«SU LUGAR EN LA HISTORIA»
“El alma o espíritu, es el principio inteligente del universo, y todos ellos están revestidos de una envoltura invisible, intangible e imponderable; este cuerpo fluídico se llama periespíritu…”
Gabriel Delanne, Libro: La Evolución anímica
Como ya se explicó en la introducción de este tema, este elemento o principio semi-material ha sido conocido desde la antigüedad en la mayoría de las culturas, filosofías y religiones de la Tierra. En cada una de ellas recibió nombres y definiciones propias y distintas que resaltaban principalmente algunas de sus características principales, funciones o utilidades.
En un recorrido rápido por la historia, podemos afirmar que en la China milenaria era conocido como “Khi”, en el Hinduísmo se le denominaba como “Linga Sharira”, en el Budismo “Kamarupa”, en la Persia Zoroástrica el nombre que recibía era “Boadhas”, en Egipto era el “Ka”, a veces confundido con el alma, en Grecia fue llamado “Eidolon”, en Roma “Imago”, y en el esoterismo judío le llamaban “Nephesph”. En muchas escuelas esotéricas orientales y algunas occidentales lo han definido como “Aura”.
A pesar de los términos generalistas con los que fue conocido, estudiado y explicado a lo largo de la historia, muchos sabios, filósofos, maestros espirituales, científicos o investigadores prefirieron denominarlo a su modo para resaltar algunas de sus cualidades.
De esta forma Confucio lo denominó “Cuerpo Aireforme”, Hipócrates lo llamaba “Enormon”, Pitágorás lo bautizó como “Carro sutil del Alma”, Aristóteles lo definía como “Cuerpo sutil y etéreo”, Pablo de Tarso lo llamó “Cuerpo Espiritual incorruptible”, Tertuliano lo llamó “Cuerpo Vital del Alma”, Orígenes de Alejandría lo llamó “Aura”, Plotino se refería a él como “Cuerpo ígneo” y Paracelso lo llamó “Cuerpo Sidéreo”.
Como podemos comprobar, para ser un cuerpo desconocido ha sido objeto de estudio e investigación de grandes hombres de la historia que han reconocido y avalado no sólo su realidad sino también su influencia en la naturaleza humana.
Estos grandes personajes de la historia conocían perfectamente la característica principal de este cuerpo intermediario entre el cuerpo biológico y el alma inmortal. Y de manera precisa sabían igualmente de su influencia en la salud y la enfermedad del cuerpo. También conocían que era una copia del cuerpo físico en cuanto a su forma y estructura, y aunque no fuera visible a simple vista alcanzaron a estudiarlo y trabajar sobre él para proponer soluciones que ayudaran a llevar una vida más saludable y equilibrada.
También le otorgaban el papel de conductor del alma inmortal, pues al no ser esta última visible ni mensurable, por ser una chispa divina, precisaba de un cuerpo intermedio inmaterial para poder manifestarse con una materia biológica de naturaleza completamente distinta. Cuando Pitágoras denomina al periespíritu como carro sutil del alma se está refiriendo al intermediario donde residen los fenómenos anímicos, donde se procesa el archivo de las experiencias que nuestra alma lleva consigo, donde tienen lugar los impulsos y energías del inconsciente del que nos hablarán siglos después los maestros del psicoanálisis Freud y Jung.
Y Pablo de Tarso en su carta a los Corintios 15:42 relata lo siguiente:
Explica esto para detallar la resurrección de Jesús en “Cuerpo Espiritual Incorruptible”, reafirmando que la carne, el cuerpo biológico, sí es corruptible y susceptible de desintegración. Por ello, el Maestro de Galilea resucita en cuerpo espiritual incorruptible, es decir, con su periespíritu en plenitud, siendo este último sin mácula y sin perturbación alguna, de tal forma que, cuando se presenta ante los discípulos y otros seguidores durante más de cuarenta días, lo hace de esta misma forma: “en cuerpo glorioso y espiritual, sin la corrupción de la carne” como afirma Pablo.
Es realmente significativa una evidencia histórica de primer orden: el bajo relieve que podemos encontrar todavía hoy en el templo de Karnak en el antiguo Egipto, donde se refleja y detalla con nitidez el proceso de la vuelta a la vida de un alma, y en el que intervienen dos dioses y los tres elementos de la naturaleza del hombre: cuerpo, periespíritu y alma. Se ve al Dios creador Kuhn encargado de moldear en un torno de ceramista dos cuerpos similares en su forma, uno de ellos es el cuerpo físico, el otro, a su imagen y semejanza es el periespíritu. Al lado del torno apreciamos a la diosa Isis con un símbolo en su mano que no tiene forma humana y que representa el alma y que está esperando a que se terminen de moldear los dos cuerpos para introducir en ellos la esencia divina del alma, que tiene forma de una pequeña llave que la diosa va a incorporar a los dos cuerpos.
Así representaban en el antiguo Egipto la vuelta a la vida del alma inmortal en una nueva existencia en la Tierra, y en el relieve aparecen los tres elementos, dos de ellos con forma humana (el cuerpo físico y su doble o molde llamado periespíritu) y el alma inmortal que no tiene forma alguna, pues es la chispa y energía divina.
No podemos olvidar que, por sus características propias, el periespíritu es un cuerpo electromagnético hasta cierto punto visible por parte de personas con capacidades sensitivas, y esto ha existido desde siempre. Y aunque ahora, desde hace casi sesenta años, con la aparición de la cámara Kirlian la irradiación electromagnética de los seres vivos está perfectamente registrada y verificada, en aquellos tiempos de la historia antigua el “Aura” era visible para muchas personas con percepciones espirituales.
Con facilidad, estos sensitivos o videntes captaban la energía del periespíritu y los colores del aura que este refleja e irradia exteriormente y que lo identifican al respecto de su estado brillante u oscuro, de colores determinados o predominantes que les confirmaban su equilibrio o disfunción energética. Incluso podían vislumbrar la profundidad de este cuerpo imantando los centros y núcleos de energía que dotaban de vitalidad o deterioro a los órganos físicos.
Esa capacidad adquirida de forma innata por muchos hombres de la antigüedad dedicados a la medicina les permitía diagnosticar con una precisión extraordinaria enfermedades o patologías físicas que estaban a punto de eclosionar o que ya lo habían hecho, detectando el órgano enfermo que no podían ver a simple vista, donde la visión interna de este cuerpo semimaterial les ofrecía el lugar y la clave de la dolencia, el órgano afectado realmente, pudiendo diagnosticar mejor la enfermedad.
A lo largo de estos artículos que vamos a desarrollar comprobaremos cómo muchas de las enfermedades internas provienen de la somatización que reflejan nuestros órganos debido a las energías deletéreas que los pensamientos y emociones tóxicas llevan a nuestro periespíritu, distorsionando su funcionamiento y equilibrio y dando lugar a las enfermedades que con posterioridad se manifiestan: infecciones, cánceres, cardiopatías, etc.
A través de las filosofías y religiones orientales hemos ido conociendo aspectos y detalles más específicos del denominado “cuerpo astral” o “aura”, pero los conceptos que nos han llegado vienen impregnados, como es lógico y evidente, de los rasgos teológicos o religiosos de la religión de la que se trate. Los yoguis en la india, los tibetanos y muchos budistas, con su propia experimentación de la meditación, la respiración y la introspección han constatado a lo largo de los siglos los distintos fenómenos que el periespíritu permite, incluso estando encarnados en un cuerpo físico.
Materializaciones, levitaciones, irradiaciones, magnetizaciones, movimiento de objetos, telepatías, telequinesias, etc., son fenómenos que también han sido estudiados en occidente, pero que las religiones orientales han mantenido como formas de experiencia mística por parte de los hombres santos, gurús y otros yoguis o místicos avanzados. Todos estos fenómenos son posibles gracias a la intervención del periespíritu como ya detallaremos en artículos posteriores, pues al ser un cuerpo electromagnético, su radio de acción se amplía e irradia incluso fuera de la materia, sin olvidar su característica principal que es energética.
Pero al ser un elemento del ser humano, también en occidente hemos tenido místicos con experiencias similares que han confirmado que la materia, el cuerpo formado por billones de células, no es más que el más denso de los dos cuerpos que tenemos. Existe el otro más sutil, llamado periespíritu, que es el que vamos a estudiar para conocer mejor y saber de qué forma nos influye y cómo nos condiciona. Algunos filósofos o investigadores contemporáneos lo han denominado como “el doble”, remarcando así su característica de copia del cuerpo físico que todos tenemos, pero con una estructura semi-material y energética.
Le invitamos a seguir con nosotros el recorrido por el estudio y profundidad de este órgano desconocido para la mayoría y que todos poseemos, un cuerpo fluídico que nos identifica, nos individualiza, nos organiza y nos sustenta energéticamente pero que está al servicio como instrumento y envoltura del ser pensante, inmaterial e inmortal que es el alma humana.
¿Umn cuerpo desconocido por: Antonio Lledó Flor
2026, Amor, Paz y Caridad
“El Espiritismo viene a conciliar las dos opciones existentes: la materialista y la espiritualista. La noción del periespíritu no es una invención humana ni una concepción filosófica; es una realidad física, un órgano que se desconocía, el cual, por el lugar que ocupa en el ser humano explica todas las anomalías que las disquisiciones de los científicos, los sabios y los filósofos no pudieron dilucidar”.
Gabriel Delanne, libro: La Evolución anímica






