«El ejemplo no es la mejor maneras de enseñar, es la única».
Albert Einstein
Con notable frecuencia, y en cualquier área de la vida familiar, personal, social o de relación, nuestra presencia y actividad no pasa desapercibida. No obstante, y la mayoría de veces sin apenas darnos cuenta, solemos influir en los demás de manera negativa e inconsciente.
Por ejemplo, en el tema de la educación de los hijos, estos suelen reaccionar con mucha frecuencia de manera muy similar a como lo hacemos nosotros. Aquí no solo influyen características genéticas que replican reacciones y comportamientos similares a los de los padres, sino que lo verdaderamente sorprendente es que parecen haber aprendido la forma de reaccionar ante la vida que tienen sus progenitores. Es la epigenética, los ejemplos paternos, la educación, las relaciones familiares, del grupo, etc., lo que influye notablemente en el carácter de los hijos.
Si hacemos una reflexión y comparativa en la forma diaria en que actúan nuestros hijos, recordaremos con asombro situaciones en las que hemos actuado exactamente igual a cómo actualmente lo hacen ellos. Y si en multitud de ocasiones hemos pretendido corregirles, si nuestras palabras no han venido acompañadas por el ejemplo, quedan totalmente desacreditadas para ellos.
Los seres humanos tenemos una inmensa necesidad intrínseca de ser aceptados, de pertenecer y de vernos bien y evitar vernos mal. Así las cosas, vamos por la vida observando a los demás para determinar las maneras en las que nos deberíamos de comportar, tomando el ejemplo de otros. Esta influencia es mayor si los demás tienen autoridad formal o informal en nuestras vidas.
“Siempre estamos influyendo en otros, ya sea para bien o para mal y nos demos cuenta de ello o no”
A veces influímos de forma negativa e inconsciente, proporcionando ejemplos que no ayudan al propósito o resultado que queremos. Sabemos que la fuerza del inconsciente profundo del alma humana es determinante, y por ello, cuando nos justificamos, culpamos a otros o a las circunstancias cuando algo sale mal, conspiramos, nos quejamos, o somos insensibles al impacto que tenemos sobre los demás, generalmente lo hacemos de manera inconsciente; es decir, no sabemos que lo estamos haciendo y el impacto tan destructivo que tiene.
Para cambiar esta tendencia inconsciente que muchas veces aflora de nuestro interior sin darnos cuenta, podemos adoptar algunas prácticas y sugerencias importantes que nos ayudarán sobre manera a darnos cuenta de nuestra manera de ser, manejarlas poderosamente e influir positivamente en otros.
Por ello, si queremos influir positivamente y ser un buen ejemplo para otros deberíamos en primer lugar “tomar conciencia de nuestras palabras, acciones y comportamientos”. Ser un buen ejemplo para los demás es estar consciente de ti mismo, de manera que puedas manejarte: deteniendo tus comportamientos destructivos y fortaleciendo tus comportamientos constructivos. Estar consciente no te dará la capacidad de manejarlos inmediatamente, pero definitivamente es primordial para poder hacerlo con el tiempo.
El segundo aspecto que deberemos considerar sería “determinar y modelar los comportamientos deseados”. Si el ejemplo es la única manera de enseñar, entonces es esencial que determines primero qué es lo que quieres enseñar, y después que enfrentes la tarea de modelarlo, lo cual implica ser un modelo a seguir.
Desde el punto de vista espiritual es aparentemente sencillo seguir un modelo ejemplar, lo difícil es aplicarlo con rotundidad, pues tenemos arquetipos de ejemplo superior en los grandes hombres que han dejado sus ejemplos de vida y perfección en la Tierra, además de ofrecer códigos ético-morales de referencia para seguirlos como modelo. Un ejemplo de ello es el evangelio de Jesús como arquetipo de espiritualidad superior que eleva a aquel que intenta seguirlo y cumplirlo, aunque no pueda ejecutarlo en su totalidad.
Si queremos influenciar positivamente a través del ejemplo, deberemos buscar situaciones donde podamos demostrar nuestros valores, comportamientos y reglas de conducta para obtener un impacto positivo, ya que debemos recordar que las personas siempre nos pueden observar si somos para ellos una autoridad, una referencia o un modelo a seguir.
Y una última sugerencia a considerar sería: “limpiar y redirigir cualquier ejemplo destructivo que hayamos ofrecido”. Como seres humanos, es un hecho que nos vamos a equivocar y, en ocasiones, volveremos a dar un mal ejemplo.
En esos momentos, es imprescindible que limpiemos, nos disculpemos, reparemos el daño y hagamos una promesa sobre el futuro de cualquier impacto negativo que nuestras palabras, acciones o comportamientos hayan tenido, y al mismo tiempo debemos orientar y redirigir el efecto en los demás de ese comportamiento equivocado (parando la acción del mal ejemplo, distinguiendo, y si es necesario, llamando con respeto la atención a otros que actuaron mal igualmente).
Lo peor que puedes hacer en esas situaciones es saltarte el hecho y continuar como si nada hubiera pasado, puesto que ello traslada inconscientemente a los demás que el mal ejemplo dado no representa problema alguno.
Estas sugerencias son imprescindibles para todo aquel que quiera ser un líder que predica con el ejemplo en cualquier área de la vida: la familiar (como cabeza de familia), la profesional (como responsable de equipos de trabajo), la social (como líder carismático), la espiritual, etc.
El aprendizaje es el elemento primordial de la vida, y estamos en ella con ese objetivo. El conocimiento de nosotros mismos y la capacidad de corregirnos, mejorar, y ser cada día más honestos y auténticos, pasa siempre por esforzarnos en mejorar nuestras capacidades y recursos internos. Son aquellas cosas que nuestra alma inmortal necesita corregir para dejar aflorar lo mejor de nuestra esencia inmortal, y que tiene que ver con los valores superiores del espíritu. Valores que, además de eternos, no tienen límite de desarrollo ni crecimiento, pues están en nuestra conciencia como semillas que deben florecer hasta alcanzar la auténtica dicha y perfección relativa que a todos nos espera.
Al conocimiento del origen de nuestra alma y de la procedencia de nuestros hábitos y temperamento hemos de prestar la debida atención, pues cuando conocemos la realidad de las vidas anteriores, el carácter es el sumatorio de las experiencias milenarias que hemos vivido y el aprendizaje no consiste solo en saber lo que necesitamos hacer sino conocer de donde proceden nuestras herencias espirituales y psicológicas, ancladas en la noche de los tiempos, para poder ir a la raíz de los bloqueos, los obstáculos y las reticencias que nos impiden aprender y progresar más rápidamente.
Solo así podemos aprender verdaderamente, conociéndonos interiormente aunque lo que descubramos no sea de nuestro agrado, pero con la certeza de que todo se puede modificar mediante el esfuerzo y la voluntad de cambio hacia mejor. No por casualidad, el gran filósofo Platón afirmaba:
“Aprender es recordar”,
haciendo referencia a las vidas anteriores del alma donde se encuentra la fuente y el origen de todo aquello que ahora somos y que nos condiciona espiritual y psicológicamente.
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