INDIVIDUALISMO MORAL

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Individualismo moral

“Para el individualista moral, ser libre es estar sujeto sólo a las obligaciones que voluntariamente hago mías; lo que deba a otros será en virtud de algún consentimiento o promesa tácita o explícita”

Dr. Michael J. Sandel – Libro: Justicia

Sin duda, en el sentido de esta frase muchos reconoceríamos nuestro ideal de justicia, ética y deber respecto a nuestro prójimo. Es una idea muy potente asumir que la persona es únicamente responsable de sus actos voluntarios y que en ningún caso debe ser responsable de los actos de otros, de sus antepasados, de sus creencias. De hecho, bajo el aspecto de las leyes Espirituales sobre las consecuencias que se derivan de nuestros actos, somos nosotros los responsables últimos.

También bajo este planteamiento es lógico pensar que, si la única obligación moral que tengo es mi libertad de elegir, carezco de ataduras morales a otra cosa que no sea yo mismo, y por ello las obligaciones morales que dimanan de la solidaridad, la lealtad, la memoria histórica o la fe religiosa son asuntos que no me atañen moralmente, pues mi libre albedrío no las ha elegido, han llegado sobrevenidas.

Como podemos comprobar, no es tan fácil dirimir ni definir nuestros derechos y obligaciones sin abordar las cuestiones morales. Y todo esto ocurre porque el hombre, por encima de otra cosa, es un ser moral. En su propia naturaleza humana no puede desligarse de su identidad social particular, pues es heredero de su pasado familiar, de su familia, tribu o patria, de su educación y creencias, y esto condiciona en su vida actual su propia particularidad moral.

Esta dificultad que a nivel de responsabilidad ética y justicia humana es más que evidente, queda diluida cuando abordamos el tema desde un enfoque espiritual. Así como las leyes de la justicia humana intentan buscar la equidad sin conseguirlo, muchas veces las leyes de la justicia divina tienen muy claro cuáles son las responsabilidades y cómo deben atender la justa reciprocidad para que cada cual reciba aquello que merece.

Desde el punto de vista humano, es muy difícil conseguir un equilibrio de equidad en la justicia, pues aun suponiendo que todos partiéramos desde las mismas condiciones, esto es una ficción, pues las desigualdades humanas vienen no sólo desde la cuna, sino también de las condiciones que la naturaleza otorga a cada uno cuando viene a este mundo (más o menos inteligencia, una discapacidad, distintas oportunidades en el lugar de nacimiento, familia, economía, etc.).

Sin embargo, desde el punto de vista espiritual la reflexión cambia por completo, atisbándose una justicia perfecta donde las condiciones de partida son las que derivan de nuestro pasado, donde sembramos las causas de lo que hoy somos y la forma en que hemos venido a este mundo. En otras palabras, estas condiciones de partida que nos diferencian ya contienen en sí mismas la justicia, pues todas ellas son el resultado de nuestros propios actos.

Es preciso dar las claves espirituales para que el lector comprenda esta gran diferencia entre la justicia humana y la que rige de verdad todo el proceso evolutivo del hombre a través de las eras y milenios.

La primera de ellas es concebir que existe una Causa Primera e Inteligencia Suprema de todo lo que existe. Esta Causa Primera, que podemos llamar Dios, reúne todos los atributos inimaginables de la perfección, como bien se refleja en su creación de la que el hombre forma parte: el universo físico y el espiritual.  No podemos saber de Él más que por sus efectos, pues nuestra limitada inteligencia sólo puede asombrarse de la perfección de las leyes que rigen la naturaleza, el macro y el microcosmos del que formamos parte. Además, al ser Dios eterno y atemporal, está fuera del espacio y el tiempo, por lo que no podemos alcanzarlo ni mucho menos comprenderlo.

Bajo esta concepción de justicia superior se nos crea a todos iguales, simples e ignorantes en lo que respecta a nuestra naturaleza espiritual inmortal (alma o espíritu), y se nos otorga el libre albedrío para formar nuestro propio destino. De aquí se derivan las desigualdades, las diferencias entre unos y otros, las capacidades y competencias, las contingencias y dificultades que cada cual enfrenta cuando nace.

Este hombre inmortal y milenario va experimentando, avanzando, acertando y equivocando su ruta de crecimiento y de progreso mediante multitud de regresos a la Tierra a través de la reencarnación. Y como bien podrían aceptar los individualistas morales, es el uso de nuestro libre albedrío el que marca la diferencia. 

El código moral que emana de esta justicia superior radica en el hecho de que todos somos iguales en principio, y es únicamente nuestra voluntad y libre albedrío, dirigido en un sentido o en otro, lo que determina las características que perfilarán nuestra personalidad en el futuro. Aquí sí podemos hablar de una total igualdad, sin arbitrariedades ni distinciones de ningún tipo, pues esta se define por las normas emanadas de la divinidad para todos los espíritus que pueblan el universo. Y como es lógico suponer, si el legislador es perfecto, las normas que emanan de él son igualmente perfectas para la finalidad hacia la que han sido proyectadas.

Ademas de Dios y de la igualdad de todos ante sus leyes y su justicia, existe también otro aspecto a destacar respecto a la ética y los códigos morales. Existen derechos humanos considerados universales de los que no podemos sustraernos, aunque no los hayamos aceptado por nosotros mismos; el mero hecho de pertenecer a la humanidad y considerar al hombre como un fin en sí mismo, nos obliga a preservar la vida, a ayudar a aquellos que sufren, a solidarizarnos con los que poseen peores condiciones ayudándoles a mejorarlas, etc.

Estos y otros muchos derechos y obligaciones morales que tenemos por pertenecer a la raza humana se ven ampliados con otros que nos vienen dados por el lugar donde nacemos, la herencia con la que venimos y la identificación con las creencias en las que hemos sido educados, la tribu o la patria a la que pertenecemos, etc. Son muchos aspectos que forman parte de lo que somos, es decir, nuestra personalidad humana. Esta última, por mucho que quiera, puede no identificarse con algunas cosas que hemos heredado; sin embargo, todas ellas constituyen parte de lo que somos.

En otras palabras, el lugar donde nacemos y la educación, cultura y contingencias que nos afectan, no son casualidades ni accidentes del azar desde el punto de vista espiritual. Existe una planificación espiritual previa antes de nuestra llegada a la Tierra en cada reencarnación, y las principales condiciones -favorables o desfavorables- en las que vamos a reencarnar suelen estar prefijadas de antemano, con el fin de alcanzar el objetivo de toda vida humana: el progreso espiritual.

Así pues, es difícil desvincular nuestros códigos morales de aquello que somos, pues se hallan junto a nosotros desde tiempo inmemorial viajando vida tras vida en las distintas experiencias reencarnatorias. 

Esto confirma que, en la medida que afinamos y ajustamos nuestros códigos morales a las leyes perfectas de la moral universal instituidas por Dios, progresamos rápidamente, avanzamos en el camino de la felicidad y sembramos libremente por nuestro propio esfuerzo un destino de dicha y progreso que nuestra alma necesita y a la que se ve impelida.

Si todos somos iguales, el sentido de la justicia de Aristóteles en el que es preciso educar al ciudadano para que contribuya al bien común y alcance la vida buena en base a unos ideales superiores, no atenta en absoluto contra la libertad de elegir del ser humano. Es perfectamente neutral y coherente, pues busca, en base a una finalidad superior, que el hombre sea mejor cada día y se comporte como ciudadano, aceptando los deberes que le corresponden en una sociedad cada vez más justa y encaminada hacia el respeto absoluto al derecho y libertades de los demás.

Esta concepción de la ética y la justicia aristotélica, criticado por los individualistas morales que creen que con ello se restringe la libertad del individuo, coincide plenamente con el sentido moral y ético de la vida humana que las leyes de Dios impregnan en la conciencia del ser humano desde que el espíritu es creado.

Así pues, desde el punto de vista humano no podemos sustraernos de las obligaciones morales que nos corresponden, y por ello, el libre albedrío no es suficiente para garantizar ni los derechos humanos ni las libertades. Es preciso abordar el aspecto espiritual para comprender que el individualismo moral es insuficiente y en muchos casos egoísta, pues prescinde de la obligada solidaridad que nos corresponde al pertenecer a la especie más perfecta y superior que Dios haya creado nunca, con libertad para decidir y capacidad de razonar.

Será preciso avanzar, estudiar y profundizar en las ciencias del espíritu, para comprender cómo nos afectan las leyes espirituales más profundamente, y en ello descubriremos la esencia principal de todas las reglas que rigen el universo: el Amor divino proyectado por el creador del Universo para que su obra principal -el espíritu humano- se vaya acercando a  ÉL mediante el crecimiento intelectual y el progreso moral.

Individualismo moral por: Redacción

©2019, Amor, Paz y Caridad

“El hombre es un ser moral, con libertad para elegir, responsable de sus actos y obligado a reconocer sus errores aceptando que no todo es válido “

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