“Mientras exista un lazo entre el cuerpo y el espíritu, este se encontrará en turbación, y si entra bruscamente en el mundo de los espíritus sentirá un sobresalto que le impedirá reconocer su situación, haciéndole creer que aún se encuentra vivo en este mundo”.
Allán Kardec, Revista Espírita 1859
El proceso de desprendimiento del alma humana llegado el momento de la muerte es algo explicado con claridad por la filosofía espírita de Allán Kardec. Todos dejamos el cuerpo antes o después, es una fatalidad biológica a la que nadie escapa, pero no todos lo hacemos de la misma forma.
Incluso aunque la muerte se produzca de igual manera, por ejemplo un accidente en el que mueren varias personas, las condiciones que nos vamos a encontrar instantes después del suceso varían notablemente de una persona a otra, lo que quiere decir que la desencarnación es única y diferente en casa caso. Entendiendo por desencarnación el proceso de desprendimiento definitivo de los lazos que unen el cuerpo con el espíritu.
Y esto es preceptivo de aclaración, porque se establece la diferencia entre morir y desencarnar. Lo primero puede ser simultáneo e igual para algunos, mientras que la definitiva separación del espíritu del cuerpo (desencarnación) puede variar ostensiblemente entre las personas en función de circunstancias personales.
Se puede morir igual que otro, pero el desprendimiento, la turbación y el tránsito posterior del mundo físico a la dimensión espiritual es particular en cada caso en función del grado de adelanto moral del alma. No obstante, la forma de morir también influye notablemente en el proceso de desprendimiento y separación del alma del cuerpo.
Cuando la muerte se produce de forma brusca y violenta, al espíritu le cuesta interpretar qué le ocurre y dónde se encuentra, ya que para él todo sigue igual, pues sigue pensando y sintiendo. Y en esto tiene mucho que ver “la ilusión de creerse todavía vivos” que experimentan muchas almas que tienen una muerte brusca de este tipo en base a algunas características que mencionamos a continuación.
La primera de ellas es el hecho de que, en una muerte instantánea y violenta, el periespíritu no ha tenido tiempo para desprenderse molécula a molécula del cuerpo físico. La separación del cuerpo y el periespíritu sólo comienza en este momento y no terminará sino poco a poco. Lo que tardó nueve meses en consolidar en su gestación antes de nacer, es difícil separarlo en breves instantes cuando la muerte acontece de forma brusca sin que ello comporte una fuerte impresión.
Y la primera consecuencia de esto es el hecho de que a la turbación producida por el instante de la muerte, el espíritu se sigue reconociendo a sí mismo en su cuerpo periespiritual, ya que este es un doble del cuerpo físico que tenía, y esto le produce la sensación de que todavía tiene cuerpo y está viviendo en el mundo físico a pesar de haber perdido la vida física.
El segundo aspecto que produce la ilusión en estos casos es que, al shock de la muerte violenta y la confusión que lleva aparejada, se desubica por completo, entrando su mente en un periodo de confusión instantáneo que no consigue disipar hasta que transcurren algunos días, por norma general. Es como si una nebulosa mental le dificultara la capacidad cognitiva de comprender su situación real.
Al no saber dónde se encuentra ni qué le ocurre con claridad, y al identificarse con su periespíritu como si fuera su cuerpo físico, pretende seguir con su rutina material, es decir, seguir haciendo lo que hacía con el cuerpo, sin percatarse que al estar en otra dimensión muchas de las cosas que intenta no puede concretarlas, por ejemplo, levantar un objeto, comunicarse, alimentarse, etc. Esta circunstancia le genera todavía más desasosiego y desubicación, aumentando su confusión y su incertidumbre.
Otro aspecto de esta ilusión de creerse vivo en la Tierra es que al intentar continuar con su rutina, se acerca a sus seres queridos procurando interactuar como si nada hubiera pasado. Y la sorpresa es enorme, pues se percata que nadie le escucha, nadie le atiende ni se preocupa por sus intenciones. Esto aumenta su malestar interior y su angustia hasta extremos graves, ya que no sabe ni entiende el porqué nadie le atiende, ni siquiera aquellos con los que se supone tiene lazos de afecto, que para él ignoran o ningunean sus explicaciones, preguntas o pensamientos.
Hay también otra circunstancia que no permite que se aflojen rápidamente los lazos del periespíritu con el cuerpo, entorpeciendo así el proceso de separación entre ambos. Nos referimos a las personas que han vivido sumidas e inmersas en el materialismo más exacerbado, que no conciben la existencia de una vida después de la muerte. Personas que nunca se han planteado la realidad de la vida espiritual y moral, a las que no dieron ninguna importancia.
Este materialismo que absorbe por completo sus mentes antes de morir continúa predominando en ellas, y el apego hacia las cosas materiales sigue vigoroso y los retiene después de la muerte, prolongando la sensación de la que hemos hablado anteriormente: nada ha cambiado para ellos, todo sigue igual, por lo tanto consideran que aún se encuentran en el mundo de los vivos y no se plantean ninguna otra alternativa a lo que les ha ocurrido, sin imaginar siquiera que han perdido la vida.
Mientras su mente siga anclada en esta negación y no sean capaces de plantearse su nueva situación, se encontrarán transitando en los ambientes que frecuentaban, sin realizar el paso necesario hacia el otro lado, aumentando con ello su turbación, desasosiego y aflicción interior, pues a cada situación que se les presente su grado de incertidumbre, malestar y desagrado irá en aumento. Necesitarán de ayuda espiritual para abrir su mente y entender lo que les ocurre, olvidando la ilusión que les impide la visión de su propia realidad para realizar el tránsito hacia el otro lado que les es imprescindible para continuar su proceso evolutivo de aprendizaje y crecimiento.
En esta tarea se desempeñan miles de grupos y asociaciones espíritas que ayudan a los desencarnados a ver la realidad en la que se encuentran y, a través del diálogo afectuoso y caritativo, los convencen para partir hacia el otro lado atendiendo las solicitudes de aquellos seres y espíritus familiares y amigos que les aman y que están allí para acompañarles, a los que han preferido no escuchar ni atender por estar cerrados mentalmente a la realidad que padecen en estos momentos. Es tan fuerte el apego que sienten por lo material, que su mente, sus deseos, intenciones y pensamientos se circunscriben con tanta fuerza a estas prioridades construyendo un muro mental que les dificulta atender otras cuestiones que no sean aquellas en las que están sumergidos y convencidos.
Cuando se camina en la oscuridad por tiempo indefinido, que alguien nos ayude a abrir los ojos y permitirnos vislumbrar el camino que nos aguarda es sin duda un acto de excelsa caridad que esa alma recordará siempre y antes o después la gratitud formará parte de su intención para con aquellos que la ayudaron en momentos de tanta dificultad. Es la ayuda de encarnados a desencarnados en proceso de turbación.
A pesar de todo, la cuestión siempre radica en la rapidez del proceso de desprendimiento, y en esta circunstancia podemos observar grandes diferencias en la lucidez de aquel que desencarna en función de la vida que haya llevado hasta el momento de su partida hacia la dimensión espiritual.
“Enseñar a vivir es enseñar a morir”
Séneca, Filósofo estoico, siglo I
La frase de Séneca nos recuerda la importancia de vivir la vida y su presente con plenitud, pero sin olvidar nunca que algún día hemos de abandonar este cuerpo y partir para otra dimensión, por lo que hemos de prepararnos para ello sin ignorar ni tener una posición de indiferencia ante esta fatalidad biológica de la que nadie, absolutamente nadie, puede sustraerse.
Olvidar premeditadamente el futuro que nos aguarda es la peor de las decisiones, porque no permite que vivamos con intensidad ni con alegría al estar en angustia permanente por la incertidumbre del porvenir. La mejor forma de encarar la vida es aceptar la realidad, según los grandes pensadores, maestros espirituales y avatares de la humanidad. De ahí que tratar el proceso de la muerte como un proceso natural que forma parte de la vida, preparándose para cuando llegue el momento con la actitud adecuada y los hábitos que nos ayuden a enfrentarla con dignidad, paz y serenidad es la mejor forma de aguardarla.
Por ejemplo, la preparación para la muerte, el desapego de las cosas materiales y la identificación del pensamiento con la vida futura que le espera después de la muerte son cuestiones básicas que aumentan la lucidez mental del que está en tránsito hacia el otro lado. Para los que así actúan, la muerte es sencilla, el tránsito indoloro, la turbación mínima y la entrada en el mundo espiritual llena de paz, serenidad y felicidad. Como la de alguien que retorna a su casa y se libera de la pesada carga de un cuerpo enfermo o doliente, de una existencia de aflicciones o ingratitudes.
Estas personas a veces presienten su muerte como algo próximo y la separación del cuerpo y el periespíritu se opera gradualmente, nunca de forma brusca y además, este desprendimiento, comienza antes de la muerte cuando esta llega por la extinción natural y paulatina de las fuerzas vitales, de tal forma que en el instante del último suspiro la separación de ambos cuerpos (periespíritu y cuerpo biológico) es completa.
La muerte se convierte así en un proceso natural, como el nacimiento, que forman parte de la entrada y la salida de la vida física. Y este camino, ya recorrido por todos innumerables veces a través de la reencarnación, es inevitable y necesario para adquirir las experiencias y el progreso que el alma inmortal necesita para crecer hacia la dicha y la perfección relativa que le espera.
Si queremos entender el proceso del “bien morir” y hacerlo en paz, serenidad y sin sobresaltos ni largas turbaciones, preparémonos para ello con el conocimiento que nos ofrece la doctrina de Kardec y la preparación para la muerte que tantas veces pregonaron los antiguos filósofos y que hemos mencionado arriba.
Ilusión de creerse vivos por: Redacción
2025, Amor, Paz y caridad
“Para aquellos que mueren con la conciencia tranquila al haber empleado bien el tiempo y no se dejaron dominar por sus pasiones, el tránsito es corto y sin amargura, en calma, serenidad y con la suave quietud de los que mueren sin remordimientos. La muerte es para ellos el regreso del destierro a la verdadera patria espiritual»






