Con notable frecuencia solemos leer y escuchar en ámbitos de divulgación y conocimiento espiritual el término de “Almas Gemelas”. Antes de analizar lo que este concepto puede suponer, necesitamos advertir de la necesidad de ser precisos en cuanto a la definición e interpretación que las personas hacen de esta idea.
Si en biología podemos entender perfectamente la existencia de “gemelos univitelinos” que comparten la misma carga genética debido a su formación en una primera célula común (cigoto), que posteriormente se divide en dos, es preciso remarcar que en el apartado psicológico esta igualdad biológica no es en absoluto cierta ni real.
Demostrado está por la ciencia que los gemelos, aunque comparten características genéticas y herencias biológicas comunes, no son nunca iguales en sus cualidades psicológicas; no piensan igual, no sienten igual, no presentan las mismas capacidades, no tienen los mismos gustos, no ponen de manifiesto tendencias iguales (aunque por educación tengan semejanzas notables en sus aficiones o formas de comportarse), etc.
Cuántos casos hay de personas gemelas que son completamente dispares en sus comportamientos, psicología, gustos, capacidades y desarrollo. Ejemplos a millares. Y todo eso evidencia que, aunque biológicamente puedan tener la misma herencia y compartir la misma genética, sin embargo la expresión de la misma puede variar hasta el infinito en función de la forma, decisiones y acciones de cada uno de ellos que, al ser de libre albedrío, puede optar por cosas completamente diferentes a su par.
Es evidente que la psicología, las tendencias, las virtudes y defectos, la inteligencia, las capacidades de voluntad y libre albedrío, etc., son intangibles, que no pertenecen al cuerpo biológico sino a la psique, al alma. Y por ello, a pesar de ser iguales biológicamente, pueden ser notablemente diferentes en su desarrollo mental, intelectual y moral.
Todo este análisis realizado en cuanto a los gemelos biológicos nos sirve igualmente a la hora de calificar y ofrecer una respuesta a la pregunta que encabeza este artículo. Las almas gemelas no existen por sí mismas. No hay un alma igual a otra, pues cada cual es poseedor de una identidad e individualidad propia que ha venido forjando con sus experiencias milenarias a través de las edades y las vidas sucesivas.
Lo que sí existe es la “afinidad de almas”, que vibran en pensamientos, sentimientos y actitudes similares, porque se identifican y simpatizan en esos niveles de adelanto o falta de progreso espiritual, según sea cada caso.
Sabemos que los espíritus se unen por afinidad de sentimientos, son aquellos que se reúnen por tendencias y gustos parecidos y que entre ellos mismos se retro-alimentan para seguir disfrutando de aquella situación personal que más les agrada y con la cual simpatizan.
“P: Dos espíritus que simpatizan, ¿son complemento el uno del otro, o esa simpatía es el resultado de una identificación perfecta? R: La simpatía que atrae a los espíritus resulta de la concordancia de sus inclinaciones e instintos. Si uno debiera completar al otro, perdería su individualidad”. Allán Kardec – L.E., it. 301
Sin embargo, esto acontece en lo positivo y lo negativo, en el bien y en el mal. De aquí que los espíritus de baja condición moral, viciosos, dominados por las pasiones degradantes o por los sentimientos ruines de maldad, venganza u odio, también se reúnen y se afinan entre ellos mismos, formando redes de nefasta influencia que tienen su continuidad muchas veces después de la vida física.
Son esas agrupaciones dedicadas al mal, al entorpecimiento del bien en la Tierra, y que intentan, aprovechando la ignorancia de los humanos respecto a su existencia e influencia, destruir toda aquella iniciativa de bien, de altruismo, de solidaridad, de fraternidad que ennoblece al hombre y le acerca a Dios. Son los antiguos “demonios” de las religiones. Aquellas hordas y miembros de espacios más bajos del mundo espiritual, rebelados contra la existencia de Dios y su justicia, y que intentan escapar de ella mientras las leyes espirituales se lo permiten, dando rienda suelta a sus tendencias e intentando captar para su causa a todo aquel que es débil o se deja influenciar por ellos en base a sus debilidades con las que se sienten identificados.
De ahí que los procesos de obsesión graves siempre están en el origen de grandes dramas humanos, donde aquel que es ahora la víctima, muy probablemente fue el verdugo en otro momento o vida anterior, y ahora, como consecuencia de sus actos delictivos del pasado se encuentra expuesto, en su vida en la Tierra como alma encarnada, ante aquellos a los que hizo daño y con los cuales tiene afinidades y tendencias comunes. Estos hábitos que comparten “abren la puerta”, por similitud de nivel moral e igual frecuencia energética, a aquellos que pretenden vengarse de él por los daños sufridos en el pasado.
Esta misma afinidad perniciosa en lo que respecta al mal es, respectivamente respecto al bien, lo que une a las almas que se aman, que se quieren, que comparten afectos, gustos y tendencias comunes. Y aquí acontecen episodios extraordinarios de almas unidas por el afecto de varias vidas, donde consolidaron un amor extraordinario entre ellas, y como fruto de este afecto, su manera de pensar, de sentir, de actuar y de enfrentar la vida son tan parecidas que las vemos como iguales.
Sin embargo, esto no quiere decir que sean “gemelas”, sino “similares”, simpatizan unas con otras. En la trayectoria evolutiva de nuestro espíritu inmortal son muchísimas las relaciones que entablamos entre unos y otros, tanto encarnados como desencarnados. Y estas relaciones, cuando se han basado en el afecto, la amistad, el cariño, el respeto, la fraternidad y el amor, nunca se pierden, siempre perduran y trascienden incluso en las etapas compartidas en la Tierra como encarnados y en el espacio como desencarnados.
Así pues, las almas que se identifican por sus lazos de amor, fraternidad y afecto forman sus propias “familias espirituales”. Esto es, grupos de espíritus afines que se aman y respetan. Y que muchas veces coinciden en la Tierra encarnados para el desarrollo y desenvolvimiento de un trabajo común de progreso y adelanto, y en otras ocasiones no coinciden en las citadas vidas físicas, quedando unos en el mundo espiritual y bajando otros a reencarnar y enfrentar las pruebas de la carne.
Cuando esto último acontece, es muy frecuente que aquellos espíritus guías, protectores o mentores que acompañan a muchas personas en su recorrido en la Tierra, sean precisamente espíritus afines a ellos mismos, que les aman, que les conocen profundamente y que saben cómo ayudarles en las dificultades que deberán enfrentar en la Tierra. Pues, a su mutuo conocimiento unen el afecto y el amor que les une desde hace siglos, por el que son capaces de tener la paciencia debida ante los errores del encarnado. Son también capaces de perdonar, orientar y ayudar durante todo el periodo terreno que desde el nacimiento hasta la muerte compete a aquel que toma un cuerpo físico de nuevo.
Y son precisamente ellos, esas “almas afines” que nos aman y nos protegen desde el otro lado, los primeros que están esperando en nuestra desencarnación para ayudarnos a realizar el tránsito al otro lado de la vida, reconfortándonos con sus pensamientos de paz, serenidad y amor, facilitando el tránsito indoloro y procurando abreviar al máximo el estado de turbación que toda persona que abandona la Tierra ha de superar.
Así pues, desde un punto de vista estrictamente espiritual no puede existir ningún alma igual a otra, pues Dios crea el espíritu humano simple, sencillo e ignorante; pero desde el mismo momento en que le concede el libre albedrío y voluntad, cada alma, cada espíritu, elige mediante sus decisiones el camino y las experiencias que van conformando su carácter a lo largo de los milenios. Y como podemos suponer, nadie vive al completo las experiencias de otro, y tampoco nadie, en su subjetividad personal, interpreta o vive las experiencias de la misma manera, pues cada uno de nosotros tenemos nuestro sello personal que iremos desarrollando a través de los siglos y milenios hasta alcanzar la plenitud, la dicha y la perfección relativa a la que estamos destinados.
¿Almas gemelas o afines? por: Redacción
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“P: Las almas que han de enlazarse, ¿están predestinadas a este enlace desde su origen, y cada uno de nosotros tiene en alguna parte del universo su mitad, a la cual se unirá fatalmente algún día? «R: No; no existe unión particular y fatal entre dos almas. Existe unión entre todos los espíritus; pero en grados diferentes según el lugar que ocupan, es decir, según la perfección que han adquirido. Mientras más perfectos son, más unidos están. De la discordia nacen los humanos males; de la concordia la dicha completa» A.K., L.E., it 298






