ACEPTANDO Y REPARANDO

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Aceptando y reparando

Como explicábamos en el artículo del pasado mes, el alma crece en nivel de conciencia a medida que descubre la realidad de su propio yo, su auténtica realidad inmortal, así como los principios inalterables de la vida en lo que a su dimensión trascendente se refiere. 

Comprender que existen leyes espirituales que afectan, condicionan y nos colocan en la senda del progreso y del bien, apartándonos del sufrimiento cuando nos colocamos bajo sus preceptos, es algo impagable para el alma y su comprensión del trayecto y el recorrido que le espera. 

Aún bajo la imperfección que la domina, el alma es capaz de entender, de comprender que todo lo que es, lo que será y lo que puede llegar a ser algún día se debe a la Grandiosidad Cósmica, a la Mente Universal que tuvo a bien crearla y ponerla a evolucionar para lograr el desarrollo de los atributos divinos que anidan en forma de germen en su interior. 

Cuando el alma comprende e interioriza esto, la vida material pasa a un segundo plano. Observa los acontecimientos con la perspectiva de la eternidad y se da cuenta perfectamente que todo lo que la rodea, todo lo que tiene o pueda llegar a tener, obedece al objetivo superior del progreso y de su futuro estado angélico. Es cuando entiende que nada nos pertenece, que todo lo que temporalmente se halla a nuestro alcance son préstamos que la Providencia nos concede para caminar hacia el logro de la plenitud espiritual, la felicidad y el amor sublime que nos aguarda al final del camino.

La visión del alma cambia por completo; desde que transcurre del nivel de conciencia dormida hasta que se hace consciente de su realidad inmortal y del libre albedrío del que goza para poder cambiar y transformar su vida, es cuando entiende el plan divino de la evolución espiritual; cuando comienza por agradecer y ennoblecer su corazón.

 Esta actitud ante la vida permite al alma humana aceptar de otro grado los contratiempos, las aflicciones, los sufrimientos; comprende que si sufre es porque lo merece o lo necesita para su progreso, pues ya entiende mejor el funcionamiento de la Justicia Divina, que a nadie castiga sino que educa para que no nos desviemos mucho tiempo del camino recto.

La aceptación del sufrimiento consigue varios logros en el desarrollo del alma humana: por un lado le ayuda sobremanera a sustituir la rebeldía por la abnegación, pues ya comprende que la leyes divinas no son represoras ni punitivas, sino que están diseñadas para su propio beneficio. Conforme crece en la comprensión de la abnegación y la aceptación del sufrimiento, la carga de este último desaparece en parte, pues ya comprende el motivo por el cual está sufriendo. Y la mayoría de las veces puede constatar, incluso estando en un cuerpo físico, que está recogiendo los resultados de su pasado delictuoso que debe reparar para equilibrarse con la ley de causa y efecto. 

Esta certeza de que la Justicia Divina actúa en todo el universo físico y espiritual, pero fundamentalmente en el desarrollo de la trayectoria del alma, le permite prepararse no sólo para aceptar, sino también para reparar los errores cometidos en nuevas existencias de entrega y amor al prójimo, devolviendo así a los demás aquello que no hizo bien, y equilibrando su conducta, su conciencia y su moral con las leyes sabias y justas que la elevan hacia su depuración y rehabilitación espiritual.

Este pequeño paso de elevar la conciencia y reconocerse como lo que es, “un espíritu inmortal en proceso de desarrollo evolutivo encaminado hacia el amor”, le ayuda a comprender la profundidad que se esconde detrás de la realidad ficticia que se nos presenta a los sentidos humanos. Desde este momento reconocerá la obra de Dios en los detalles más insignificantes, y en sus semejantes verá también la profundidad, la diversidad y la grandeza del camino en el que Dios nos ha colocado a todos. 

Así comprobará cómo muchos continúan dañándose así mismos y sembrando el dolor y el sufrimiento para sus almas en el futuro, al seguir empeñados en el mal y el egoísmo. Ante esta actitud antes se rebelaba y quería responder; ahora ya no juzga, pues entiende que las leyes de Dios son las encargadas de dar a cada  cual según sus obras. Y si antes quería devolver el golpe, ahora pide ayuda a lo alto por aquellos que le agreden, perdonándolos primero y ayudándoles después, pues ya ha comprendido que son enfermos espirituales, niños caprichosos que la Providencia corregirá para que enfrenten sus propias responsabilidades, situándolos frente al dolor que ellos mismos han sembrado.

También comprobará que, a pesar de imperfecta y todavía carente de muchos atributos espirituales, se sigue equivocando, aunque cada vez menos, y alcanza la certeza de que lo importante es levantarse después del error y asimilar la experiencia mediante la fortaleza de querer trasformarse interiormente, pues ya intuye que la fortaleza del espíritu y de sus atributos -voluntad, perseverancia, deseo de bien, etc.- son extraordinarios. Tanto es así que, una vez en marcha, nadie puede frenar al espíritu que se dirige conscientemente hacia la verdad y el amor poniendo en ello toda su capacidad y noble intención.

El alma descubre también, igualmente, que existen referencias extraordinarias en las que apoyarse cuando desfallece; se observa a sí misma mediante la introspección y el examen de conciencia, y en la nobleza de este acto se reconoce débil e imperfecta, pero al mismo tiempo descubre la fortaleza de su voluntad cuando se dirige al bien, acompañando a esta certeza la seguridad de la ayuda que comienza a sentir por parte del plano invisible, que le ayuda, le sostiene en las dificultades y le anima a continuar, a pesar de lo difíciles que sean sus pruebas o expiaciones.

Descubre así el alma cómo aquellos que le aman desde el más allá, otras almas como ella misma, se preocupan por ella, la animan y la predisponen a seguir cumpliendo con el trabajo o la misión que ha traído a la Tierra.

Con estas herramientas, y una vez comprendido que Dios permanece a su lado en todas las etapas del camino que ha de recorrer, y que se encuentra ayudada por seres que la aman y la protegen, la aceptación de las pruebas y la reparación de los errores se convierte así en el paso obligado que necesita para alcanzar un nuevo escalón de purificación y elevación moral.

Es ahora cuando comienza a caminar conscientemente, pues aun imperfecta y a veces desorientada o deprimida, sabe sacar las fuerzas de flaqueza para enfrentar todo lo que le acontece, pues ante ella se presenta esplendoroso un futuro por conquistar, en el que nunca se encuentra sola, sino plenamente asistida en cada paso que realiza en el bien y en su reforma moral.

Aceptando y reparando por: Antonio Lledó Flor

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 

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