La armonía
¿Cuántas veces hemos hablado de la necesidad de mejorar nuestra conducta? ¿Cuántas de controlar nuestros defectos, mediante el previo conocimiento de los mismos? ¿Cuántas veces hemos reconocido nuestros errores?
Muchas, desde luego; y si estamos revestidos de una buena dosis de humildad, primero, y de voluntad en segundo término, estamos en el camino, sin lugar a dudas, porque después de cada tropiezo, de cada metedura de pata viene la reflexión, como fruto del sinsabor que nos ha quedado en la conciencia, y de nuevo los deseos de renovarse y subsanar el error, para no volver a cometerlo.
Así es la vida espiritual, un no desfallecer, un admitir de buena gana los impulsos y esfuerzos de nuestra alma, que lucha por emanciparse y orientarse hacia los derroteros que ha venido a emprender en esta vida, encarnando en un cuerpo físico que es su herramienta y el campo de batalla. Un continuo devenir de experiencias que asimilar y comprender, sin rebelarse ante las aparentes injusticias, poniendo en práctica la renuncia y el sacrificio que marcan el rumbo del progreso espiritual y que miden las condiciones internas en que nos encontramos en cada momento.
La vida espiritual es en realidad la búsqueda y alcance de la armonía de los estados del ser humano, el físico, mental y emocional. Si somos capaces de vivir en armonía con la naturaleza, con nosotros mismos, lo tenemos todo.
Pero vivir en armonía supone llegar a un equilibrio espiritual que pocos alcanzan en forma continuada. Ya que en nuestro bajo nivel espiritual todavía estamos dominados por bajas pasiones, sentimientos ruines y mezquinos, por el egoísmo y la comodidad, que son cual espejismo que nos seduce y nos engaña, llevándonos al fracaso en nuestra vida en la Tierra y al estancamiento en nuestro proceso evolutivo.
Por tanto, para llevar una vida espiritual en la modalidad que nosotros perseguimos, que consiste en conocernos a nosotros mismos e ir eliminando poco a poco aquellas facetas negativas de nuestro carácter, se hace preciso en primer lugar adquirir un grado de armonía interna, un estado de calma interior, un saber qué es lo que queremos de verdad y las claves de que disponemos para alcanzarlo.
Hemos de estar seguros de lo que queremos, sabedores de que toda imperfección o debilidad no se supera sin esfuerzo y sin trabajo. Que muchas veces hemos de trabajar contra corriente de nuestras tendencias e instintos, los cuales queremos dejar y vencer, pero que nos ponen serias trabas y son un verdadero entorpecimiento para ir avanzando en el comienzo.
Nuestro verdadero enemigo somos nosotros mismos. Esta es una auténtica sentencia en el progreso espiritual. No es válida la justificación de abandonar el sendero espiritual por culpa de alguien. Porque la vida espiritual no admite abandonos, ya que es un camino en el cual en una vida adelantamos muy poco. Dejar a un lado la vida espiritual es abandonarse uno a sí mismo, lo cual es una especie de muerte en vida para el espíritu, condenado a la cárcel del cuerpo físico sin darle apenas opción a manifestarse.
Todos estos planteamientos, y muchos más, por supuesto, debemos ir haciéndonos de cuando en cuando, pues es necesario tomar aliento, recoger nuevas fuerzas y emprender el camino con energía renovada y reparadores pensamientos y sentimientos, que nos ayuden a seguir con el ánimo alto y a no perder la armonía, el estado de serenidad y equilibrio que debe ordenar nuestros impulsos, regir nuestras aspiraciones y guiar nuestros pasos.
Por más que queramos avanzar en la vida espiritual, si estamos desprovistos de armonía interior, que se puede traducir en un estado de paz entre nuestro espíritu y nuestra materia, en un estado de concordia entre nuestra conciencia profunda y los pensamientos que acuden a nuestra mente, en un convencimiento por reflexión serena y razonada de lo que queremos conseguir; sin esto, sólo daremos palos de ciego, nos sentiremos solos, sin acompañantes y sin ayuda en el viaje del camino de la vida, que con sus experiencias se hace muy largo, obtuso y penoso.
Sería mejor si hace falta, hacer una parada en el camino, mirar en qué punto estamos para progresar más certeramente e ir así encaminándonos hacia el verdadero objetivo que preside nuestras inquietudes espirituales. Hace falta no perder nunca de vista nuestro norte espiritual, para saber dejar las menudencias a un lado, no hacer caso de las piedras del camino, que las hay y en realidad sirven para que no perdamos la concentración y estar pendientes del horizonte a seguir, y de los designios que Dios quiere para nosotros.
Caminemos sí pero con armonía interior, con claridad de criterios, con limpieza de intenciones, con honestidad, con ilusión y esperanza. Sin desasosiegos, sin desesperación.
Vivamos con armonía interior, que es armonía de espíritu, aprendiendo a diferenciar entre el bien y el mal, entre el egoísmo y la caridad, entre el esfuerzo y la pereza, entre el amor y la maldad, etc., y soltemos las ligaduras que atan a nuestro espíritu, llevándolo todo a la práctica, que es lo importante, lo esencial. Sin llevar los conocimientos y las experiencias a la práctica éstas no nos sirven de nada, sino para avergonzarnos de saber tanto y de practicar tan poco.
Esta es la auténtica armonía, la de aquél que ha conseguido un equilibrio espiritual, mental y físico, que no tiene cuentas con su alma, que no tiene nada que esconder, que no tiene por qué estar incómodo con nada ni con nadie, porque es responsable de sus actos, es consciente de lo que debe hacer y tiene la conciencia tranquila.
Necesario es antes de concluir este artículo hacer mención especial a lo mucho que una buena relación con los demás nos ayuda en el camino espiritual, pues ello contribuye a medir nuestras capacidades, a contrastar nuestros criterios y convicciones, y sobre todo, nos obliga a convivir con amplitud de miras y objetivos, con un montón de experiencias que realizar para que nuestro espíritu rompa sus barreras y limitaciones y pueda desarrollarse en todas sus facetas. Esto es lo que nuestro espíritu ha querido y por eso ha encarnado, no lo olvidemos.
La armonía por: Fermín Hernández






