Recordando el pasado

SOLUCIÓN DE UN PROBLEMA 

Entre las muchas cartas que diariamente recibo llegó la tuya, hermano mío, en la cual me preguntas lo siguiente: 
 
“…Mi problema consiste en lo siguiente que yo me he preguntado varias veces: En el dogma de la inmortalidad del alma se supone que ésta es incorruptible y que nada tiene en común con la materia. Ahora bien; si esto es así, ¿cómo es que el alma nace, crece, se robustece, se debilita, se desarregla y envejece con la misma destrucción del cuerpo? De esto que te digo tengo el espejo de mi anciano padre, que, a medida que se le van cargando los años, se van debilitando sus fuerzas y a la vez su inteligencia, que si vive algunos años más llegará a no saber lo que se hace. De modo que si la inteligencia de la persona representa el espíritu, pues dicho se está que con la abundancia de los años llega a debilitarse de un modo que ni siquiera sabe por dónde anda, cuando a mi parecer, el espíritu debería tener más despejo cuantos más años vive…” 
 
   Hermano mío: se pueden escribir muchos y muy buenos libros contestando a tu pregunta; yo por mi parte, te contestaré lo más sencillamente posible, según mi humilde modo de entender y lo que he aprendido en las obras espiritistas. 
 
   Progresando el espíritu eternamente y sirviéndole las sucesivas existencias para trabajar en su progreso, no creo que su inteligencia sufra el menor menoscabo, porque su materia, o sea su organismo, se desgaste como se desgastan las ruedas de una máquina a fuerza de uso. Lo que si. te acontece es, que no puede manifestarse de igual modo con su cerebro repleto de fósforo y de vida que con un cerebro debilitado, en el cual la anemia de los años haya causado un completo desequilibrio, pues los pensamientos formulados no responderán al aluvión de ideas que confusamente se agolpan a su imaginación, sin conseguir ninguna de ellas un resultado satisfactorio. 
 
   Para que me comprendas mejor te presentaré varios ejemplos a cual más sencillo. 
 
   Figúrate que tú eres escritor y que al querer estampar tus pensamientos en el papel, te encuentres con que sólo posees dos plumas, una de ave, abierta de puntos, y otra de acero, medio rota y oxidada; que el tintero del que tienes que valerte está medio seco y le echas agua con lo cual la tinta reúne las más pésimas condiciones, y el papel de que puedes disponer es de lo más inferior y se cala, desfigurando por completo lo que en él se escribe. Ahora bien; por mucha que sea la inspiración y tengas gran facilidad para emitir tus pensamientos, ¿podrás escribir rápidamente con una pluma rota, con una tinta aguada y un papel que se cala? No; te costará muchísimo trabajo escribir una sóla linea, en tanto que si tuvieras pluma, tinta y papel en buenas condiciones, tu mano correría impulsada por tu pensamiento y en breve espacio de tiempo harías prodigios, porque tu acción interpretaría fielmente tu voluntad. 
 
   Si fueras un adorador de Mozart, de Beethoven, de Bellini y de todos los colosos del divino arte musical y quisieras hacer hablar al piano o al violín, si el primero estaba completamente desafinado y sonaba como una “carraca”, y el segundo estaba sin cuerdas, aunque el mismo Mozart te inspirara, ¿podrías dar a conocer las melodías dulcísimas que llevabas escritas en tu mente? No. 
 
   Si fueras un discípulo del divino Rafael, del místico Murillo, del gran Velázquez y el pincel del que te valieres estaba inservible y las pinturas no eran más que cal y almazarrón, ¿podrías combinar colores delicados? ¿Podrías transmitir al lienzo las sublimes concepciones que ya las llevabas trazadas en tu pensamiento? No. Y sucesivamente si te fuera pintando todas las tareas a que el hombre se dedica en la tierra, verías que, sin los materiales necesarios, nadie puede hacer una obra digna de encomio. 
 
   Ahora bien; el espíritu se sirve del cuerpo como de un instrumento para llevar a cabo sus planes, sus propósitos, sus proyectos y se vale de él como el escritor de su pluma, el músico de su instrumento favorito, el pintor de su pincel. Mientras el cuerpo es joven y no sufre ningún deterioro la masa encefálica, todo marcha perfectamente, porque el cerebro, como un aparato telegráfico, responde admirablemente al telegrafista, que es el espíritu; pero cuando los años dejan el peso de su nieve sobre nuestros cabellos, cada día que pasa cae sobre nuestro organismo como maza de Fraga, y el espíritu se encuentra con que su cuerpo, antes tan útil, le es completamente inservible; y cuántas veces dicen los viejos: “¡Ah! ¡Si yo pudiera…! ¡Cuántas…! ¡Cuántas cosas haría…!” Lo que demuestra que la inteligencia no corre pareja con el desequilibrio orgánico, y si deja de manifestarse, no es porque no funcione, sino porque le faltan medios materiales para demostrar su vitalidad. 
 
    El espíritu no envejece con la materia; es un viajero que suele detenerse, porque al vehículo de que hace uso para cruzar la tierra se le rompen las ruedas y, naturalmente, no puede continuar el viaje; pero esta detención es momentánea y cuando ve que las ruedas no tienen compostura, entonces deja el roto y desvencijado carricoche y busca otro medio de locomoción con el cual prosigue su interrumpido viaje hasta que un nuevo incidente le hace parar, porque todo lo que usa el espíritu se rompe, se inutiliza en el continuo movimiento de la vida y sólo es el espíritu el que resiste todos los embates, todas las tempestades, todas las inclemencias que trae el tiempo consigo, y las resiste porque para él no hay destrucción ni muerte; no hay más que trabajo incesante y ascensión eterna, puesto que su progreso es indefinido… 
 
 
AMALIA DOMINGO SOLER
Artículo extractado de la revista “La Luz del Porvenir”, Nº 72, editada en Villena el 15 de Diciembre de 1.909.
Anteriores Artículos

LA OBSESIÓN

Siguientes Artículos

LA CARIDAD

Sin Comentarios

Deja tu opinión

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.