LA GOTA

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La gota

Sucedió una vez que una pequeña gota de agua cayó a tierra desde una gran nube gris durante una de esas típicas tormentas de verano, de esas que se forman a media tarde como consecuencia del fuerte calor. La gota, en principio, fue a caer sobre el suelo de una vieja ciudad, deslizándose por sus callejas cuesta abajo. Al arrastrarse, recogía algunas partículas de polvo, al igual que el resto de millones de gotas, contribuyendo con su humilde labor a limpiar el pavimento de la población. La gota fue arrastrada por la corriente hasta ser tragada por una alcantarilla. Fueron éstos malos momentos para la gota; la corriente era fuerte y se iba golpeando contra otras gotitas que habían corrido su misma suerte.

El conducto bajo la superficie era oscuro, tenebroso; no sabía adónde iría a dar con sus moléculas. Seguía avanzando y seguía impregnándose de porquería, de suciedad; la gota había adquirido un feo color pardusco.

De pronto, se hizo la luz. La cañería desembocó en un canal a cielo abierto y la gota llegó por él hasta una gran depuradora. Comenzó así una extraña experiencia, pasando de una balsa a otra; transitando por conductos donde era sometida a ciertos procesos químicos que la despojaban poco a poco de inmundicias. La gota se sentía mucho mejor.

Cuando estuvo limpia, fue encauzada por otro atanor y dirigida de nuevo a la ciudad. Este conducto también era oscuro, pero limpio, y la gota avanzaba por él con rapidez, impulsada por potentes bombas hidráulicas. ¿Por dónde saldría? ¿Por el grifo de una casa? ¿Por los aspersores de alguna instalación de riego? No. Fue expulsada hacia arriba por el caño del surtidor de una fuente, cayendo enseguida en el pilón de piedra. ¡Por fin un poco de descanso!, pensó la gota. La fuente, en efecto, era un remanso de paz. Se encontraba en el centro de un bello y tranquilo parque, envuelta por la sombra de imponentes negrillos. Pero había un cierto peligro en este lugar: los pajarillos venían con frecuencia a beber de sus aguas. No me gustaría acabar en el estómago de un mirlo, se dijo la gota. Pero este no iba a ser su destino, en absoluto. Pasados unos pocos días, se formó otro tormentón de verano. El aguacero fue tan intenso que hizo rebosar las aguas del pilón, y nuestra protagonista se vertió fuera. Y en esta ocasión, la corriente no la llevó hacia otra alcantarilla, sino que transitó por el centro de una calle hasta salirse del pueblo. Cayó así en una acequia de riego y por ella arribó a un labrantío. Fue derivada por un caballón hacia un cultivo de frutales, donde permaneció un tiempo moviéndose entre los terrones; impregnándose de sales minerales y disolviendo sus átomos.

Pasado este tiempo, la gota fue absorbida por una pequeña raíz de un ciruelo, y, circulando como savia por los vasos del vegetal, la gota terminó su viaje por el planeta.

Quizá muchos piensen que este fue el fin de su vida. Pero la vida nunca se acaba. Luego de ser de nuevo depurada por la planta, de ser desposeída de las sales minerales que llevaba disueltas, la gota alcanzó una hoja y, sufriendo una transformación de su ser por efecto de la fotosíntesis, salió al exterior, por un estoma, como vapor de agua invisible e intangible, igual que el alma humana cuando culmina su periplo terreno. La gota quintaesenciada ascendió hacia el cielo hasta llegar a una gran nube de tormenta estival, en donde permaneció algún tiempo formando parte de un todo, hasta que las condiciones climáticas fueron las propicias para que la nube se condensara, y nuestra gota volvió a tomar cuerpo líquido, cayendo por gravedad hasta la tierra para dar comienzo a un nuevo viaje que estaría cargado de nuevas experiencias.

Se podría decir que la gota había encarnado.

El relato pretende ser una metáfora de la experiencia material del espíritu humano. La gota es el ser; el tránsito por calles, fuentes, bancales… son las experiencias de la propia vida; la depuradora expresa la ayuda que recibimos de parientes, amigos y otras personas que, en momentos concretos y de manera esporádica, aparecen en nuestra existencia para darnos apoyo, consuelo y enseñanzas tendentes a ayudar a despojarnos de pesares e ideas erróneas; el paso por el árbol representa la vejez, o última etapa de la vida, donde el ser humano se prepara para la muerte, simbolizada por la fotosíntesis, en la que el espíritu cambia su estado material a inmaterial. Y por último, la nube es la “erraticidad” en la que permanecemos hasta que se nos da otra oportunidad re-encarnatoria.

Espero que esta parábola les haya gustado.

Mucha paz.

La gota por: Jesús Fernández Escrich

© Amor, Paz y Caridad, 2019

 

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