dios  ha  querido, manifestar con esto, que al amor es preciso añadir el respeto, las  consideraciones,  la  sumisión  y  la  condescendencia,  lo  que implica la obligación de cumplir respecto a ellos, de una manera aún más rigurosa, todo lo que la caridad manda con respecto al prójimo.  Este  deber  se  extiende  naturalmente  a  las  personas que están en lugar de padres, y que por ello tienen tanto más mérito cuanto menos obligatoria es su abnegación. Dios castiga siempre  de  un  modo  riguroso  toda  violación  de  este mandamiento.

Honrar a su padre y a su madre, no es solo respetarles, es también asistirles en sus necesidades, procurarles el descanso en  su  vejez;  rodearles  de  solicitud,  como  lo  han  hecho  con nosotros en nuestra infancia.

En cualquier situación o circunstancia que se pueda presentar, tanto si nuestros padres están todavía en plena madurez o ya han entrado en la llamada tercera edad, mantenernos cerca de ellos, amarlos, cuidarlos y cuando lo necesiten protegerlos, es un deber de hijos agradecidos. Ellos hicieron por nosotros lo mismo o más en los primeros años de nuestra vida. Una existencia material que tan generosamente nos brindaron para poder realizar los progresos necesarios en el camino de la evolución. Y también agradecidos por ofrecernos una oportunidad que perfectamente nos la podría  haber negado, en función del uso de su libre albedrío.

Este mandamiento de “Honrar a los padres” recuerda a los hijos los deberes y responsabilidades para con los progenitores. Es el amor que debemos sentir por ellos, aquel que atiende a su bienestar, con la responsabilidad de prestarles ayuda material y moral cuando sus fuerzas y sus recursos disminuyan; en los momentos de soledad o de abatimiento, y también compartiendo con ellos los momentos de felicidad y alegría.

El respeto a los padres y lo que representan para nosotros nunca se debe perder, independientemente de nuestra edad o circunstancias. El respeto también significa el saber aceptar sus consejos con humildad, ya que la experiencia de vida que ellos tienen nos puede ayudar en circunstancias difíciles o a tomar decisiones delicadas.

Cuando contemplamos a nuestros padres y estos están sanos y fuertes, la alegría, la satisfacción, el gozo se abren paso en nuestro interior y nos hacen sentir dichosos. Si, por el contrario, ellos se hallan enfermos, hemos de sentir la obligación, la responsabilidad como hijos, de cuidarles, de ocuparnos de ellos, de protegerlos, de asistirlos y darles el apoyo que necesitan. El mayor tesoro de piedad filial que se puede ofrecer a los padres es dedicarles el tiempo que necesitan y merecen.

En el Libro de los Espíritus, en el ítem  681, podemos leer:

¿La ley natural impone a los hijos la obligación de trabajar por sus padres?

Ciertamente, como los padres deben trabajar por sus hijos, y por esto Dios ha hecho del amor filial y del paternal un sentimiento natural, con el fin de que por medio de este afecto recíproco los miembros de una misma familia fuesen inducidos a ayudarse mutuamente, lo cual se olvida con frecuencia en vuestra actual sociedad.

Hay que recordar que los lazos de la sangre no constituyen obligatoriamente los lazos afectivos entre los espíritus, y que Dios permite, dentro de una misma familia, dos situaciones distintas: tanto encarnaciones de espíritus simpáticos unidos por una verdadera afinidad, con la satisfacción de estar juntos, pero también bajan espíritus antipáticos o extraños, que no se terminan de acomodar dentro de la familia carnal, creando conflictos más o menos graves. Esto último cumple con un doble objetivo, el de prueba para los unos y de avanzar aunque sea poco para los otros. La convivencia dentro de la familia les ayuda a mejorar el carácter, y los hábitos y las antipatías se van suavizando. Por lo tanto, la convivencia puede aportar las circunstancias necesarias para ir limando las imperfecciones con el cincel de la fraternidad que la dignifica. El comportamiento que reciben de sus padres ha de servirles de ejemplo para el futuro, para cuando ellos hayan envejecido.

Por otro lado, el problema de la ingratitud en las familias es una de las consecuencias más sobresalientes del egoísmo; indigna siempre a los corazones honestos; pero la de los hijos con respecto a sus padres tiene aun una naturaleza más detestable: es la ingratitud uno de los peores sentimientos que pueden demostrar a los padres, de los más graves errores que puede manifestar el espíritu en su marcha hacia la elevación.

Sobre todo en la etapa adolescente, por los conflictos de identidad que experimenta, olvida que tienen ciertas responsabilidades hacia sus padres, ignorando el cariño que recibe de la familia y sus atenciones permanentes. Aun así, hay ocasiones donde los choques generacionales y el sentirse incomprendido provocan la invisibilidad de ese amor que los padres sienten por él, pues en esas edades la visión que tienen de sí mismos les lleva a observar más aquello que consideran sus derechos, y, a la par, disminuyen o ignoran las responsabilidades y obligaciones para con los demás. Incluso algunos jóvenes, en esos momentos de rebeldía descontrolada, abandonan el calor familiar, para posteriormente, cuando se enfrentan a la cruda realidad y comprenden su desatino, vuelven al seno familiar.

Partiendo de la base de que ante todo los padres tienen que ser padres, se debe buscar con los hijos una relación de amistad fraterna para que la interrelación entre todos los miembros de la familia sea más fácil, evitando las incomprensiones producto de la diferencia generacional. Esto facilitará la confianza y el acercamiento entre los padres e hijos a la hora de solucionar problemas, adversidades, enfermedades… y dará paso también a la alegría, felicidad o dicha ante las buenas noticias, los éxitos, la culminación de algún logro, etc.

Por otro lado, la ayuda en las tareas de la casa paterna cuando se vive en ella, tanto si son mayores como pequeños, también debe ser una obligación moral. Hacerles comprender que el hogar y su mantenimiento espiritual, pero también físico, es tarea de todos. La repartición de tareas fomenta la cooperación y les hace comprender que las cosas no se organizan o se hacen solas. Es, en definitiva, una invitación a la responsabilidad y a pensar no solo en las propias necesidades sino también en las de los demás, de aquellos con quienes se comparte espacio y se necesita convivir armónicamente.

Por las exigencias que nos impone la sociedad actual, para los padres que tienen niños pequeños, es de agradecer que los abuelos ayuden y colaboren altruistamente para cubrir convenientemente todas las necesidades de la familia.

No obstante, hay que evitar el abuso que con frecuencia se observa cuando se sobrecarga en exceso a los abuelos; cuando por comodidad o ciertas tendencias materiales se les transfieren unas tareas que no les corresponden. Es ahí donde debe existir conciencia espiritual de la responsabilidad a la que nos comprometimos, evitando delegar en aquellas cosas que son intransferibles y que requieren de toda la atención, mucho más de los progenitores que de los abuelos. Porque esta delegación de tareas puede llevar a la tentación de abusar de la abnegación de los abuelos, y este abuso sí que puede tener consecuencias negativas en el futuro.

Como vamos viendo, y en función de la Ley del Amor que regula todas las relaciones, los hijos, cuando son mayores de edad, tienen deberes intransferibles para con los padres; no se les puede descuidar por el hecho de tener una vida muy ocupada. O abandonarles porque algunos padres olvidan sus deberes, sus responsabilidades, y no ejercen como tales ante sus  hijos. Pero es a Dios a quien corresponde castigarlos, no a los hijos; por tanto, no juzgar a los progenitores en su comportamiento, siendo el respeto y la gratitud una actitud que siempre hay que tener presente por la dichosa oportunidad obtenida de volver a la Tierra, y a la familia que necesitamos, para desarrollar los planes de evolución.

Hemos de tener en cuenta además que, en el transcurso de las pruebas, es la Ley de Afinidad la que favorece los reencuentros y los desencuentros en el círculo familiar, de acuerdo a los periodos evolutivos y a los grados de conciencia de los miembros que componen la familia.

Todos los actores que conforman el hogar, tanto hijos como padres, abuelos, etc., han de pasar y desempeñar los diferentes roles en algún momento de su vida, en el transcurso de las diferentes existencias evolutivas. Todos, absolutamente todos, tienen deberes y obligaciones. Nos compete asumir la responsabilidad del papel y el lugar que en este mismo momento nos corresponda asumir y desempeñar, desarrollando los valores imperecederos del espíritu: poniendo amor donde exista odio, comprensión donde exista intolerancia, afecto donde exista frialdad o distancia. Asumiendo, en pocas palabras, el fardo de las pruebas y circunstancias momentáneas que nos haya podido corresponder, sabiamente planificadas antes de encarnar por los mentores espirituales.

Para concluir, recordemos que “los hijos de ahora serán los padres del mañana, y corresponde a la reencarnación proporcionarles un futuro de acuerdo con la siembra del presente” (Constelación familiar, cap. IV, pág. 41, Divaldo F. por Joanna de Ângelis).

 

Amor filial por: Gloria Quel

© 2020 Amor, Paz y Caridad.

Publicidad solidaria gratuita